Les juro que no me mueve ningún sentimiento misógino, tampoco algún resentimiento basado en una experiencia anterior; todo lo contrario, siento un gran respeto y admiración por aquellas mujeres que sin depender de los hombres sacan adelante a sus familias. Expreso públicamente mi reconocimiento por las maestras, por las científicas, por las trabajadoras de cualquier actividad que acuden diariamente a sus trabajos y a la par que los varones y en muchas ocasiones, mejor que nosotros, enfrentan responsablemente los retos laborales, producen, toman decisiones y manejan su vida.
Sin embargo, también debo admitir que me resulta verdaderamente difícil enfrentar la peculiar lógica de un sector de mujeres –clasemedieras en su gran mayoría– que caen en la categoría que he inventado de “finas damitas” y que está compuesta por algunas señoras jóvenes y otras vejanconas que habitan en un mundo muy particular que creen el único y, por añadidura, “normal” como ellas mismas afirman. He tratado el tema en diversas ocasiones, pero este asunto está lejos de agotarse y nunca será suficiente volver al mismo para señalar a estas personajas que encontramos a la vuelta de la esquina.
El mundo de las “finas damitas” es un mundo acusadamente virtual, construido a partir de una serie de fragmentos de realidades diversas, como colcha de retazos; mezcladas con ideas hechas con cartabones rígidos cuya materia (frágil y rígida al mismo tiempo, como papa frita) está basada en fantasías telenovelescas, en fórmulas ordinarias, en lugares comunes, en convenciones sociales, en la imitación grotesca de sociedades desarrolladas y en el reconocimiento de la sapiencia infinita y liderazgo de los locutores de televisión.
Esta forma se suele denominar como “lógica femenina”, pero no estoy de acuerdo con esto, porque no afecta a todas las mujeres sino a aquellas que crecen en hogares marcadamente tradicionales; se trata del ejercicio de roles sociales rigurosos que se cultivan y que alcanzan a todos los hijos por igual; es decir, son formas de relación provenientes de generaciones anteriores que se reproducen sin cambio, ad infinítum, como si estuvieran siempre vigentes.
Las expresiones siguientes dan cuenta de estos roles discriminatorios que engendran mujeres atadas a los prejuicios y también a “finas damitas”: “El hombre es de la calle y la mujer de su casa”. Andele m’ija sírvale a su hermano que para eso es usted mujercita. “Con el marido se produce la segunda educación de la mujer”. “La esposa es la primera, la que vale, las otras son solo aventuras”. “Las nenas no deben decir groserías”. “Las señoras con las señoras y señores con señores”. “Atrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer”, etcétera.
Las niñas deben jugar con muñecas para reforzar su rol y con ello prepararlas para la sublime maternidad. Los prejuicios están tan arraigados en esos sectores de la sociedad que no hay la menor solidaridad entre las propias mujeres que no vacilan en condenar las conductas distintas, las que se apartan de la norma, de algunas de ellas. Esta vieja se le fue metiendo a fulanito, es una rompehogares, y mírala... ’ora ya se siente la señora. Si la culpa es de nosotras.
En compensación, la mujer no debe cargar objetos pesados, debe tener preferencia en los asientos de los lugares públicos; se espera sea remilgada y afectada, hacer voz tipluda; se acepta sin reparos que haga graciosos mohines para resolver así situaciones incómodas, se considera natural el llanto como recurso para eludir conductas de responsabilidad; el arreglo personal y el uso de afeites es condición importante de la feminidad, etcétera.
A las “finas damitas” corresponde un sector importante de la población masculina que denominaríamos “los triunfadores”, los “chil...pocles” en contraposición con los “mandilones” o “perdedores”. Así, el triunfo es concebido como el éxito económico o intelectual o político; en cualquier caso como la trascendencia y el reconocimiento sociales y las mil y un zarandajas materiales y espirituales que lo acompañan.
Si usted está o se haya en relación circunstancial con una “fina damita” haga acopio de paciencia y huya cuanto antes de las discusiones y razonamientos bizantinos, ensaye una sonrisa de condescendencia y nunca, pero nunca intente llegar a un acuerdo que se base en la lógica. Si, por el contrario, se trata de una relación permanente... le mando un abrazo solidario.