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Lunes, 30 de junio de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Estado
 
 

La crisis alimentaria y los biocombustibles acelerarán la especulación con la tierra: campesinos

Aquí, en uno de los costados de las faldas del volcán Popocatépetl, decenas de agricultores de comunidades cercanas, representantes de organizaciones no gubernamentales (ONG) y estudiosos del tema rural, llevaron a cabo este fin de semana una reunión informativa sobre el problema de los agrocombustibles y la crisis alimentaria.

 
(Miguel ángel Domínguez Ríos)
San Juan Tianguismanalco, Pue.

Convocados por integrantes del Comité Campesino del Valle de Atlixco (CCVA), los asistentes al cónclave reflexionaron sobre el presente y futuro de la vida agropecuaria. Alertaron de los “malos” tiempos que están por venir y exigieron a las autoridades de todos los niveles de gobierno emprender un cambio “radical” en las políticas públicas destinadas a los trabajadores de la tierra.

 

Las revueltas

Lorenzo Hernández Cueto, integrante del Consejo Municipal de Desarrollo Rural en este municipio, fue quien primero tomó la palabra. Agrónomo de profesión, sentenció que el tema debe vislumbrarse desde una perspectiva global, pero con acciones locales. “Y es que los informes sobre las revueltas que estallaron como resultado de la crisis alimentaria son profusos; sin embargo, uno de los puntos medulares, que es como salir adelante, tiene escasa atención de parte de los actores involucrados. La solución exige un cambio radical: las políticas agrícolas deben formularlas los agricultores a pequeña escala, quienes por encima de todo, son los responsables de la mayor parte de la producción de los alimentos consumidos en todas partes. Y para ello es necesario que las instituciones del Estado y los organismos de desarrollo dejen de tener el poder que detentan actualmente. Habrá que resolver tres temas que están interrelacionados: tierra, mercados y la agricultura misma”.

En marzo de 2008, recordó,  la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) comenzó a hablar abiertamente de un dilema mundial. “Como ocurrió con muchas otras crisis de ese tipo, llegaron un poco tarde. Los precios de los alimentos, especialmente de los cereales, lácteos y carne, habían aumentado durante 2007, mucho más que los ingresos. La gente resolvió ese dilema con un cambio en sus hábitos alimenticios, que implicó reducir su ingesta de comida, y salió a las calles a exigirle al gobierno que adoptara medidas”, lamentó.

En este asunto, asumió Hernández Cueto, las causas del problema están identificadas y más o menos entendidas. “A pesar de eso, el conflicto alimentario sigue extendiéndose. Los precios siguen aumentando; surgió una clase de “nuevos pobres” y los gobiernos se pelean por encontrar o manejar reservas de granos. En caso de que surja otra situación adversa de magnitud, podría provocar un choque de trenes verdaderamente dramático”.

En tanto, Benjamín Medel, catedrático de la Universidad Autónoma de Puebla, afirmó que  todo el mundo coincide en la necesidad de hacer algo, pero existen grandes desacuerdos en cuanto a eso. “Los organismos internacionales, los directorios de las empresas y, de hecho, la mayoría de los gobiernos y sus equipos asesores, quieren que continuemos transitando el camino de la industrialización de la agricultura y la liberalización del comercio y la inversión, aún cuando esta receta sólo promete más de lo mismo para el futuro”.

Los movimientos sociales que mantienen el combate de las “injusticias” del modelo capitalista actual vislumbran las cosas de manera diferente, sostuvo. “Para ellos es tiempo de romper con el pasado, de movilizarse en torno a una nueva visión creativa que traiga no solamente una mitigación a corto plazo, también que represente el tipo de cambio profundo que en definitiva nos saque de esta crisis alimentaria y, en realidad, de la serie interminable de desequilibrios que abarcan el cambio climático, la destrucción ambiental, la pobreza, los conflictos por la tierra y el agua y la migración, generadas por la globalización neoliberal”.

Lo más preocupante, señaló, es que la elite política y la elite comercial no quieren enfrentar el hecho de que la confianza en el mercado está hecha trizas. “En consecuencia, los gobiernos comenzaron a sacar alimentos del mercado ya que sencillamente no se fían más en la forma en que éstos se valoran. Enfrentados a este panorama de insolvencia de ideas y de sistemas, no hay otro camino creíble que reconstruir desde los cimientos”.

Todo el esquema anterior significa, añadió Gilberto Pacheco, viejo ejidatario de San Pedro Atlixco, dar vuelta todo: los pequeños agricultores, todavía responsables de la mayor parte de los alimentos que se producen, deben ser quienes fijen la política agrícola, en lugar de los gobiernos, los empresarios o la gente del dinero. Nosotras, las organizaciones campesinas y nuestros aliados, tenemos ideas claras y viables sobre cómo organizar la producción y los servicios y cómo dirigir los mercados e incluso el comercio regional. Lo mismo ocurre con los sindicatos y los sectores pobres urbanos, quienes pueden cumplir un papel importante en la definición de las políticas alimentarias”.

El acceso de los campesinos a la tierra es un elemento claramente central, asestó. “Con el aumento de los precios de los productos básicos y el nuevo mercado de agrocombustibles, la especulación y la apropiación de la tierra se sucederá a una escala impresionante. En muchas partes los gobiernos y las empresas establecieron agricultura de plantaciones en gran escala a costa del desplazamiento de campesinos y de la producción local de alimentos. En efecto, el modelo agrícola orientado a la exportación y la dependencia de las importaciones, que están en la raíz de la crisis actual, se acelerarán, destruyendo los sistemas de generación de alimentos que necesitamos para salir del atolladero actual”.

 
 
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