La de 2008 será una Feria corta, y sin embargo, los tres festejos celebrados hasta el viernes dan jugo de sobra para el análisis. Del faenón de Castella a la explosión de Karla de los Ángeles. De la incipiente clase de José Mauricio a los cuatro naturales que soñó o nos hizo soñar Melina Parra enmedio de su verdor. Del rotundo influjo sobre las masas de Rafael Ortega y su porra al reconcentrado torerismo de El Zapata. Del pobre trapío del ganado a la pérdida de la ilusión en las posibilidades reales de la actual ganadería brava mexicana. E incluso del arribo a la fiesta de prepotentes guaruras y pasodobles reproducidos a volúmenes más propios de antro discotequero, bajo el zafio criterio de que la música ambiental fue inventada para ensordecer parroquianos y robarles las ganas de conversar.
Carisma sin sazonar. A José Mauricio le tocó un lote soñado de Montecristo y el muchacho lo toreó con singular gallardía, tan fácil de muñecas como fino de estilo. Otra cosa es que hubiese aprovechado la fijeza y transmisión de “Coquetón” y “Cominito”, muy terciados ambos aunque mejor armado el segundo, que fue siempre a más y traía las orejas prendidas con alfileres. Sin gran arte al veroniquear, iluminó la tarde del 5 con variados quites –chicuelinas, tafalleras, caleserinas– y cuajó un par de inicios de faena de escándalo por lo estatuarios, originales y bien ligados. Luego toreó en redondo con acople desigual, periférico unas veces, extraordinario de ritmo y temple en la primera tanda de naturales al sexto, encimándose luego sin necesidad y perdiéndose al final en rodillazos y alardes intrascendentes. No aprovechó a cabalidad la clase de sus astados y su uso de los aceros es casi una ruleta rusa, pero paseó tres orejas –mal otorgadas, pues en todo caso fue más toro “Cominito” y más faena la que desigualmente le cinceló que la premiada con los dos primeros trofeos. Y suyas han sido en esta feria algunas de las estampas más bellamente logradas. No sólo apunta estilo, sino también personalidad. Tendrían que darle toros los empresarios (¿otra hipótesis ficticia?), pues no son éstas cualidades que pululen a la vuelta de cada esquina.
Torera de verdad. Karla de los Ángeles cumplía este sábado 10 diecinueve añitos. La noche antes, al presentarse en El Relicario, toreó como si trajera la experiencia de 50 novilladas prendida al fajín. Y el ansia de gloria de las legiones de Julio César. Sin perderse de vista con el capote, mostró desde el principio una cabeza lidiadora de primer orden. Y valor para dar y prestar. Es decir, para entender, aguantar y desengañar al peligroso y probón “Aniversario”, berrendo en castaño que anduvo de caballo en caballo tomando refilonazos y llegó incierto y geniudo al tercio mortal. Muy decidida y plantada desde el principio, y levantándose encastada de un par de inevitables volteretas, Karla terminó por dominar al manso y conquistar al público a base de aguante y muleta baja antes de volcarse en fulminante estocada. Oreja ganada por aclamación. Dos más le cortaría a “Siete Mares”, bicho sin malicia pero sosote y con la cara siempre arriba. Es difícil emocionar así. Mas no para Karla, que le encontró pronto la distancia y obró el milagro de ligarle una faena basada otra vez en el aguante y el temple, con especial saboreo de los pases de pecho, los dormidos trincherazos y cambios de mano y variados adornos de plástica ejecución. Y sin recurrir a adesplantes de gusto dudoso, dueña de la situación y de su propia, alegre, torerísima sobriedad. Otro estoconazo y, con la plaza en ebullición, dos apéndices indiscutibles.
No diré más. Pero creo que el tiempo será el mejor aliado de una joven que disfruta visiblemente toreando porque piensa, siente y ejecuta el toreo con el arte y la decisión de las mejores promesas novilleriles de cualquier época.
Travesuras del duende. Esa misma noche, una Elizabeth Moreno desmotivada y pasada de peso dejó ir el mejor novillo de Vicencio –que envió un encierro muy desigual–, y hasta terminó robándose una vuelta al ruedo bastante ratonera. Melina Parra, en cambio, salió a arrimarse y, sin mucha idea de cómos y porqués, dio muestras aisladas pero deslumbrantes de esa forma especial de la sensibilidad que los gitanos llaman duende. En su caso, un temple innato, graduado con la juncal cintura y deletreado con muleta a rastras en los redondos, o alargado con majeza y arte en ceñidos pases de pecho zurdos. No dio muchos así –más merecía el noble sexto, “Matacuervos”–, no estructuró faena alguna y su incierta espada apuntó siempre a los bajos, pero tiene tanta gracia y tan decidida valentía que le dieron la oreja de “Bien Amado”, un eral huidizo que terminó repitiendo, aunque sosamente. La clave de su futuro estará en verle la cara al novillotoro con la frecuencia necesaria. De nuevo, los empresarios tienen aquí la palabra.
Ortega y El Zapata. A reserva de su mano a mano de ayer en Apizaco –esta nota fue escrita antes de saberse el resultado–, representan dos estilos contrapuestos. Los dos saben torear, poseen largo repertorio y les pueden sobradamente a los astados, pero mientras en Ortega el éxito se asienta en su conocido muestrario de concesiones a la galería –orejas y rabo el día 5 del muy propicio “Lebrijano”, cuarto de Montecristo, pues al complicado primero no lo quiso ni ver–, Uriel Moreno mantiene su estricto compromiso con lo auténtico, aunque eso lo obligue a exponer lo que expuso ante el incierto y resabiado “Rastrojero”, un berrendo que seguramente ha sido el más toro de la feria y uno de los más difíciles, y al que le cortó una oreja ganada a base de paciencia, valor consciente y poderío muleteril. Faena de gran fondo que, en plana tarde del 5 de mayo, a muchos les pasó de noche.
Mal fario. JT fue herido en Jerez y de milagro puede contarlo, pues el pitón del de Núñez del Cuvillo pasó entre la yugular y la carótida. Joselito Adame canceló Nimes y la confirmación en Madrid, víctima de extraña enfermedad hepática. Y Mario Aguilar, la gran esperanza novilleril de México en España, con una clavícula rota, tiene para varios meses de recuperación. Y es que mientras el toro o el novillo lo sean de verdad, el toreo seguirá siendo un arte al filo de la muerte.