La tragedia del New’s Divine, como muchas otras del pasado reciente y remoto, sirven para conocernos a nosotros mismos, para vernos reflejados en el espejo negro de Tezcatlipoca –o de cualquier otra deidad similar, la que el lector guste o prefiera– y conocer la verdadera identidad del mexicano, la que no parece ser diferente ya sea si se trata de esa particular subespecie política que nos gobierna (¿o desgobierna?), que de los intelectuales, los politólogos, los periodistas y comunicadores, los funcionarios públicos, etcétera. Finalmente todos somos mexicanos y hemos recibido y aprendido las mismas lecciones desde nuestra infancia.
La semana pasada nos referimos al origen de esa tragedia como una mezcla de corrupción, ineptitud (o incapacidad) y estupidez. Los primeros informes oficiales entregados a los medios de comunicación confirman ampliamente la mezcla de todos estos ingredientes. Lo que en su inicio fue un asunto de política administrativa, de operaciones tendientes a comprobar –y prevenir– el ingreso de menores de edad a sitios donde se expenden bebidas alcohólicas, así como la venta de estupefacientes a la clientela, se ha convertido vertiginosamente en un asunto político. O politizado.
Y ya decía André Malraux que la política, toda, es maniquea.
Y si ésta es maniquea, y un hecho determinado es contaminado por la política, o es contaminado por la política, y esto por sí mismo nos impide ver la situación con claridad objetiva.
Ahora ya estamos en la posibilidad de poder analizar las reacciones y las opiniones, poco objetivas por tendenciosas, de aquellos que las expresan previamente filtradas y matizadas por un partidarismo personal, por el color político que late en lo más profundo de su corazoncito, aderezado además de una muy conveniente desmemoria.
Mientras los filoperredistas niegan airadamente cualquier responsabilidad de Joel Ortega, responsable de la Seguridad Pública en la capital, o de su jefe inmediato Marcelo Ebrard, jefe de gobierno en el DF, los filopanistas los culpan de todo lo sucedido y desearían verlos encarcelados a ambos. Entre los priistas y filopriistas podemos ver toda clase de definiciones, tal vez porque se trata de una fauna variopinta y con mucha cola que le puedan pisar.
Así podemos ver en el reportaje de la revista Proceso de esta semana una detallada descripción de lo sucedido, que muestra con absoluta claridad la impreparación, la confusión, la falta de coordinación en las órdenes, más una aparente o real disposición oficial (por lo menos en los cuerpos policiacos) para castigar la pobreza. Pero prácticamente no se menciona ni a Ebrard ni a Joel Ortega, ni tampoco se buscan o sugiere siquiera la posibilidad de que existan culpables o responsables en los mandos más altos del gobierno perredista de la capital.
Y lo que sucede es muy dañino para la vida democrática nacional, porque con el pretexto de que toda crítica o señalamiento tiene un trasfondo político se cobijan todos los abusos y todos los errores bajo un grueso manto de impunidad. Si es de mi partido, si es de los míos, no puede ser incapaz, corrupto, ineficiente, o tonto, eso solamente sucede en el bando contrario. En este pueblo no hay culpables, diría alguno.
¿O es que ya se nos olvidó la matanza de mineros en Cananea? En Cananea precisamente, y casi en vísperas del primer centenario de la Revolución. ¿Y quien fue el culpable o responsable, el gobierno panista de Vicente Fox o el gobierno estatal de Sonora, encabezado por el priista Bours? Nadie a juzgar por las investigaciones.
¿Y las víctimas? Ni quien las recuerde. Total, ya se murieron.
Para no politizarlo, para no partidizarlo, lo mejor es dejarlo impune.
¿Y la matanza de ciudadanos oaxaqueños, incluido un fotógrafo de prensa estadounidense, en Oaxaca el año pasado?
Lo mismo. Los que culpan a Ulises Ruiz deben ser simpatizantes del Partido Acción Nacional o del PRD, así que lo mejor es no hacerles caso, porque sus motivos seguramente son políticos. ¿Y las víctimas? Ni quien las recuerde.
Y en otro ingrediente dentro del mismo maniqueísmo, no se nos olvide, también juegan su parte los narcos, quienes estan dentro del bando de los “malos–malos”, y como en la guerra emprendida contra ellos todo se vale y todo se justifica, el número de civiles inocentes ejecutados por los militares en los retenes carreteros sigue creciendo, 15 en Chihuahua solamente la semana pasada.
¿Culpables? ¿Responsables? No existen y nadie se atreve ni a mencionarlo el hecho por el riesgo enorme de ser calificado como cómplice del narco y de Los Zetas. ¿Y las víctimas? Ni quien las recuerde.
Y la historia se repte con ya demasiada frecuencia.
Pero lo más grave, en mi opinión, es que en los esfuerzos reiterados de nuestros gobernantes por salvar a sus correligionarios, amigos o cómplices, omiten tomar medidas efectivas para prevenir o impedir, en la medida de lo posible, que se puedan repetir hechos similares en lo futuro. Si castigar el abuso de poder y los delitos cometidos en el ejercicio de la autoridad es importante, mucho más lo es el tomar medidas efectivas para evitar que se repitan.
Y mientras tanto el maniqueísmo se extiende por toda nuestra geografía política. ¿Y los ciudadanos, supuestamente sujetos principales del advenimiento de las bondades de la democracia y de sus beneficios? Bien, gracias.
Si alguien se atreve a opinar favorablemente acerca de la reforma energética o de alguno de sus aspectos, es indefectiblemente tildado de “vendepatrias”, y lo mismo sucede con aquel que exprese una opinión contraria, pues ipso facto se vuelve enemigo del progreso, cómplice de López Obrador, populista, etcétera, además de que todos, opinen o no opinen serán bombardeados por toda clase de mensajes por internet, destinados no a convencerlos con argumentos sólidos, sino con mensajes electrónicos elaborados pacientemente para denostar e insultar al oponente, sin hacer referencia alguna a sus propuestas.
Los malos están de un lado, los buenos están del otro. Sin términos medios. Sin posibilidad alguna de transigir. Cada uno es dueño de toda la verdad... y del destino glorioso de la patria. Por supuesto.