En la Eurocopa, la selección de Luis Aragonés superó a cuanto rival le salió al paso a puro futbol. No solía ser ésta la característica del recio balompié español. Pero 2008 trajo una inversión de papeles capaz de poner a bailar hasta a los tullidos en plazas y calles de la Península Ibérica. A la declinación de sus grandes clubes –todos ellos fracasaron este año en Europa– ha respondido el inesperado esplendor del representativo nacional. Y en un país infectado de regionalismos, la unificación sentimental en torno a la Roja no es hazaña menor. Tampoco lo han sido las exhibiciones de armonía futbolística, precisa técnica y compenetración entre líneas de un cuadro que superó en clase, productividad y firmeza táctica a los otros 15 calificados a las finales de la XIII versión de la Copa Henry Delauney. En clase porque la que aportó el gran mediocampo español resultó insuperable. En firmeza porque ésta nacía en el formidable Casillas y ni la lesión de Villa, goleador del torneo, fue capaz de perturbarla. Y en productividad porque en seis partidos España anotó 12 veces y recibió apenas un par de goles –de Suecia y Grecia–, cediendo solamente un empate –contra Italia, antes de eliminarla por penales—a cambio de cinco victorias. Semejante trayectoria sólo fue superada en el pasado por la Francia de Michel Platiní, con la ventaja para ésta de que el torneo de 1984 lo jugaba en casa. Ganándole la final precisamente a España, que había conseguido el único título de su historia hace 44 años en el Bernabéu. Es decir, también al abrigo del hogar y con el Generalísimo Franco en el palco de honor, lo que sin duda dio un toque siniestro a los festejos de entonces. Aunque la final se la hayan ganado 2–1 a la célebre URSS de Lev Yashin. Precisamente, la Araña Negra había izado el trofeo en el parisino Parque de los Príncipes cuando, en 1960, se disputó por primera vez.
Equipo compacto y completo. Decía Menotti que España tenía que resolver un grave problema de identidad para poder trascender a planos superiores: decidirse entre ser toro o torero. Y fue hasta ahora, sobre las húmedas canchas de Austria y Suiza, cuando el 11 de Aragonés decidió enfrentar el viejo dilema menottiano. Y lo hizo abriéndose de capa e invitando a los contrarios a embestir. Para burlar y manejar a cada uno de ellos con estilo, temple y sabor. Simultáneamente, se esparcía por el aire un aroma futbolístico ausente hacía mucho de la Eurocopa. Hasta se dieron el lujo de encomendar a un brasileño –el ubicuo e imperturbable Senna– las tareas de contención, ingrata talacha que el paulista llevó a cabo prácticamente sin errores. En realidad, todo el equipo funcionó como reloj. Casillas fue mucho más que el héroe en la eliminación italiana, pues su seguridad, colocación y don de mando facilitaron a la defensa su trabajo, con los laterales Ramos y Capdevilla alternándose en las llegadas al pasillo del área contraria, y Puyol y Marchena absorbiendo por el centro lo poco que escapaba al dique de Senna y al manejo mareador de sus colegas de media cancha. Una media que se dio a intercambiar un auténtico diálogo de sutileza y toque, que pintaba triángulos y rombos sobre el césped antes de convertirse en ofensiva punzante con destino a Torres o Villa, que mientras trabajaron juntos lo hicieron de maravilla. Aunque la final pondría en evidencia que el Niño se mueve a sus anchas cuando dispone para sí de todo el frente de ataque.
Final de un solo lado. Aunque la Copa se decidió cuando Torres partió a zancadas sobre el área teutona en pos del pase filtrado por Xavi, le ganó el pique a Lahm y la salida a Lehman y tocó con suavidad contra el poste contrario –iban 32 minutos de juego–, la verdad es que Alemania no tuvo otra cosa que un arranque prometedor, ese cuarto de hora inicial con líneas adelantadas y toque seguro pero inocuo que, en realidad, nunca llegó a amenazar a Casillas. Todo fue recobrar España su confianza en el toque –fundamental el aporte de Senna– para que el partido empezara a discurrir por los cauces elegidos por Aragonés y sus Rojos. Llegó así un par de desparramos promovidos por Iniesta, el remate de cabeza de Torres que devolvió la base del poste derecho de Lehman. Y enseguida la apertura del marcador. Del lado germano no había asomo de reacción.
Retoques, tensión y explosión final. Tras el descanso optó Löw por recurrir a un segundo centro delantero, pero Kuranyi sólo agregó confusión a la búsqueda de Klose, ausente durante todo el partido. Lejos de aprovechar el sistemático adelantamiento de Ramos por su lateral, la dupla LahmPodolski se había ido del partido, y todos los pelotazos cruzados sobre el área española los resolvió Casillas con flema de veterano. A leguas se notaba que la Alemania segura en el intercambio del balón que se había insinuado al arranque del choque había cedido su lugar a un colectivo voluntarioso pero ofuscado, que el embudo defensivo español absorbió sin problemas. Y puesto que ninguno le planteaban los teutones, poco a poco fue adelantando líneas mientras combinaba la pelota sin ninguna prisa, para lanzar, nuevamente, quirúrgicos servicios sobre el área rival. Con eso tuvo España para amenazar seriamente la estabilidad del marcador –Senna estuvo cerquísima como corolario a una jugada de lujo, y antes que él Silva, que voló su disparo dentro del área, y Fiedrich salvó junto al poste un tiro de Xavi a primer palo que ya había rebasado a Lehman, y allí no había más equipo que España, que se estaba dando un atracón de pelota. Hasta que el italiano Roberto Rosetti, cuyo trabajo no satisfizo pero tampoco perjudicó a nadie, nos hizo saber con su silbato que Europa estrenaba campeón. Y que éste tenía, por fin, el rango y el empaque de los equipos que han hecho grande a este deporte.
Segundo bicampeón. La justa entre selecciones nacionales que los europeos gustan reputar como segunda en importancia tras el Mundial ha tenido nueve ganadores, entre ellos un tricampeón (Alemania), dos bicampeones (Francia y ahora España) y seis equipos más que alguna vez alzaron la copa: Italia, Holanda, Dinamarca, Grecia –que asistió como campeón defensor pero, derrotada tres veces, no fue capaz de defender nada– y las ya extintas selecciones de la URSS y Checoslovaquia (cuando el famoso penal de Panenka arrebató a Alemania el trofeo en 1976). De todos ellos, los que de verdad hicieron historia fueron la URSS de Yashin, Netto e Ivanov en Francia 60, la Alemania de Beckenbauer, Netzer y Müller en Bélgica 72, la Holanda de Gullit y Van Basten en Alemania 88, la Francia de Platini en Francia 84 y la de Zidane en Bélgica–Holanda 2000. De ese calibre ha sido el futbol ofrecido ahora por España, gran equipo y auténtico campeón de un torneo que superó todas las expectativas.