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Viernes, 30 de mayo de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 OPINIÓN 

Tiempos de un dios lejano, de Marcos Martínez R.

 
Amelia Domínguez

En México la historia con mayúscula la han escrito los historiadores allegados al régimen en turno. Como un ejemplo de ello, recuerdo que hace apenas unos años –en el periodo de Ernesto Zedillo– se borró prácticamene de los libros de texto la revuelta estudiantil de 1968, o en algunos casos apenas se le dedicaron dos renglones para cumplir con el requisito.

Así, hemos visto cómo se crearon héroes y heroínas al gusto y a los intereses de “los de arriba”, minimizando o maximizando a contentillo los rasgos, datos y comportamientos de los personajes para el consumo popular.

Sin embargo, y al margen de esta historia oficial, subsiste la microhistoria o historia regional, que va construyendo la otra narrativa nacional, mostrándonos otra perspectiva, otra visión, otros hechos que no fueron incluidos en la gran epopeya nacional, pero que tuvieron igual o mayor trascendencia. No es propiamente la visión de los vencidos de la que han hablado algunos historiadores, sino de los sobrevivientes de las luchas tanto armadas como cotidianas a las que se enfrentaron aquellos que buscaron darse y darnos un país mejor.

Es en este marco en el que se inscribe el libro que ahora nos convoca: Tiempos de un dios lejano, de Marcos Martínez R., es el testimonio oral del padre del autor, transcrito por éste en un lenguaje literario. Se trata de un líder agrarista de Acatlán de Osorio, en la Mixteca poblana, metido a revolucionario, no tanto por convicción, sino por hambre, motivo que orilló a muchos otros a adherirse a una causa que en un principio no comprendieron, en los albores del siglo XX.

Ahora que se preparan los festejos del primer centenario de la Revolución Mexicana y el bicentenario de la Independencia, cobra relevancia este libro, que nos narra en un lenguaje coloquial y de un tremendo realismo, pasajes poco conocidos de la gesta revolucionaria en una de las regiones indígenas a las que casi 100 años después poco le han llegado los beneficios del desarrollo económico y social que posibilitó ese movimiento.

El testimonio de don Juan Martínez nos describe, en un relato ágil y ameno, las condiciones de semiesclavitud que existían en las haciendas en donde trabajaban por igual padres e hijos pequeños, en jornadas de 15 horas diarias de 4 de la mañana a 7 de la noche, por un salario miserable o por la pura comida. Cito: “Al llegar el día de raya, muchos no alcanzaban nada, al contrario, quedaban debiendo y al paso del tiempo sólo trabajaban para pagar lo que se habían malcomido...” y que “bastaba con que el asalariado mostrara un poco de inconformidad para que el capataz lo matara ahí mismo como un perro para escarmiento de los demás”.

Estas condiciones de servidumbre que se mantenían en otras regiones del país fueron las que hicieron estallar el descontento en varios estados, encabezados por líderes agrarios, como Emiliano Zapata en Morelos que al levantarse con el lema de “Tierra y Libertad”, ganó para su causa muchos adeptos, entre ellos la de nuestro personaje, quien se adhirió a los zapatistas a la edad de 17 años y se mantuvo en el movimiento hasta la muerte del caudillo.

Contrario a lo que sucede en la historia oficial, en Tiempos de un dios lejano se muestra a los protagonistas con sus flaquezas humanas, con temores, equivocaciones, ignorancia..., en una palabra a los antihéroes, quienes con gran sinceridad –como sucede en El llano en llamas,de Juan Rulfo–, reconocen sin ambages sus fallas, cito: “ A lo largo de ese año tuvimos tres combates más o menos importantes, pero en todos fuimos los perdedores, será que ya para esas fechas la gente ya estaba cansada de ir de un lado para otro sin ninguna recompensa...” (página 81)

Por otra parte, en Tiempos de un dios lejano se vislumbra un gran apego a las raíces, al terruño que le da sustento a la familia, a las creencias y la cultura ancestral. Dice el personaje: “Me pusieron Juan por el día que nací, me bautizaron como dios manda, pero desde el primer día, el brujo llegó a la casa y esa misma noche, a la luz de la luna consultó el oráculo en la tierra y predijo mi porvenir. Mis padres al igual que todos los de su tiempo y de más atrás, se apegaban a la iglesia tanto como a sus ídolos; para ellos los dos iban de la mano, sólo que la primera se hacía públicamente, lo otro era en secreto...

En otro párrafo revela: “Puedo asegurarles que hasta la fecha, mucha gente de por acá tiene sus tayocos –representaciones de deidades prehispánicas–, que con poder dado por el brujo mayor, hace que las siembras se den más, que haya abundancia en la casa y en la salud... Yo todavía conservo el que me dejara mi padre, sólo que hay que atenderlo, hay qué adorarlo porque si no, las virtudes se convierten en la contraria”.

Tuvieron que pasar muchos años para que se vislumbraran en esa región de la Mixteca poblana los cambios impulsados por Zapata, Madero, Villa, Carranza, entre otros personajes de la historia nacional. Según el narrador, fue el general Lázaro Cárdenas quien concretó el reparto de tierras con la creación del ejido, que garantizó a los campesinos una parcela para obtener el sustento, que no otra era la demanda de los pobres en el campo, una tierra de la que apuradamente le extraen unos cuartillos de maíz para irla pasando.

Lo dice textualmente: “El general Lázaro Cárdenas nos entregaría la tierra personalmente en noviembre de 1935, junto con un trapiche que nos había regalado y como ya dije nosotros trajimos de Córdoba...” Recuerda que Cárdenas aceptó la recepción que le hicieron él y sus compañeros y compartió con ellos y su gabinete la comida que de manera sencilla y sentados en el suelo, le ofrecieron y remata con una frase en la que muestra el profundo agradecimiento y admiración por quien fuera el mejor presidente de la República: “Por primera vez nos sentimos importantes y por primera vez también sentimos que éramos seres humanos”.

Es pues este libro, Tiempos de un dios lejano, una reivindicación del pueblo mixteco que a pesar de estar “convencida de que era una raza inferior”, supo resistir y salir adelante de los embates de la explotación y el sometimiento a que lo tuvieron sujeto los grandes hacendados en la época de la revolución mexicana.

 
 
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