A cuatro décadas de distancia del movimiento estudiantil–popular de 1968, que lo mismo ocurrió en América Latina que en la Europa capitalista y en la socialista con la misma intensidad que en Estados Unidos, hay quienes sólo ven en él desgracias o piden que se olvide ese año.
Hay que recordar las declaraciones de Díaz Ordaz para darse cuenta lo que para la derecha significó el 68. Pero no terminan ahí las cosas. Hace unas semanas Nicolás Sarkosy, el presidente de Francia, afirmó que el 68 sólo trajo males: “Piensen en cualquier aspecto negativo de nuestra sociedad hoy; si quieres saber donde surgió, vayan al 68” y quizá tenga razón. Sarkosy no ha llegado a comprender que en los años 60, ni siquiera en Francia, un hombre divorciado y con hijos con tres mujeres jamás hubiera podido llegar a ocupar el Eliseo. El 68 se lo permitió y, tal vez, los franceses hoy lamenten que personajes tan reaccionarios como frívolos lleguen a gobernar.
Otros, como el alemán Daniel Cohn–Bendit, Dany “El Rojo”, uno de los dirigentes históricos del movimiento en Francia que reclamaba “seamos realistas, exijamos lo imposible”, hoy anuncia sin rubor pantalones Hugo Boss, cinturones Hermenegildo Zegna y sandalias Etro y ha emprendido una cruzada para “olvidar el 68” admitiendo que es imposible organizar una sociedad con principios como “prohibido prohibir” que cuestionaba el autoritarismo y el orden social existente, fundamentos del movimiento en todo el mundo.
En México ocurre algo similar. Algunos de sus protagonistas preferirían que el 68 no hubiera ocurrido. En cambio, otros lo reivindican como parte de la historia de las luchas sociales que los mexicanos han emprendido en la búsqueda de un país distinto. Si esto es así, el 68 se inserta en la tradición de las luchas latinoamericanas por su emancipación política, económica y cultural.
Pero ¿cómo escribir del 68 sin caer en la trampa de la nostalgia apologética y menos en el denuesto díazordacista que quiso verlo sólo como una mera conjura comunista para justificar, así, su locura represiva? La mejor manera es reconocer que el movimiento no fue en luna, es decir, se produjo en un momento histórico determinado que influyó en lo que entonces pensaban los jóvenes, lo que querían combatir y lo que sentían que valía la pena cambiar para transformar al mundo que los rechazaba y al que rechazaban.
Sin duda se debe reconocer también, que en la vida de aquella generación ese año fue un momento increíble y excitante en alto grado. En ese momento los jóvenes adquirieron la certeza de que la historia no era, o no podía seguir siendo, una imposición inevitable sino que se podía influir en ella, que se podían cambiar muchas cosas y que se podía tomar el futuro entre las manos para modelarlo.
Por otra parte, desde una interpretación economicista, las condiciones prevalecientes hacían difícil prever que apareciera un movimiento social encabezado por los estudiantes, a los que se les consideraba como uno de los sectores privilegiados por los gobiernos de la Revolución, pues quienes en ese momento asistían a la universidad pública representaban menos del dos por ciento de la población total en edad de cursar estudios superiores. Además de ello, la economía crecía a un ritmo tan elevado que se hablaba del “Milagro mexicano” y de la modernización de la sociedad. Pero si el proceso de acumulación transcurría como podía transcurrir en un país dependiente, en lo político el régimen “emanado de la Revolución” se había desgastado y mostraba frecuentemente su vocación represiva. En efecto, una larga secuela de agresiones al movimiento social caracterizaba al ejercicio del poder: los almazanistas en 1940; luego los mineros de Nueva Rosita; los cooperativistas de la industria del vestido militar, los henriquistas; los telegrafistas, los petroleros, los maestros de la Sección IX de SNTE, los ferrocarrileros en 1959; diversos grupos guerrilleros, Rubén Jaramillo y los médicos en 1965, sufrieron la represión de un régimen cada vez más autoritario, nada sensible a las demandas democráticas de los trabajadores de la ciudad y el campo e incapaz de ofrecer respuesta a los problemas que planteaba el ejercicio real de la democracia.
En realidad la democracia era inexistente, la izquierda era tenazmente perseguida; al Partido Comunista Mexicano se le impedía acceder a la legalidad y sus militantes eran perseguidos y asesinados sin que nada detuviera la represión en su contra. La derecha, representada por el PAN, era marginal, se le otorgaban algunos diputados para dar al régimen la apariencia de legalidad y legitimidad. Los votos no se contaban se asignaban. En fin, la democracia era un gesto y sus practicantes meros gesticuladores, mientras los comunistas y otras fuerzas democráticas se movían en la ilegalidad no deseada, luchando por abrir espacios a la vida política lo que muchas veces les costó a sus militantes la libertad cuando no la vida.
En ese ambiente antidemocrático, asfixiante y represivo se movía la juventud, en particular la que más lo resentía era aquella que asistía a la universidad, que si bien sabía que ser universitario le daba cierta ventaja sobre los demás jóvenes para ascender en la escala social –en ese momento así se concebía todavía a la universidad—, era también el sector que buscaba con mayor afán formas de expresión distintas a las que ofrecían el poder y la burguesía.
El pensamiento único –que en ese momento se expresaba identificando al gobierno como representante de los intereses de la Nación, lo que significaba que “oponerse al gobierno era oponerse a la Revolución”–, ya no atraía a los jóvenes quienes aprendían que un mundo distinto era posible, lo veían en los vietnamitas que defendían heroicamente a su nación contra la invasión imperialista; en las luchas guerrilleras de América Latina que encabezaba el Che Guevara quien dejó encendida la llama de la transformación revolucionaria de Latinoamérica; lo veían también en las luchas que encabezaron Othón Salazar, al frente de la Sección IX del SNTE; Demetrio Vallejo y Valentín Campa que lucharon incansablemente por la emancipación proletaria y en la firmeza de David Alfaro Siqueiros y Filomeno Mata, presos políticos que desde el penal de Lecumberri alentaban la lucha de la izquierda anticapitalista.
En ese ambiente de expansión y modernización económica pero políticamente represivo y cerrado, los jóvenes adquirieron la conciencia de que podían tomar su vida en sus manos. Querían que las decisiones sobre la forma en que debían vivir no las tomara alguien más que no fueran ellos mismos. No se trataba de una visión individualista, sino una que mezclaba lo individual y lo colectivo, que defendía el derecho de las personas pero también el de la sociedad a decidir por sí misma su futuro. Y, entonces, tomaron las calles, porque la calle es de todos.