“Diríamos que ha emergido una incipiente “cultura educativa”
que ha ido permeando el ámbito de la política. No obstante, nuestros sistemas de gobierno todavía permiten que lleguen a puestos de decisión personas que desconocen el campo de la educación, y esto nos expone, en algunos casos, a decisiones equivocadas o, al menos, a que se pierda mucho tiempo hasta
que los nuevos funcionarios aprenden lo que no saben”.
Dr. Pablo Latapí Sarre1
Para poder construir la reforma educativa que necesitamos, una reforma “a la altura de nuestros tiempos”, promotora de la “reforma del espíritu” que propone Edgar Morin en su obra, es necesario que todos los actores de la educación tratemos de incidir en la transformación de tres niveles o ámbitos de la “estructura cooperativa de la transformación docente”2: el de las prácticas educativas concretas, el de las estructuras organizativas de la educación y el de la “cultura educativa”.
La transformación de las prácticas se logra cuando se priorizan esfuerzos, decisiones de políticas públicas y recursos a la formación de los profesores de los diferentes niveles, con la inteligencia y espíritu crítico necesarios para elegir y adaptar los elementos que realmente contribuyan al cambio en la visión y en la operación de los docentes, lo cual trasciende la mera capacitación en teorías, métodos y técnicas pedagógicas y tiene que buscar la reorientación intelectual y ética de los docentes.
La transformación de las estructuras organizativas se va produciendo, más a mediano plazo, a través de la adecuada selección de las personas para los distintos puestos de decisión (desde los directores escolares hasta el Secretario de Educación Pública en cada estado y en el nivel federal) y con la instrumentación de políticas públicas que lleven al anquilosado, pesado, poco transparente y piramidal sistema educativo hacia un grado de “más alta complejidad”3, es decir, hacia una organización más horizontal, creativa, dialógica, abierta a la mejora y autocorrección continua y capaz de dar voz a todos los actores que confluyen en el complejo subsistema que constituye la educación institucionalizada.
Sin embargo, la construcción de una “cultura educativa” pertinente e impulsora de una nueva sociedad más democrática y más justa tiene una mayor complejidad y una temporalidad mucho más amplia.
La construcción de una “cultura educativa” en México tiene que iniciar con un cambio progresivo pero profundo de significados y valores propios de un régimen autoritario, corporativista, cerrado a la crítica y centrado en liderazgos individuales hacia la construcción de significados y valores gradualmente compartidos por las autoridades, el sindicato de maestros, los directivos, los profesores, los padres de familia y los alumnos, que se orienten hacia la búsqueda del bienestar colectivo, que valoren la flexibilidad, la creatividad, la crítica y el liderazgo distribuido desde una óptica democrática y democratizadora.
Latapí señala que estamos ante la emergencia de una “incipiente cultura educativa” que va “permeando el ámbito de la política” y esto es fruto de la creciente interacción entre los investigadores educativos y las autoridades. Ojalá esta incipiente cultura educativa vaya creciendo en el país para fortalecer el campo de la educación que es sin duda, uno de los detonadores del desarrollo de las naciones.
*El autor es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla, la cual respeta la pluralidad de pensamiento de quienes colaboran en ella en el marco de su propia visión y misión institucional.
Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com.
Sus comentarios son bienvenidos.
1 Latapí, P. (2008). ¿Pueden los investigadores influir en la política educativa? Revista Electrónica de Investigación Educativa, 10 (1). Consultado el día 9 de junio de 2008 en: http://redie.uabc.mx/vol10no1/contenidolatapi2.html
2 Cfr. LópezCalva, M. (2007). Una filosofía humanista de la educación. México. Editorial Trillas.
3 Morin, E. (1997). El Método II. La vida de la vida. Madrid. Ediciones Cátedra.