En cuanto llegaron los duelos a todo o nada, la Eurocopa se tragó a tres de los favoritos y su desenlace navega en la incertidumbre. Los nombres famosos se fueron borrando en beneficio de prestigios emergentes. Y el síndrome Grecia que se apoderó hace cuatro años de la competición va a estar presente hasta que el domingo, en el Ernst Happel de Viena, se escuche el último silbatazo de la final.
Alemania. El gen competitivo sigue funcionando. Y contra Portugal hizo la diferencia. Los alemanes, inferiores en futbol químicamente puro, ganaron por su apabullante superioridad mental, física y táctica. Los portugueses, tan afiligranados y gambeteros siempre (y ahí está el jugadón de Nani previo al ya inútil gol de Postiga para confirmarlo), dominaron la apertura y el cierre del partido, pero el núcleo duro del encuentro resultó para ellos un laberinto inextricable. Sin líder que los condujera –Cristiano Ronaldo desapareció, mientras Alemania recobraba a Ballack–, muertos de pánico y ansiedad atrás –empezando por el paralizado arquero Ricardo y un Petit descontrolado y ciego, culpable de la ingenua falta que abriría paso al tiro libre del segundo gol, ejemplo a su vez de cómo no debe defenderse un lanzamiento por aire sobre el área– y sin profundidad ni contundencia adelante –a Nuno Gomes, el más apto para pivotear arriba, lo cambió Scolari justo antes de la arremetida final–, Portugal no fue rival para la acorazada germana, un lujo de economía ingenieril sin concesiones a la galería. Si se suma a ello la capacidad de Podolski, Klose y sobre todo Schweinsteiger para la ofensiva coordinada, y la ayuda adicional del arbitraje –el respeto a los poderosos se propaga con facilidad entre el gremio, como demuestra la complacencia del sueco Fröjdfeldt ante el empujón de Ballack a Carvalho previo al frentazo del tercer gol–, el panorama queda completo: del St. Jakob Park sólo podía salir ganadora Alemania, otra vez temible y segura favorita ante los turcos en la semifinal del miércoles en la propia Basilea, que para los tudescos es como jugar en casa.
Turquía. Sin jugadores para la vitrina, sin el menor lujo técnico o táctico, con apenas lo justo y la fortuna de decidir partidos en el último suspiro –una costumbre turca en esta Eurocopa–, los guerreros rojos de Fatih Terim son la gran sorpresa en el recuento de semifinalistas. La agitanada Croacia los dejó vivir y su penitencia será dolorosa y larga. En realidad, Croacia parece haberse vaciado contra Alemania, cuando ofreció su mejor cara. Lo demás fue bastante silvestre y rutinario. Hasta que llegaron los penales del viernes en Viena y Turquía los mandó a casa con música de 3 por 1, luego de empatar a uno en el tiempo de reposición de la prórroga, gol de Senturk a los ’121 de un partido aburrido con dramático desenlace. Como contra Suiza y los checos pero todavía más angustioso, pues el croata Klasnic había marcado al ’119 aprovechando un despiste de Rustu, el arquero que le desviaría a Petric el penal que dio pasaporte a esta brava y tenaz Turquía para la semifinal del miércoles. La que, salvo milagro, proyectará a Alemania, por sexta vez, a una final de la Eurocopa.
Rusia. Para Holanda, que había paseado su candidatura a Miss Europa entre suspiros de admiración por la pasarela que le tendieron italianos, franceses y rumanos, el despertar ha sido brutal. El sábado, en Basilea, la joven y osada Rusia la hizo ver demacrada, ojerosa y flácida, y acabó por despacharla a casa sin contemplaciones. Y ahí si no influyeron ni la camiseta ni el azar ni el arbitraje. El baño lo preparó Gus Hiddink y lo perfumaron con buenos aromas sus pupilos, jugadores sin renombre pero con un entendimiento de equipo, una frescura de ideas y un toque de distinción en su juego que dejó quieto y tieso al gigante holandés. Y si ya era bastante injusto con ellos el empate que Van Nistelroy había llevado al marcador a los ’85, cuatro minutos de la prórroga –entre el 112 y el 116– les bastarían para remediar el desaguisado, practicar cirugía mayor en la torpona defensa naranja y repetir, mejorada, la deliciosa exhibición de futbol imaginativo y punzante que había eliminado previamente a los suecos. Por su novatez, este formidable equipo –armado en torno al estupendo Zenith de San Petersburgo, que este año arrasó en la Copa UEFA– no puede ser señalado como favorito al título. Pero bien que lo lamentamos los amantes del buen futbol.
España. Por fin se liberó del yugo itálico y con todo merecimiento está en semifinales. Aunque no logró romper el catenaccio –único argumento de una squadra azzurra que ningún honor ha hecho a su título mundial–, Casillas superó a Buffon y los cañoneros hispanos a la artillería italiana en la serie de desempate que hizo falta para desatar el nudo de un 0–0 con más suspenso que juego durante los 120 minutos reglamentarios. De ninguna manera merecía ganar Italia, que no sólo usó una alineación de emergencia por las forzadas ausencias de Pirlo y Gattuso, sino que se automutiló voluntariamente a la ofensiva al prescindir de Del Piero, que ni siquiera fue utilizado como recambio con vistas a los penales. En cuanto a La Roja, su desempeño, de más a menos a lo largo del certamen, deja ciertas dudas en cuanto tiene que atacar por obligación y no a la contra, que es lo que mejor resultado le ha dado. Ayer en Viena su reforzado medio campo –Senna, Xavi, Iniesta, Silva y luego Fábregas, gente toda con buen toque– manejó el partido pero no se mostró especialmente creativo. Ni la dupla ofensiva Torres–Villa tan peligrosa como se suponía. Para el jueves tiene a su favor la goleada a los rusos en la primera ronda, aunque sería un error pensar que en la semifinal va a encontrar las mismas facilidades por parte del equipo de Hiddink.
Nuevo modelo administrativo. El draft volvió a celebrarse –con sus brindis frente al mar, pactos de caballeros y ninguneo sistemático del jugador–, y los dirigentes del Puebla volvieron de él satisfechos y orondos. En Cancún la pesca les había sido propicia. O al menos eso afirman. Pruebas fehacientes son los contratos de Cesáreo Victorino (descendió con el Veracruz), Richard Núñez y Luis Fabiano (de nulo rendimiento en América y Necaxa, que por algo los dieron de baja), Omar Briseño, Paulo Serafín, Manuel López (¿?) y Rafael Puente Jr. (retirado de las canchas tras el Clausura 2003). Garra y esfuerzo promete Sánchez Solá, aun sin Melvin Brown, Hiber Ruiz ni el Ruso Zamogilny, eje y sostén del equipo hasta el torneo anterior. Se hizo cuanto el presupuesto permitió, consuela Henaine a los más decepcionados. Por cierto, el 13 de julio trotará por el Cuauhtémoc el Atlético de Madrid del Vasco Aguirre (sin “Kun” Agüero, su estrella). Y el chistecito va a costarle dos millones de dólares a la depauperada directiva franjada.
Dios nos agarre confesados.