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Lunes, 2 de junio de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Alfonso Reyes, el gran “gozador” de la cultura mexicana, afirmó Raquel Tibol

“Alfonso Reyes decía que los museos deberían ser bonitos, tenían que confundirse con la misma vida, es decir, hacer un reciento mágico de las pasiones humanas, donde los visitantes puedan descubrir y ser participes de todo aquello que sucedió en épocas pasadas”, rememoró la escritora, investigadora y crítica de arte Raquel Tibol durante la conferencia de dictó en el edifico Carolino de la UAP.

 
Yadira Llaven
Puebla, Pue.

Directa y polémica, la promotora del arte y la cultura mexicana Raquel Rabinovich de Rosen, “Raquel Tibol” (Argentina, 1923), a sus 85 años, es una mujer respetada por sus amplios conocimientos del quehacer artístico y cultural, pero sobre todo porque ha sido testigo de las más importantes etapas históricas, sociales y políticas de nuestro país.

Referencia ineludible en la historia del arte mexicano, Tibol impartió cátedra durante más de una hora sobre la vida y obra del escritor, filósofo y diplomático mexicano Alfonso Reyes como parte de las actividades de la Feria Nacional del Libro que organiza anualmente la casa de estudios.

Previamente a la plática, los organizadores cambiaron de última hora la sede de la conferencia sin motivo alguno; primeramente habían citado para el Paraninfo y terminó efectuándose en el salón de Proyecciones del edifico Carolino de la UAP.

Antes de las 17 horas, la merecedora de la Medalla de Oro de Bellas Artes, que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes, era esperada por un séquito de hombres y mujeres de letras, entre ellos Alejandro Palma, director de la Facultad de Filosofía y Letras, el escritor Ricardo Cartas y Dalia Monroy, la ex titular del Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla (IMACP), además de académicos universitarios.

No obstante, la doctora Tibol llegó con casi 50 minutos de retraso, tiempo que permitió que los asistentes llenaran el recinto.

Frente al público se colocó una amplia mesa y sólo una silla; ahí, la investigadora leyó perfectamente, con una voz clarísima que no daba cuenta del paso de los años en su persona, ante más de 50 asistentes de diversas generaciones.

En la mesa estuvo sola, aunque inicialmente los organizadores tenían previsto que la pintora Dalia Monroy leyera un texto de introducción; sin embargo, Tibol llegó directo a lo que iba: a hablar de la vida y obra de uno de los personajes más influyentes en la literatura, que creó un cacicazgo en las letras mexicanas durante las primeras décadas del siglo XX, pues era Alfonso Reyes quien decidía en ese tiempo quién sí y quién no era merecedor de ser reconocido por su trabajo.

 

La casa de Reyes se convirtio en museo

Fuente original de la investigación de la vida de muchos artistas, como Frida Kahlo y Diego Rivera, la crítica de arte nacida en Argentina, pero naturalizada mexicana en 1961, presentó un panorama, un pequeño esbozo acerca del arte universal y mexicano en la obra de Alfonso Reyes, a quien llamó: “El gran gozador de la cultura mexicana”.

De voz firme y lucidez absoluta, Tibol narró que la vida de este personaje estuvo colmada de una gran riqueza artística, “demostrada a través de las pinturas, fotografías y muebles que atesoraba, además de sus artículos y libros, los que sin duda enriquecen el arte universal”.

La escritora recordó que a finales de 1980 fue invitada a coordinar los trabajos para convertir en museo la casa de Alfonso Reyes, de lo que refirió: “Pensé que me enfrentaba a un imposible, porque a la capilla Alfonsina le habían quitado todos los santos, es decir, los libros, colecciones, catálogos, pinturas, todo lo vivido por Alfonso Reyes”.

Dijo que al momento de aceptar el reto que le propusieron, se dio a la tarea de hacer un inventario de todo lo que había, trabajo minucioso que comparó con abrir una caja de Pandora.

La museógrafa señaló que fueron cerca de 300 piezas las catalogadas, entre ellas pinturas, grabados y fotografías de un alto valor artístico que provenían del siglo XIX, así como documentos familiares, públicos, diplomas, condecoraciones, vestimentas ceremoniales que habían usado tanto Alfonso Reyes como su padre, el general Bernardo Reyes, y su madre, Aurelia Ochoa, además de restos de una vajilla de porcelana inglesa con el nombre estampado en oro de doña Aurelia, y muchos artículos.

Raquel Tibol relató que su trabajo se basó en optimizar los espacios sin modificar la estructura de la casa, que se basaba en el gran recinto de la biblioteca “parecida a un gran barco”, y seis habitaciones pequeñas, cuatro en la planta alta y dos en el primer nivel.

“La única alteración arquitectónica que se hizo –continuó– fue clausurar el garaje abierto para convertirlo en sala de introducción, en tanto que en las amplias vitrinas adheridas a los muros se fue resumiendo con testimonios originales de muy diversa índole, la familia, estudios y la vida pública de Alfonso”.

Citó que el escritor y diplomático decía: “Los museos deberían ser bonitos, tenían que confundirse con la misma vida, es decir, hacer un reciento mágico de las pasiones humanas, donde los visitantes puedan descubrir y ser participes de todo aquello que sucedió en épocas pasadas”.

Por otro lado, Tibol comentó que Reyes era muy conocido en el exterior, pues publicaba más de tres veces sus artículos en diversos países, que le redituaba importantes recursos económicos. Asimismo, destacó su gran amistad con Diego Rivera y la primera esposa del pintor, la rusa Angelina Beloff, de quien conservó varios bocetos.

“Fue un espectador altamente calificado, no sólo por su amplísima cultura visual, sino también por su gran capacidad. Aunque muchas veces dijo que no creía en la crítica de arte, se enorgullecía de sus ojos”.

“Para Reyes el arte de ver era la operación intelectual más alta de los sentidos; por ello decía que era necesario que a las personas se les enseñara a ver arte desde temprana edad para que le ayudara a formar el carácter”.

Asimismo, el pensador comentaba que el don del arte como el del amor, es otro de los dones de la vida. Por eso, creía en el instinto del artista, que no debe estar exento de oficio, pues decía que “a ellos no les bajan las ganas de vez en cuando como a las mujeres lo suyo”.

También repudió la obligada y burócrata exaltación de los retratos o pinturas de los gobernantes en turno.

Y, finalmente, Tibol enumeró una lista de afirmaciones teóricas de Alfonso Reyes sobre el arte, destacando, “el pintor ve con los dedos tanto o igual que con los ojos”.

 

Su legado

A los 21 años de edad publicó su primer libro Cuestiones estéticas, que la valió el aplauso de varios críticos europeos. En 1913 su padre participa en el golpe de estado en contra del presidente Francisco I. Madero y muere en el primer día de combarte, en pleno zócalo de la ciudad de México, Alfonso Reyes escribiría uno de sus mejores poemas a la memoria de esa tarde. Sin embargo, este hecho lo orilló a exiliarse en España, desde 1914 hasta 1924.

Allá, fue colaborador de la Revista de Filología Española, de la Revista de Occidente y de la Revue Hispanique. Son notables sus trabajos sobre literatura española, clásica antigua y estética. De su obra poética, que revela un profundo conocimiento de los recursos formales, destaca Ifigenia cruel, Pausa, 5 casi sonetos y Cantata en la tumba.

Dejó asimismo una valiosa obra como traductor (Sterne, G. K. Chesterton, Antón Chéjov), como editor (Ruiz de Alarcón, Poema del Cid, Lope de Vega, Gracián, Arcipreste de Hita, Quevedo), y en los artículos periodísticos aparecidos en su propio correo literario: Monterrey, publicado a partir de 1930.

Una vez asentados los vientos de la revolución, la fama de Reyes en Europa llega a México y el gobierno lo incorpora al servicio diplomático hasta la década de los 40.

En 1945 obtuvo el Premio Nacional de Literatura en México. En 1958 es nombrado Doctor honoris causa por la Universidad La Sorbona de Francia, y en ese mismo año también por la Universidad de Berkeley, en California.

Alfonso Reyes es un caso singular de la literatura del siglo XX, en él no se encuentra ningún rasgo neurótico ni tampoco algún síntoma del “malestar en la cultura”, típico de los escritores que le fueron contemporáneos; en cambio su obra es equilibrada y jovial a la vez que profunda e inteligentemente erudita.

 
 
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