Olía a ruda. Traía en la mano una ramita. La jugaba con los dedos. La apretaba y estrujaba, impregnándonos de su olor. Se sentó junto a mí. Y las demás bancas, cuatro en total, estaban vacías. Mi amiga, con la que platicaba, estaba de pie.
“Yo estuve muerta”, dijo a quemarropa. Nos congeló con sus palabras. “Estuve muerta un mes. Tuve muerte cerebral”, afirmó. Volteamos a verla directamente a los ojos. Pensamos que era broma. Una artimaña para llamar la atención. Queríamos ver algún signo de falsedad en su moreno rostro. No lo había. Nos miramos entre nosotras.
El día estaba nublado. Prometía llover a cántaros. El viento soplaba fuerte. El pasillo de la entrada del panteón se sentía helado. No había gente. Sólo los trabajadores ocupados en sus labores. Ningún testigo más. Sólo mi amiga y yo. La recién llegada vestía de negro: pantalón, blusa, zapatos y suéter.
–¿Sabe usted a qué hora se va a enterrar a un muchacho que murió de cáncer? –preguntó al aire.
–No, aquí ya no hay ningún servicio hasta mañana –respondí.
–¿Este es el único panteón dentro de la ciudad? –reviró.
–Están el Municipal en la 11, y el Francés, junto. Quizás allá vaya a ser el servicio, comenté, invitándola a que se fuera para allá.
–Por algo estoy aquí. Cuando pasé en el camión por la 11, sentí que el muerto me esperaba. Yo ya vi la muerte del otro lado. No tiene rostro. No es como la pintan. No es una calavera. Es una luz brillante y blanca con la silueta de un rostro tapado con un manto blanco. Lee tus pensamientos. Tus intenciones. Es mental. Del otro lado no hay nada. Somos siluetas. Somos luz sin saber dónde ni para qué estamos. No nos reunimos con nadie. No tenemos familia ni conocidos. No hay dios. Dios está en esta vida. Allá no hay premios ni castigos. Y todos somos iguales.
Nos quedamos calladas mi amiga y yo. No podíamos ignorarla, y mucho menos su aroma. Hablaba asertivamente. Y fuerte. Con voz clara. Sin disparates. Estaba en su papel de haber visto la muerte. De haber estado del otro lado. Lo decía con tanta seguridad... se colocó la rama de ruda sobre la oreja. Le pregunté:
–¿Y cómo regresaste a este lado?
–Con mucho esfuerzo y voluntad de vivir, respondió. Fíjate, no sentía yo ni el aire que pasaba por mi cuerpo. No sentía yo nada ni me podía mover. Así estuve un mes.
–¿Hace cuánto tiempo te pasó?
–Hace dos años.
–No tienes secuelas. Puedes mover muy bien tus manos, tus dedos, tu rostro. Tu lengua. Hablas bien.
–Y me vine caminando desde la nueve.
–Fíjate, caminas bastante para haber estado inmóvil.
–¿En qué mes naciste? –preguntó al cambiar el tema.
–En abril –respondí.
–¿Día?
–25.
–Eres Tauro. Fuerte. Noble. Yo también soy Tauro. Pero soy rencorosa. Somos bipolares (me chingó).
–¿Tú crees?
–Yo sí. Cuando venía regresando del otro lado, un ser maligno y yo chocamos y los dos nos metimos a mi cuerpo. Yo puedo ser buena, como tú, pero también puedo ser mala. La buena soy yo, la de antes. El malo es el otro, el de ahora. No lo puedo evitar.
–¿Te das cuenta de cuando haces el mal?
–Sí, y lo disfruto. Tú –le dijo a mi amiga–, tú ahorita tienes un sufrimiento (coincidió. Antes que ella llegara, platicábamos que su madre se había puesto grave).
–¿Ah sí. Y cómo sabes? reviró mi amiga.
–Desde que regresé del otro lado, eso me pasa. Siento a la gente de una manera muy clara. Sé lo que siente y lo que más me duele es la ingratitud. Si hasta mi hijo me dice que soy bruja,
–¿Cuántos hijos tienes?
–Dos.
–¿Y marido?
–Sí, sí tengo.
Nuestras miradas se encontraron. Ella, gozosa. Relató algunas experiencias más de clarividencia y de su regreso del “otro lado”. Sonreía. Reía. Sus dientes chuecos y salidos, parecían la dentadura de un esqueleto. Su olor a ruda iba y venía con el aire. Me pregunté internamente: “¿Ésta, qué? Y así como llegó, se fue. Con el viento y olor a ruda.
Nos quedamos desconcertadas. Pero le vimos lo agradable: su versión del otro lado y de la muerte. Si es como los pinta, es consolador. Quizá sea un consuelo entre locas.