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Jueves, 19 de junio de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 OPINIÓN  

Yo quiero que haya mundo. 50 años... ¿solamente?*

 

Portada del libro Yo quiero que haya mundo. Elena Garro, 50 años de dramaturgia, de Patricia Rosas Lopátegui / Fotorreproducción: Abraham Paredes
Felipe Galván

Elena Garro es una hechicera. Con esta definición arranca Víctor Hugo Rascón Banda el núcleo del prólogo en la edición pensada, convocada, potenciada y ejecutada por Patricia Rosas Lopátegui para el corpus de 653 páginas puntillosamente aglomeradas en 42 líneas de alrededor de 100 golpes en letra Times New Roman de 10 puntos. Con esta magnitud de obra prioritariamente ensayística sobre la producción literaria de la poblana–igualtecacapitalina y ciudadana del mundo, por supuesto que le da la razón a nuestro actual presidente de escritores mexicanos.

Elena hechizó a Patricia Rosas Lopátegui como hechizó a los estudiosos de su narrativa, su dramaturgia, su poesía, su memoria, su periodismo, su vida y su leyenda; como hechizó a sus intérpretes y a sus creadores propositivos. Sin embargo, hablar de la autora como hechicera y quedarnos ahí es ver la superficie por entre la posibilidad de cala oculta y resguardada por el olvido, el desinterés o el cuasi delincuente academicismo que la escondió por décadas. Al presente trabajo editorial que sellan la editorial Porrúa y la Universidad Autónoma de Puebla le ha tocado ser un grito contenido durante muchos años, un estudio omitido en décima de quinquenios, un concentrado que viene a omitir un silencio ominoso de medio siglo.

¿Quién es Elena Garro? Cuando esta pregunta me fue formulada en 1998 por una periodista local un día después de su fallecimiento contesté: es la mayor escritora nacida en este territorio desde los tiempos de Juana de Asbaje. Así se publicó y no faltaron los críticos mordaces que comentaron sobre lo escandaloso de Galván. Tenían razón en lo escandaloso que suelo ser, a veces, pero no en las implicaciones sobre nuestra Elena. Hoy, a 10 años de haberlo externado, lo veo impreso y firmado por René Avilés Fabila en el libro que nos ocupa esta tarde. En estos 10 años lo he repetido varias veces con mi querida maestra Maite Colchero y ella, que es bastante más cauta que yo, sonríe con un gesto alegre que interpreto como ¡sí! Pero lo dices tú. Creo que académicamente el tiempo va dando la razón a la escandalosa afirmación del 98 en el siglo pasado.

Elena Garro hechiza, pero no por ser una maga, una bruja, una chamana o manejadora de artes metafísicas; su capacidad de hechizar la da su inventiva, su ficcionalidad, su contundente imaginación al desarrollar sus planteamientos dramatúrgicos y narrativos, principal pero no exclusivamente. Es ahí, en su obra, donde brota la maestría, la seducción, la elevación del espíritu del receptor que accede a la propositividad literaria de la autora; más, mucho más allá de lo que la leyenda negra o las leyendas negras que empantanan el acercamiento al corpus de su creación.

¿Por qué hablar de la esposa de Paz y elucubrar alrededor de una relación abortada después de años cómplices y tormentosos? ¿Por qué discernir alrededor de una vida señalada, perseguida y empobrecida? ¿Por qué llorar por una mujer que vivió el exilio en la casi miseria? Por supuesto que son factores interesantes para la creación de la leyenda, de la heroína, de la otredad en una propuesta narrativa o dramática; es válido. Pero para fines de análisis de la obra sólo será la obra misma la que debe hablar y en esto se debe centrar el estudio alrededor de la autora que provoca esa hipótesis de trabajo de ser la más grande en nuestro territorio desde sor Juana. Con esto hay para trabajar décadas y seguramente siglos.

Los señalamientos sobre su vida llevan a señalamientos automáticamente asumidos alrededor de la obra que alejan del rigor e impiden la profundización en cala. Hace algunos años en Lylle, Francia, durante un panel sobre teatro del 68, escuchamos a un investigador calificar la obra dramática póstuma de la Garro, Sócrates y los gatos, como una obra reaccionaria por los ataques implícitos al Partido Comunista. Mi reacción incluso fue grosera pues mandé al investigador a leer las Memorias de España, haciéndole hincapié en la descripción solidaria de trotskistas y anarquistas perseguidos por los comunistas españoles. Elena Garro, le dije, está no sólo en retardataria contraposición a los comunistas sino, por el contrario, parece ubicarse en una izquierda más allá del comunismo ortodoxo que reclama los calificativos de arte reaccionario, entre otros.

De momento me vino muy bien para zanjar la discusión sobre el supuesto reaccionarismo de Elena en esa obra, e incluso me permitió afinar el artículo sobre ideología en el teatro del 68 mexicano, ¿pero realmente estaba Elena Garro más a la izquierda del PCM? Interesante cuestión para la provocación creativa alrededor de la Garro, pero ociosa cuestión para el análisis de su obra. A nadie se le ocurrió analizar la influencia de la mano perdida en Lepanto sobre la génesis de don Alonso Quijano, pero muchos quieren ver la obra de Elena Garro desde la perspectiva de mujer o ex mujer de Paz o aliada política de Carlos Madrazo o perseguida por la pobreza, el priismo y el comunismo mexicano.

Yo quiero que haya mundo. Elena Garro, 50 años de dramaturgia abre el espectro sobre la obra de Elena con planteamientos de toda la ocurrencia amigable, curiosa, solidaria, analítica estructural, interpretación poética, política o de naturaleza múltiple que viene a subsanar el gran vacío alrededor de una de las obras de mayor envergadura en la literatura mexicana del siglo XX. Hay que agradecerle a Rosas Lopátegui el señalamiento de cualquier línea de trabajo que se quiera abordar y profundizar sobre la autora; a partir de la edición será ésta la referencia obligada y plataforma de innumerables trabajos por venir.

La aportación poblana es contundente no sólo por la coedición firmada por la universidad pública de la entidad y apoyada por el municipio recién superado cronológicamente. Héctor Azar, María Teresa Colchero, Olivia Hernández, Ana María del Gesso, Aída Gambetta, Diana Hernández, Araceli Toledo, Ligia Rivera, Tanya González, Sara del Valle, María del Carmen Santibáñez, Blanca Estela Santibáñez, Mario Calderón y Rosa María Farfán acompañan a la originalmente poblana Elena Garro en la antología de Patricia Rosas Lopátegui. Esto no es casual porque, si bien Elena es un personaje de la cultura de habla hispana, bastaría con Un hogar sólido para corroborar lo anterior de quien hemos hipotetizado que es la más grande desde Juana de Asbaje. Nadie podrá refutarnos que es la mayor escritora de la historia de Puebla, y esto no es hipótesis, es axioma. Por supuesto que en , donde la autora tiene su nicho original, biológicamente hablando, tuvo, tiene y tendrá su centro de interés de investigación primigenio. Las Jornadas latinoamericanas de investigación teatral organizadas en Puebla por la Universidad de Tennessee y Espacio 1900 de Manuel Reigadas, ahora apoyado por la comunidad cultural y académica local, desde principios de los 90 del siglo XX inició en su primera versión precisamente con un homenaje, reflejado en trabajos de investigación, a Elena Garro. Ahora Patricia Rosa Lopátegui fuerza con su entrega, su amor y dedicación a nuestra autora a que profundicemos cotidianamente en la tarea de conocer más a Elena, estudiar más a la Garro, reflexionar más sobre la obra de nuestro autor mayor, trabajar más sobre el trascendente corpus heredado.

¿Qué podemos hacer en Puebla alrededor de la obra de Elena? Apunto algunas posibilidades.

Se ha mencionado que Pedro Páramo marca el inicio del bien o mal llamado realismo mágico, lo cual se traduce como que éste tiene padre y su apelativo es Juan Rulfo, podemos decir en esa misma dirección que Un hogar sólido es el inicio dramatúrgico en la misma línea, esto quiere decir entonces que también tiene madre, y se llama Elena Garro. A partir de la anterior observación, cabría establecer relaciones, semejanzas, interculturalidades, coincidencias y contradicciones estilísticas entre una y otra obra.

Los recuerdos del porvenir nos transporta a la cristiada y su control en el hipotético poblado de Ixtepec, que muchos decodificadores ubicamos en la Iguala guerrerense; durante los 20 tardíos la tropa llega a tomar la población relacionándose con las pobladoras principalmente. El lado de las relaciones humanas en el marco de una guerra absurda y poco estudiada, porque el discurso hegemónico priista lo impidió durante años. Novelas diversas como Los cristeros, de De Anda, permanecieron en el ostracismo por definición del poder. Los recuerdos del porvenir pasan sin censura, y aunque es cierto que su recepción pareció ser limitada y lenta, también es obvio que tiene características que la diferenciaron de otros corpus que abordaron una temática coincidente. Tampoco son aún los 80, cuando Chao Eberguenyi publica De los altos primero y Matar al manco después, que vuelan de las librerías, entre otras cosas, sospechas aparte, por abordar una temática hasta entonces “prohibida”. De esto surgen varias preguntas, entre éstas: ¿cómo es que 20 años atrás la novela de Garro no sufrió ningún contratiempo? ¿Qué diferencias existen entre el corpus de Los recuerdos... y novelas anteriores (o posteriores) sobre la misma temática?

Finalmente, un comentario: hace algunos años editamos el primer tomo del Catálogo de la obra de Emilio Carballido, un trabajo enorme de Socorro Merlín por lo cuantitativamente contundente que fue la producción de nuestro clásico dramaturgo recién fallecido. Patricia Rosas Lopátegui apunta en su arduo trabajo el catálogo de la obra de Elena Garro; está su narrativa, su dramaturgia, su memoria, su poesía, su periodismo. Es la primera y a la mano tarea que claramente podemos, debemos y tenemos que abordar. Con lo de esta edición, lo ubicado en los archivos de Escenología, del CITRU, de la UNAM, de Puebla, de Tennessee, de la Universidad de Guadalajara y de entrevistas directas ya nos estamos dando a la tarea de construir el catálogo de la obra de Elena Garro, un catálogo necesario para el acercamiento básico a nuestra gran autora de la postrimerías del siglo XX pero que, sin lugar a dudas, crecerá cada vez más como lo ha hecho en los diez que lleva de ausente, pese a los innumerables “Salieris” que tanta sombra le hicieron en vida y a los cuales ya no les quedan pasillos palaciegos, páginas de diarios o chismes boca a oído, sino lo único que las postrimerías pueden escuchar: la solidez artística de las obras. Y en eso la poblana–igualteca–chilanga ciudadana del mundo lleva bastante buen ritmo, algo de lo que nos informamos por obviedad gracias a Rosas Lopátegui.

*Texto leído por Felipe Galván ayer, durante la presentación del libro Yo quiero que haya mundo. Elena Garro, 50 años de dramaturgia, de Patricia Rosas Lopátegui, editado por la Universidad Autónoma de Puebla y editorial Porrúa.

 

 
 
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