Con motivo del centenario del nacimiento de Salvador Allende, se han organizado numerosos eventos académicos y culturales para recordar esa experiencia inédita para América Latina, retomando las aportaciones de los mil días de gobierno de la Unidad Popular en Chile.
A principios de los años setenta, aún estaba fresca en la memoria latinoamericana el malogrado intento del Che Guevara de abrir muchos frentes de lucha armada en contra del imperialismo norteamericano; estrategia que habiendo tenido éxito en Cuba, fracasara estrepitosamente en un Bolivia que todavía no estaba lo suficientemente maduro para seguir el camino de la guerra de guerrillas que se proponía como alternativa ante la explotación y la miseria de los países del tercer mundo.
En ese contexto, en el que el enemigo del “mundo libre” era el comunismo internacional y se condenaba y reprimía toda movilización de protesta social como susceptible de transformarse en revuelta armada, en Chile, por la vía electoral llegó al poder el gobierno de la Unidad Popular, un amplio frente de partidos de izquierda, encabezados por Salvador Allende Gossens, que plantearon un modelo de socialismo latinoamericano construido desde las instituciones, amparado en la legalidad democrática y sostenido por un amplio movimiento pacífico de masas.
La vía chilena hacia el socialismo, social demócrata y reformista (como la calificaron algunos movimientos radicales latinoamericanos en su momento), abrió un panorama inesperado para las oligarquías transnacionales y para el policía del mundo libre (el gobierno de Washington) que estaba muy ocupado tratando de salir sin perder su imagen de poderío, del pantanoso fracaso de la guerra de Vietnam. Por primera vez se abría la posibilidad de establecer una utopía anticapitalista por las mismas vías que la democracia capitalista había planteado: las elecciones libres, sin el uso condenable de las armas.
Tres años tardaron en reaccionar los grandes capitalistas y establecer las estrategias más rápidas y radicales para acabar con “ese mal ejemplo” que podría contagiar a los demás países sumidos en las mismas condiciones de explotación. Así el gobierno de Nixon, junto con la CIA, la ITT y la oligarquía chilena, orquestó uno de los golpes de Estado más sangrientos y crueles de los que se tenga memoria y no escatimaron en muertos con tal de extirpar el maligno cáncer del “poder popular”.
Desde entonces quedó proscrita del vocabulario “democrático”, la palabra “popular” con todos sus derivados (populismo, populista), como algo tan peligroso como el “comunismo internacional” que hoy se ha transformado en “terrorismo internacional”.
La cirugía mayor necesaria para salvar al “mundo libre”, sirvió también para aplicar de una vez y como prueba piloto, el modelo económico “neoliberal” y su contraparte política, la llamada “democracia autoritaria” (protegida, acotada) que desde entonces se comenzaron a instaurar como vacuna preventiva a todas las naciones latinoamericanas que corrían el peligro de contagiarse.
A 35 años de distancia del efímero gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, a pesar de la propaganda mediática por la “desmemoria”, sigue vigente el ejemplo de que otras formas de gobierno y de organización social son posibles, cuando se dialoga y se logran hacer frentes amplios en los que se propongan programas que respondan a los intereses comunes, por encima de los intereses de grupo o los liderazgos personales, buscando unir en lugar de dividir, tal como en su momento lo propuso insistentemente Heberto Castillo, en su incansable trabajo por unir a los grupos de izquierda y elaborar un nuevo proyecto de nación.
Las utopías desarmadas, no violentas, pero organizadas y consecuentes no son gratas para el sistema porque se pueden filtrar a través de las grietas de la legalidad y es difícil (o muy costoso políticamente) neutralizarlas, además de que generan esperanzas de tal magnitud que pueden resurgir movimientos “populares” amplios como la APPO en Oaxaca. De ahí que como labor preventiva se criminalicen las protestas sociales y se trate a toda costa de radicalizar el modelo neoliberal privatizando lo poco que queda de recursos naturales y estableciendo instituciones cada vez más autoritarias y fuera del alcance de la ley.
La memoria de Allende, independientemente de su estatura como ser humano y como político, sirva de pretexto para reflexionar sobre la necesidad de estrategias que agrupen a los sectores marginados más amplios y por encima de colores e intereses políticos, tal como lo ha propuesto insistentemente el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).