Si Hulk: el hombre increíble, de Louis Leterrier, fuera dos películas, yo tendría que admitir que la primera, de unos 45 minutos, me gustó mucho, a diferencia de la segunda, cuya duración es unos 25 minutos mayor. Pero el film –no es una secuela del Hulk (03) de Ang Lee, sino un nuevo approach al célebre cómic– no es dos películas, sino sólo una, con lo que la valoración debe encaminarse así, con resultados más bien desfavorables para el balance. Y es que, en efecto, el arranque de la cinta es bastante afortunado; el científico Bruce Banner, ahora un prófugo del ejército de los EU, se ha ocultado en una favela carioca –de esas cuyas entrañas reales conocimos en Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles– para enfrascarse en la búsqueda de algún tipo de antídoto que le permita purificar su organismo de los jugos gamma (digamos) que lo mutan en Hulk ante cualquier alteración o excitación emocional. Desde su covacha brasileña mantiene contacto virtual, cifrado, con un tal Mr. Blue (el propio Banner es Mr. Green –claro– en los códigos de ese “chat”), quien se encuentra al tanto de su situación y busca ayudarlo. Un incidente en la embotelladora para la que Banner trabaja dará la pista a la milicia gringa de su paradero, ante lo cual el tipo –que libra la captura sólo porque le reaparece su violento y enojón alter ego– deberá volver a EU, donde su ex novia, la Dra. Betty Ross (Liv Tyler), será otra vez su principal apoyo ante los dos grandes riesgos: el ejército (reforzado por Emil Blonsky –Tim Roth– un comando gandalla que se muere por un “cuerpo a cuerpo” con Hulk en igualdad de capacidades) y, por supuesto, la Hulk– condición misma. Hasta ahí las cosas bien, en lo que argumentalmente es el planteo trágico de un personaje que no puede vivir más con la verde pesadilla que lleva dentro.
Pero inicia entonces la imaginaria “segunda película” sugerida arriba, en la que se desata sin recato lo que tanto fascina al cinéfilo norteamericano: la acción desbocada que es fin y no medio; los encuentros antagónicos espectaculares, entre fuerzas poderosas, más por la visualidad de esos duelos “de titanes” (en este caso Hulk y el aún más aberrante ser en que deriva la mutación de Blonsky) que por algún rasgo esencial –ético(?), digamos– que defina y justifique por qué, para qué, es menester enfrentar al rival y aniquilarlo. (Y sí: me queda claro que tanta “conciencia” es mucho pedir para un film que se llama Hulk: el hombre increíble). Ahora bien: ¿para qué quiere el ejército norteamericano al ya muy “gamma–vapuleado” Banner? Porque su oficial en jefe –el General Ross (William Hurt), potencial suegro del perseguido– quiere “aprovecharlo” como origen de una generación de súper–combatientes a–la–Hulk que garanticen a su army una predominancia planetaria absoluta, de “sólo victorias”, sobre el enemigo que sea. Very USA... ¿no?
Pero bueno; Hulk: el hombre increíble, en terrenos menos exigentes, ofrece por supuesto algunas buenas cosas: un desempeño convincente de Edward Norton, quien es un actor destacado y versátil en el rol que sea; también, a una Liv Tyler que cincela perfectamente perfil y rasgos de lo que una mujer enamorada es; un ritmo que, a pesar de las muy largas secuencias de acción de la segunda parte, sabe mantenerse al borde de sus límites; una extraordinaria toma aérea inicial que, en 2–3 minutos, establece muy bien, desde lo alto, la crudeza del hacinamiento y la miseria en una favela carioca; y sí, un entretenimiento que, en especial para fans del cómic, no deja de ser atractivo, siempre que aceptes la necesaria convención de poner a las neuronas –sobre todo en la “película 2”– en punto muerto. Y a prepararse para una casi segura secuela, porque el pobre de Banner (algo propio de los comics de este tipo) se mantiene en “modo Hulk”, además de que por ahí, al final de la película, Tony Stark –Iron Man, para más señas– se aparece ante el General Ross buscando hacer negocio... o algo así. Asunto y personaje, pues, van a “reverdecer”.