No es honrado el que nunca robó, sino quien pudiendo hacerlo a mansalva se contuvo por puro compromiso consigo mismo. Ni es veraz el que no miente, sino el capaz de sostener una verdad aun contra sus propios intereses. Ni libre quien obra a capricho, pues la libertad auténtica es interior y sabe decirle no a toda tentación de halagos y recompensas cuando éstos atentan contra la libertad de otros. La justicia, la verdad, la libertad son valores humanos esenciales, sin los cuales ya habríamos desaparecido, tragados por lo peor de nuestra especie. El toreo –que enfrenta al hombre con las fuerzas ciegas de la naturaleza no para simplemente doblegarlas y llenarse de soberbia, sino en un plano de respeto mutuo e igualitaria humildad, y con la obligación de hacerlo lo más artística y lealmente que sea posible–, se mantiene vivo en virtud de esos mismos valores esenciales, expresión de amor a la naturaleza y, paradójicamente, de la necesidad de sobrevivir a sus asechanzas.
La tensa confrontación. Si el toro representa instinto de ataque y amenaza física cierta –sin lo cual, la posibilidad de hacer arte desaparece–, el hombre que torea simboliza capacidad de discernimiento para, a partir de los rasgos de comportamiento del bóvido, asumir la iniciativa e imponerle una expresión artística personal e intransferible, convirtiendo el duelo en diálogo y conduciendo aquel caos de embestidas en discurso armonioso con planteamiento, nudo y desenlace. Es decir, elaborando una espontánea y sutil narración a partir de ese encuentro potencialmente mortal. Por eso, la historia de la moderna tauromaquia es la historia de una evolución técnica y estética comprobada. Porque hombres y bestias –voluntariamente aquéllos y éstas en razón de sus singularidades genéticas– mantuvieron vivo a través de siglo y medio tal compromiso elemental con las estrechas leyes del toreo. Que son las de un oficio pero también las de una ética. Ética al servicio de un arte debatido y debatible pero absolutamente real.
Humanas limitaciones. Pero lo anterior no está al alcance de cualquiera. Sobran toreros que asumen a medias el compromiso central del toreo. Su significado profundo. Ya sea con la coartada del crudo valor. O de la seguridad que da el dominio de la técnica. O de un estilo tan exclusivo que se autoexcluye ante la mayoría de los toros, reacios a colaborar con el estilista. Todos ellos son respetables y todos exponen la vida. Pero todos llevan en la cabeza la certeza de una raya que no se debe rebasar so pena de entrar en un terreno minado en el que el hombre, entregado por completo al instinto agresivo del animal, no depende ya de sí mismo sino del azar. Y como la incertidumbre no es un buen sitio para permanecer, los de fuera aceptamos como válida la eventual prudencia del torero: no hemos pagado por asistir a una autoinmolación, sino a un discurso cultural único, que, ciertamente, algo de terrible e incierto entraña, pero ha de resolverse finalmente por vía de la inteligencia sin perjuicio de exigencias de belleza formal y estricto apego al canon de la corrida. Eso es lo que queremos. Eso es lo que buscamos. Tanto el hombre solo allá abajo como el coro plural dispuesto a loar sus logros o denostar sus fracasos. Y respetuoso siempre de la contraparte, ese toro que debe empezar por serlo cabalmente y queda también sujeto a la aclamación, la protesta o la larga y gloriosa memoria del esquivo arte de torear.
La radical ruptura de JT. Se atribuye a Antonio Ordóñez la frase aquella de que “todo gran torero sabe que diez o doce tardes por temporada debe salir dispuesto a morir en la plaza”. Declaración que José Tomás ha retomado suprimiéndole cifras y limitaciones. Sin distinción de plazas ni medir las características de cada toro, empeñado en extremar la fuerza del compromiso ético con su arte y con su vida. Y sólo aleatoriamente con el público, que sin embargo lo sigue como a nadie y hace el milagro de abarrotar las plazas en la época más antitaurina del toreo.
Histórico junio. El día 5 y de nuevo el 15 de este mes, JT agotó el papel en Las Ventas, puso la plaza en delirio y sumó siete orejas a cambio de tres cornadas. Éstas las recibió el domingo último, a fuerza de cruzarse e intentar, con animales de genio alerta y cornamenta descomunal, la reedición del recital de toreo inmaculado y puro, y sin embargo ceñidísimo, que fue su actuación con los de Victoriano del Río, la tarde de su reaparición en Madrid tras seis años de ausencia. Mas como era de esperar, sus agazapados detractores han utilizado las tres heridas y numerosas cogidas del segundo día para insistir en la torpeza y falta de técnica de este torero de época.
Siempre quieto, siempre cruzado. Una vieja sentencia –la de que si el toro coge la culpa es siempre del torero– sirve de base a las interesadas críticas. Y sin embargo, lo que los puntillosos analistas no se detienen a considerar es que a JT los toros lo cogen precisamente por su voluntad de imponerles a todos un toreo sin el menor alivio, de cite invariablemente cruzado, asentamiento total y con el cuerpo como carnada, o volcándose sobre el morrillo sin un desvío al entrar a matar. Así fue la última voltereta de ese día, debida exclusivamente a su entrega al estoquear a “Caribello” de El Torero. Astado que antes, cuando intentaba engendrar un pase de pecho zurdo, frenó de súbito, le husmeó el muslo y lo levantó con el pitón contrario (el izquierdo) en una cogida angustiosamente larga, alud de derrotes que produciría la única lesión relativamente grave que reporta el parte facultativo, 20 cm. de cuerno horadando su muslo derecho. A esa cogida, la tercera, la había precedido otra cuando quitaba con el capote a la espalda y el segundo toro de El Fundi lo derribó con una pata trasera e hizo por él en el piso, por fortuna sin herirlo. Imposible culpar ahí al torero de nada que no fuese la quietud y ceñimiento de sus gaoneras. Y el primero de su lote también le levantó los pies del suelo cuando intentaba lo más difícil y expuesto: torear al natural a un animal de muchísimo sentido, huidizo y rajado pero poderoso y entero, poco castigado en varas como es norma habitual en JT. Cogida muy aparatosa aunque sin consecuencias porque el paliabierto burel lo encunó completamente de lo cruzado que estaba. Quizá por esto último los toros que lidia en provincia, más estrechos de sienes y delanteros de pitones, son los que con mayor facilidad y frecuencia han taladrado sus carnes. Ése es el riesgo que seguirá acompañando la intensidad de su entrega a una ética y una estética radicalmente profundas e inalterables.
Capítulo V de “20 años de El Relicario”. Aparecerá en este espacio el lunes 30 de junio.