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Jueves, 19 de junio de 2008
La Jornada de Oriente - Tlaxcala -
 
 

 OPINIÓN 

Que le hagan el antidoping

 
Yassir Zárate Méndez

(La triple “D”: deporte, drogas y dinero)

Desde hace un buen rato el deporte se ha convertido en un negocio que genera ganancias alucinantes. La danza de los millones de dólares, euros o libras esterlinas ha pervertido el espíritu de esta actividad. Lejos están los tiempos románticos del “competir por competir”. Ahora se trata de ganar, de conseguir la victoria a como dé lugar, sin importar si se debe recurrir a trampas como el dopaje. Los miles de millones que están en juego justifican lo que sea.

Para muestra un ejemplo: la facturación global en la temporada 2006–2007, que acabó en junio del año pasado, de los 20 clubes de fútbol más ricos del mundo, sumó 3 mil 700 millones de euros, siendo la cifra de crecimiento más alta desde la temporada 2002–2003, y un 11 por ciento más en relación al periodo 2005–2006. Ni más ni menos. Basta con ver los partidos de la Eurocopa para comprobar lo dicho. Aunque aquí hablamos de deporte elevado a la categoría de arte.

Prácticamente ningún deporte se salva del pecado de las drogas. Fútbol, béisbol, ciclismo, halterofilia, fútbol americano, tenis, boxeo, atletismo. Lo que ustedes quieran. Si hubiera competencias internacionales para trompo o balero que movieran millones de dólares, seguramente también habría niños metiéndose alguna droga para quedar en primer lugar.

Pero qué se le va a hacer. El deporte se ha convertido en una de las formas más rápidas para alcanzar la celebridad, la fama y toda la plata que se quiera. En nuestra sociedad mediática, vale más ser un David Beckham de resplandeciente sonrisa, cuerpo atlético, imagen saludable y casado con una anoréxica mujer talla cero que cualquier hijo de nadie.

En materia de drogas para atletas, perdimos la virginidad en los Juegos Olímpicos de Seúl 88. Un tipo de nombre Ben Johnson había pasado de ser un negro flaco con ciertas posibilidades competitivas, a un auténtico Robocop de carne y hueso, que pulverizó el récord mundial de los 100 metros planos. Pasó de ser el Homo Magris al Homo Steroidus.

Ben Johnson nos abrió los ojos a punta de esteroides. En sólo cuatro años se labró un cuerpo musculoso, materializando el sueño de cualquier escultor griego clásico o de aquellos artistas soviéticos que esculpían hombres irreales e inverosímiles de tan macizos, con venas saltarinas que están a punto de estallar.

Nada de pesas ni de dietas. Sus comidas eran auténticos cocteles químicos para obtener masa muscular, elasticidad y resistencia. Así se veía aquel atleta canadiense, que en la carrera final tuvo la soberbia de voltear a ver a sus contrincantes, principalmente a Carl Lewis, el llamado Hijo del viento, cuando estaba a punto de llegar a la meta, siendo que la competencia dura menos de 10 segundos.

Pero el gusto le duró menos de 10 segundos. En cuando le aplicaron el examen antidoping, la cruda verdad salió a flote. Estaba tan dopado como un punk en medio de un concierto de los Ramones. Por supuesto que le quitaron la medalla de oro que con tan malas mañas había conseguido.

Otro atleta famoso que también ha tenido que dejar sus medallas al comprobársele el uso de sustancias prohibidas ha sido el corredor estadunidense Justin Gatlin, que impuso el récord de los 100 metros, al parar el reloj en 9 segundos con 77 centésimas. Algo así como un relámpago sobre la pista de tartán.

Una más fue su compatriota Marion Jones, que recientemente admitió el uso de esteroides para mejorar su rendimiento. Por su culpa, todas sus compañeras en los equipos de relevos de 4x100 y 4x400 perdieron sus medallas olímpicas, obtenidas en Sydney 2000.

En los últimos años, el Tour de France se ha convertido en el centro de todas las miradas morbosas. Ahora las apuestas no giran en torno a quién se va a coronar en los Campos Elíseos, sino en saber a cuántos ciclistas van a pescar en la movida. Ni siquiera el invencible Lance Amstrong escapó a la sombra de la duda. Sin embargo, nadie ha podido probarle nada. Pero otros ciclistas no han tenido tan buena suerte. Floyd Landis, ganador en el año 2006, fue descalificado cuando se descubrió que una prueba de orina dio un alto porcentaje de testosterona. Y no fue porque anduviera en celo, sino porque se inyectó la hormona para mejorar su rendimiento.

Otro caso explosivo está ocurriendo en el béisbol de los Estados Unidos. Los más importantes bateadores están en la mira de una comisión investigadora del Congreso. El máximo jonronero de todos los tiempos es Barry Bonds, pero en más de una ocasión ha estado en el ojo del huracán, siempre bajo la sospecha de haberse inyectado algo que le permita dar tantos batazos en la bahía de San Francisco. Tal vez algún día acabe pidiendo limosna en Sacramento Street.

El beisbolista Mark McGwire tampoco pasaría la prueba de las fotografías estilo “antes” y “después”.

Y así me podría seguir, con más casos. Pero vale la pena reflexionar sobre los motivos que empujan a los deportistas a emplear sustancias prohibidas.

Insisto en la idea de los círculos viciosos para explicar el endemoniado triángulo amoroso de deporte, drogas y dinero. La terrible triple “D”. Otro punto a favor del dopaje es que, según varios expertos, el uso de sustancias prohibidas le lleva al menos unos 10 años de ventaja a las técnicas de antidoping.

Sustancias como la EPO a veces son imposibles de descubrir. La EPO, o eritropoyetina, es una hormona muy popular entre los deportistas tramposos. Facilita el aumento de eritrocitos en la sangre, consiguiendo con ello que los músculos dispongan de más oxígeno para el mantenimiento de la intensidad en los esfuerzos durante un mayor período de tiempo, logrando el retraso de la aparición de la fatiga.

 
 
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