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Martes, 1 de julio de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

La última cruda
(fragmento)

 


Detalle de Los bebedores de ajenjo, de Degas


La autora de este texto en imagen de archivo / Foto: Abraham Paredes

 Margo Glantz

Para Antonia y Ricardo

Mi borrachera va creciendo lenta, segura

En la parte de abajo del restorán, enfrente de nosotros, un grupo de comensales formado exclusivamente por varones: comen con regocijo, oímos a menudo sus carcajadas y fragmentos de conversación; cuando nos ponemos de pie –ya tambaleante, yo– uno de ellos, hombre joven y guapo con barba, pelo y ojos muy negros, empieza a discurrir sobre la muerte: habla en catalán –la palabra que en ese idioma significa muerte es muy parecida a la palabra amor. Todos –incluyéndonos– escuchan embobados mientras beben; sólo las meseras están furiosas, la sesión se prolonga y no pueden marcharse a la hora reglamentaria. La situación es divertida y ridícula, cada vez más absurda, contribuye a aumentar esa sensación la enorme cantidad de bebida que he ingerido, descomunal si tomo en cuenta mi dosis habitual, un dry sack o un tío Pepe. Salgo, cada vez más mareada, les hago señas desde la ventana a los miembros del grupo que escuchan con devoción la charla sobre la muerte; algunos se dan la vuelta, me miran, alzan su copa, sonríen; el orador se ofende, les llama la atención, mis amigos me toman de los hombros, avergonzados, me llevan hacia el coche, me obligan a entrar en él, cosa que hago con enorme dificultad y con un deseo infinito de vomitar. Me contengo, el mareo es cada vez más intenso, la cabeza me da vueltas, me contengo, me contengo.

Entramos en la casa, me precipito al baño de inmediato, empiezo a vomitar todo lo que he comido, sobre todo el pato, una masa sanguinolenta hecha de mascarpone, carne, jitomate, salsa de frambuesa, olivas, sabritas, vino blanco, whisky Cardhu, y sigo vomitando hasta que no me queda nada en el estómago, una sustancia viscosa hecha de bilis y vino: mareada, me aferro al excusado como si fuera mi tabla de salvación, las arcadas de mi estómago cada vez más fuertes, ¿me habré vuelto epiléptica?

Y entre arcada y arcada asocio, recuerdo situaciones semejantes, alguna vez, hace ya mucho tiempo, en la cantina La Ópera, cerca de Bellas Artes, cuando aún las mujeres se hacinaban en un pequeño apartado y los hombres bebían muy tranquilos en la sala principal, un solo baño que no desocupé durante cuatro horas en las que vomité sin cesar, mientras las otras invitadas, o más bien mis amigas, no podían ni hacer pipí ni lavarse las manos ni pintarse los labios ni retocarse las pestañas ni arreglarse la costura de las medias –se usaban entonces medias con costuras, zapatos altos o botas y minifalda–, y de repente ya no estoy en el minúsculo baño de mujeres del apartado para mujeres de la cantina La Ópera sino en la casa recién estrenada de un amigo escritor, alfombrada de pared a pared en un color gris claro, muy parecido al color de la alfombra triunfal con la que querían tapizar la Catedral de la Almudena en Madrid el día en que doña Leticia se convertiría en Princesa de Asturias, aunque acabaran tapizándola de un color púrpura, color adecuado para la realeza, y la cena se inicia con aperitivos de todo tipo que voy sin excepción probando –jerez, tequila, vermut– y, el primer plato de pescado y el vino blanco, muy seco, luego, la carne y el vino tinto, el discurso del anfitrión, los pasteles y el champagne, el anís dulce o los digestivos y ya no tengo tiempo de llegar, sólo a un rincón recientemente tapizado de color gris claro que escojo para vomitar y los invitados dejan de beber y de comer y me miran azorados y con desdén: acabo de divorciarme. Mi anfitrión me da la espalda, entra un criado, limpia el rincón alfombrado, queda una mancha y se percibe un leve olor, me disculpo, me encamino a la puerta sintiendo la furiosa mirada de la gente clavada en mi espalda como si quisieran asesinarme, cerca de la salida me encuentro con unos amigos que creía verdaderos y les pido que me lleven a mi casa, se niegan; con la cola entre las piernas –mi anfitrión no tiene perros–; salgo, tomo un taxi y regreso, ya sobria, a mi casa. Obviamente nunca me volverán a invitar.

Sigo aferrada con todas mis fuerzas a la taza color gris claro del baño de piedra de la antigua masiá de mis amigos catalanes, vomito y vomito sin cesar, ahora es un líquido ligeramente amarillento o verdoso. Mis recuerdos se eslabonan y me hacen recuperar con nitidez la misma sensación de vergüenza y náusea que inexorable se repite a lo largo de mi vida como si fuese una sola y larga náusea, una sola y larga vergüenza, un perpetuo aferrarse a un taza de color amarillo, ostión, blanco o gris del excusado de una cantina, de una masiá, de una casa elegante de un amigo o una amiga o a la de mi propia casa a la que he regresado después de celebrar un reconciliación con Juan querido con el que me había peleado por muy buenas razones que ahora no recuerdo y nos hemos emborrachado con cerveza oscura Negra Modelo o Nochebuena y anís del Mono dulce y como de costumbre acabo en mi casa abrazada al excusado y vomitando sin cesar; al final, un líquido amargo y acre salido con dificultad, después de ponerme los dedos en la campanilla para provocar el vómito, como en la época de los romanos cuando querían seguir aprovechando los platos de un banquete durante una bacanal; sí, devuelvo el estómago como si mi vida fuese un solo y largo vómito que se estira y retuerce a lo largo de muchos de los años de mi ya larga vida.

De nuevo en casa de otros amigos mexicanos, más comprensivos, algunos divorciados o vueltos a casar, o en busca de pareja hetero u homosexual, o con tendencias zoofílicas o bestialistas, aunque se trate de la misma gata revolcada, he empezado a celebrar. He llegado con una argentina a la que he alojado en mi casa y a quien no soporto y lleva instalada allí cuatro semanas sin trazas de querer moverse. Mi anfitrión prepara varias y enormes margaritas con mucho tequila y mucha azúcar, las bebemos así a calzón quitado, sin nada que llevarse a la boca, hasta que nos sirven tacos de carnitas y vino tinto y, obvio, luego luego me enfermo, me dan ganas de vomitar y de vomitar y bajo corriendo las escaleras y llego al baño, grande, moderno, perfecto, con mosaicos blancos, la taza del excusado, blanco también, me tiro de inmediato al suelo, me aferro desesperada a la taza y permanezco abrazada al excusado cumpliendo con la acción ininterrumpida de vomitar, incapaz durante largas horas de ponerme en pie, yo que me emborracho a la primera provocación, yo que me emborracho sólo con tomar dos oranges crush cuando aún se encontraba esta bebida en esta capital. Arriba, los invitados departen reservada y libremente. Abajo, yo, en la antesala del infierno. Me extiendo por fin sobre el mosaico blanco, está helado, me calma. Oigo pasos, son las 6 de la mañana. Mi amigo toca discretamente en la puerta, me levanto, subimos o bajamos, no me ubico en esta casa de complicado y moderno diseño; salimos, mi amigo se sube a mi coche, conduce y me lleva hasta mi casa, en el suyo va su hijo, un encantador joven de 20 años a quien cuando lo vuelvo a ver no reconozco.

 
 
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