Una vez pasada la euforia provocada por la transición democrática –el paso de los gobiernos dictatoriales encabezados por militares a regímenes basados en la democracia representativa–, en América Latina comenzó un periodo de lucha contra el neoliberalismo y su democracia de mercado que ya tiene su historia con distintas fases que van desde la resistencia inicial hasta la construcción de alternativas políticas de ruptura y, recientemente, el comienzo de la contraofensiva de la derecha.
La resistencia de los zapatistas, de los “sin tierra”, la lucha de los intelectuales contra el pensamiento único y los postulados del Consenso de Washington, los foros sociales mundiales, que desde 2001 convocan a la construcción de “otro mundo posible”, o las marchas de Seatle y Cancún contra la Organización Mundial de Comercio, fueron forjando un poderoso movimiento popular que pasó de la resistencia a la ofensiva que resquebrajó la hegemonía neoliberal construida desde Pinochet y Videla y consolidada por los Cardoso, los Menem, Fujimori, Carlos Andrés Pérez y Carlos Salinas.
El primer hecho que mostró que la de la resistencia se pasaba a la ofensiva, fue el triunfo electoral Hugo Chávez en 1998; más tarde la victoria de Lula en 2002 dio mayor impulso a la ofensiva electoral del movimiento popular; el triunfo de Kirchner en 2003 mostró que sí era posible derrotar a los aparatos políticos e ideológicos del neoliberalismo y los resabios de una larga y sangrienta dictadura; Tabaré Vázquez triunfa en Uruguay en 2004; Daniel Ortega en 2006 en Nicaragua y recientemente, en Paraguay, la victoria de Fernando Lugo mostró que sigue en ascenso el impulso popular frente al neoliberalismo. Todos estos triunfos, conviene recordarlo, se produjeron como alternativa a las propuestas de gobiernos ortodoxamente neoliberales.
Particularmente los triunfos electorales de Evo Morales (2005) y de Rafael Correa (2006) en países con abundante población indígena, así como el lanzamiento de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), la creación del Banco del Sur y la adhesión de Venezuela y Bolivia al Mercosur, dieron contornos más amplios y un eje de lucha a los gobiernos que enfrentados al neoliberalismo comenzaron a construir modelos de ruptura sustentados en la integración regional sin Estados Unidos y el rescate de los recursos naturales así como el uso de la renta proveniente de ellos para reforzar las transformaciones económicas, políticas y sociales orientadas a la construcción de una sociedad distinta a la neoliberal.
Por su parte, los grupos neoliberales y socialdemócratas que se adhirieron a él pasaron de la derrota política, ideológica y electoral a la ofensiva, utilizando los aparatos económicos y mediáticos que aún conservan como expresión de su poder.
Esta contraofensiva asume formas distintas según el país donde se lleve a cabo pero tiene como directriz la crítica a la presencia del Estado en la actividad económica y a sus acciones de rescate de la soberanía nacional en la explotación de los recursos naturales o haciendo énfasis en la corrupción, siempre centrada en el gobierno y nunca en el sector privado; de la misma manea, en donde pueden provocan el desabasto y promueven la autonomía de los gobiernos regionales destruyendo la unidad nacional y defienden la “libertad de expresión” como privilegio de los monopolios mediáticos que siguen sus campañas de odio y calumnias contra el movimiento popular, sus dirigentes y los gobiernos que emanan de ellos.
Por supuesto, la ofensiva neoliberal se sustenta también en la oposición a cualquier intento de reforma agraria, a los cambios constitucionales que traten de abrir cauces más anchos a la democracia y, por supuesto, se oponen a las nacionalizaciones pues prefieren siempre a la inversión privada, “aunque sea nacional” dirán resignados, a cualquier forma de participación estatal.
Esos son, en general, los ejes de las acciones de la derecha que se sustentan en la complacencia ante al capitalismo al que consideran esencialmente desigual y que no es posible cambiarlo, por lo que resulta una ilusión de la izquierda pretender la distribución de la riqueza, el ingreso y el poder. En consecuencia, concluyen, es mejor dejar las cosas como están sólo tratando de que la desigualdad no llegue a extremos que ponga en riesgo la estabilidad que requiere la acumulación de capital.
Enemiga de la distribución, la derecha parte de la vieja tesis de los economistas neoclásicos: lo fundamental es crecer antes que distribuir. Esta es, sostienen que el desarrollo es solo crecimiento ya que si se distribuye la riqueza actual quienes la concentraban pierden –y con ellos la sociedad– capacidad de ahorro y sin ahorro no hay inversión y, en consecuencia, no se generan empleos. Esto, sencillamente, significa que para que haya ahorro, inversión empleo y desarrollo, es preciso empobrecer a la mayoría para que la minoría ahorre e invierta. Además, para eso se necesita estabilidad o que cambie lo necesario para que todo siga igual.