Aromas, colores y suaves texturas se perciben en La Mireya, considerada la primera perfumería en Puebla, fundada desde 1923 por Manuel Amezcua Calleja. Ahí, entre frascos, brebajes, cremas, jabones y otros elixires, Lilliana Amezcua, heredera de este legado que, a través de sus humos fragantes nos remiten al pasado, habla de su interés por preservar uno de los oficios más antiguos de la humanidad.
Orgullosamente, comenta que no llegó a la perfumería por casualidad, pues esta labor proviene desde su bisabuelo, propietario de la farmacia La salud, que tras un siglo de fundación todavía sigue activa en Azuayo, Michoacán.
Entre los diversos apuntes y dibujos de mi abuelo Manuel, explica, hallé la técnica para fabricar jabones, perfumes y pomadas, manuscritos donde obtuve la información de qué hacer, pero sin la ayuda de mi padre no hubiese podido con el cómo hacerlo.
En efecto, reconoce, “mi papá Raúl, como lo hiciera su papá con él, paciente y meticuloso me enseñó la hechura del jabón. Él enriqueció el producto ideado por mi abuelo con su inigualable aporte de perfumista”; mientras que su contribución, como tercera generación, fue rediseñar la imagen y el aspecto del empaque.
Desde hace tres lustros, Lilliana rescata, además de las formulas y recetas, el mobiliario original de su abuelo, desde las viejas balanzas, batidoras, hasta los moldes donde se elaboran los ungüentos de manera artesanal. Desde entonces, este arduo trabajo que lo realiza de domingo a domingo, “es por amor a mi familia, pues yo no soy química, más bien soy alquimista cercana a la plástica, pues estudié Artes Gráficas en la Universidad de las Américas Puebla, lo que me obligó dejar a un lado la pintura por emprender este sueño”
Cuando decidió encarar el negocio, descubrió que únicamente estaba produciendo unas 100 formulas, que representa tal vez el 10 por ciento del legado que dejó su abuelo. No obstante, aclara que su intención no es modernizar las formulas ni hacer franquicias y menos hacerse rica con la elaboración de los productos, pues quiere hacer bien las cosas: “No doy precios altos, no me importan los grandes envases ni las etiquetas, doy una botellita normal y te garantizo que lo que lleva dentro es de calidad, como La Mireya lo viene haciendo desde hace 85 años”.
Del nombre de la perfumería, detalla que alude a un poema de Federico Mistral y quiere decir la más bella de la Provenza viéndose al espejo.
Paralelamente, los productos de La Mireya se exponen desde hace cuatro años en el barrio de Analco, donde ha tenido un acercamiento mayor con el público. “Personas que conocieron a mi familia llegan a mí para pedirme algunos productos, como sucedió con una señora que me trajo un saco que guardaba desde hace 30 años, tras la muerte de su esposo, que todavía olía a la fragancia que mi abuelo le compuso, aroma que indiscutiblemente le remitía a sus más íntimos recuerdos”.
Cuando la gente pasa frente a su puesto, relata, “trato de que todos se lleven una prueba de mis cremas, de los perfumes, para transmitirles esa sensación conmovedora. También me ha tocado escuchar a personas que, al olfatear el producto, dice: ‘Así olía mi mamá, así olía mi abuelita’”.
Por otro lado, la artista plástica destaca la importancia de aprender los oficios de los abuelos, que permiten conservar los conocimientos “que nos enriquecen y mejoran nuestra calidad de vida, pues los productos de antes no llevaban tantos químicos como los de ahora, que ocasionan graves estragos a la salud”.
Al respecto, esperanzada menciona “espero que mi hijo Filippo continúe con la tradición y sea la quinta generación que no deje morir este sueño”. Sin embargo, reconoce el indudable apoyo que ha tenido del señor Francisco Sánchez, el Tata, quien trabajó con su abuelo y padre. “Es el último que me apoya cuando me atoro con alguna fórmula”, comenta entre risas.
Finalmente, asevera que la calidad es su mejor carta de recomendación, pues la promoción de los artículos ha sido por radio bemba, de quienes han sido clientes de La Mireya (2 Sur 309, Centro Histórico), por varios años. “Mi éxito se basa unicamente en la honestidad, en decirle a la gente la verdad, que una crema no es mágica, ni te hace más joven ni te adelgaza”.