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Jueves, 3 de julio de 2008
La Jornada de Oriente - Tlaxcala -
 
 

 OPINIÓN 

Allende

 
 Yassir Zárate Méndez

Junto con Emiliano Zapata y el Che Guevara, Salvador Allende forma parte de una Socialísima Trinidad. Fuerzas, grupos y agrupaciones del fantasma llamado izquierda han tomado a estas tres figuras como sus santos patrones. Aunque lo peor que les ha pasado es que se han convertido en íconos y no en ideales. Los tres han sido reducidos a sus efigies, en una suerte de pulverización ideológica en el mundo.

Guevara y la famosísima foto de Korda; Zapata con el sombrero campesino sureño, el rifle en la mano derecha, los bigotes enormes y las cananas cruzadas; Allende y sus enormes gafas de miope. Tres íconos a los que se ha rebajado, y hasta adulterado, el contenido doctrinario.

Pero eso no importa, mientras perdure algo de su legado. Y en el caso de Salvador Allende hay más de una lección para aprender.

Los mil días de Allende

Fueron cuatro las ocasiones en las que Allende intentó alcanzar la presidencia de Chile, esa anomalía geográfica que vive entre la espada marítima y la pared andina. Con uno de los acentos más dulces del continente, han sabido resolver el dilema de ser latinoamericanos. Son algo así como la Holanda de nuestras tierras. Allende quiso en cuatro ocasiones, y no fue sino hasta la última que alcanzó su propósito, como ocurrió con Lula un cuarto de siglo después.

Allende era marxista, y ha sido el único de su especie ideológica en alcanzar el poder por la vía de las urnas, en un proceso completamente paradójico. Por lo mismo, también se convirtió en el primer mártir del marxismo democrático. Pagó muy caro la anomalía.

Su gobierno duró alrededor de mil días, de noviembre de 1970 al 11 de septiembre de 1973. En esos casi tres años de gobierno, Allende puso en marcha un ambicioso programa de nacionalización, que acarreó la polarización de la sociedad chilena. Sin embargo, eso hubiera sido controlable si no hubiera intervenido la mano negra yanqui.

El 11 de septiembre de 1973 culminó el asalto al Palacio de La Moneda, sede del Ejecutivo chileno. Militares sublevados, azuzados y pagados por el gobierno republicano e intervencionista de Richard Nixon, atacaron la sede presidencial. Fusil en mano, Allende resistió hasta donde puso. Con ese capítulo se cerró uno de los poquísimos sueños que ha tenido la región para alcanzar la igualdad y el bienestar.

En el ambiente que se dejó venir en los años siguientes, ciertamente Chile alcanzó cierta prosperidad, pero a costa de más de 3 mil muertos y desaparecidos. En la dinámica actual de dejar al capital lo que se le pegue su regalada gana, Allende fue una auténtica aporía, que se resolvió por la vía de la sangre, la única forma de doblegarlo.

La fortaleza de Allende fue su ruina. Intentó pactar, pero las balas lo callaron. No se puede negociar con un antropoide equipado con casco y fusil automático, como fue el caso de Pinochet.

A dos años del fraude

Ayer se cumplieron dos años justos del robo de otra ilusión. Las pruebas del fraude siguen saliendo a relucir. En una entrevista publicada el martes en Milenio, el ex presidente nacional del PAN, Manuel Espino, declaró sin pudores que negoció con gobernadores del PRI la posibilidad del voto útil a favor de Felipillo. “Ustedes sabrán si quieren a Calderón o a López Obrador”, sintetizó en la mejor línea de maese Maquiavelo. Para que no digan que es pura paranoia.

Y es que el cinismo de Espino es lo de menos. Lo aterrador es que la democracia sigue siendo una quimera en estas tierras. No dudo que en caso de que se hubieran visto en la necesidad de reconocer el legítimo triunfo de AMLO, se habría desatado una guerra como la que derribó a Allende.

Al menos deberían reconocerle a López Obrador que no ha tomado la ruta de la violencia, por más que los agoreros del régimen digan lo contrario. De verdad que André Bretón tenía razón cuando afirmó que este país es surrealista. O algo peor.

 

Felicitación

Vaya desde este espacio un abrazo y una felicitación para Carlos Avendaño (doblemente jefe de quien esto escribe). Muy, pero muy merecido reconocimiento para un periodista que lleva el oficio en las venas.

Muchas felicidades, y más triunfos de estos en el futuro.

 
 
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