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Viernes, 9 de mayo de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 TUS TUNAS  

“Radar”

 

“Melt Banana, una agrupación japonesa de rock que ha logrado algo así como la abstracción del rock”
 Madela Bada

El Festival de la ciudad de México fue una buenísima oferta de actos culturales y para todos los gustos. Hubo desde obras didácticas para los niños hasta el regreso del teatro terapéutico –para sus seguidores– de Jodorowski; también  `estuvo la puesta en escena de una obra islandesa en la que participó Gael García Bernal para el deleite de los seguidores del famoso y lindo actor que consumen la revista Quien. Para todos hubo algo bueno y de calidad.

Se presentaron obras de artistas consagrados –como la exposición de la Gráfica de Francisco Toledo– y el flamenco de Morente, que además de dar un concierto tradicional en el Teatro de la Ciudad se presentó en la Plaza de Santo Domingo con la banda de rock pesado La Lagartija Nick con el disco Omega. “Radar” es el espacio de exploración sonora del festival y en él se mostró el arte de la música de mayor vanguardia –alternativa– que se esta generando en este momento. 

El festival se vuelve cada vez más sólido, consistente e interesante gracias a una cuidadosa curaduría. En el pasado también se lucieron con espectaculares conciertos, por ejemplo Fantomas en el Salón México, pero año con año el conjunto de actos que organiza el gobierno de la ciudad de México es de mayor nivel. “Radar” es un espacio musical para deleitarse porque se trata de una fiesta de música que no depende de una sola actuación estelar apoyada de un montón de actos secundarios o de actos de relleno. Todo el festival –enterito– se ha convertido con el tiempo en una joya. Aquí les van algunos ejemplos: en el Laboratorio de Arte se presenta hasta el 22 de junio la exposición de arte sonoro Soni(c)lound dónde se puede apreciar la obra sonora y espacial –inspirada en Oaxaca– del compositor italiano Walter Marchetti; hay que acudir y dejarse aturdir por las impresiones de la obra Anthro/Socio de Bruce Nauman; o participar en la orquestación de una tala de árboles: el rugir del motor de la sierra eléctrica o el sonido de un alto árbol cayendo contra el piso, sonidos que se producen al presionar sensores en la parte superior de troncos mutilados, es una obra impactante.

En la gran mayoría de los casos los actos del Festival de la ciudad de México fueron gratuitos o por un pago mínimo y a precios muy decentes. Si consideramos que Osesa y Ticketmaster pueden cobrar hasta miles de pesos por un boleto para algún concierto, en el festival pudimos asistir al hermoso Lunario del Auditorio Nacional a escuchar a la vanguardia del rock por 250 varitos y eso parece casi un sueño. En ese foro perfecto se presentaron el 18 de abril el trío gringo de música noise Wolf Eyes, también el hombre– banda, Drumcorps. Wolf Eyes es de las experiencias más terroríficas que he experimentado en toda mi vida: su música esta generada con instrumentos electrónicos preparados por ellos mismos y es un estruendo infernal. Es tan fuerte que del miedo pasas a la sumisión porque quedas totalmente a merced de la música. Imagínense el sonido del monstruo Leviatán saliendo de las profundidades y detrás de ti: no queda de otra que dejarse asesinar por la música. Drumcorps es un músico con perfección técnica aunque su discurso resulta aburrido y trillado. Es un niño blanco gringo que se siente incomprendido, quizás vive  enojado probablemente por falta de amor y toca muy cabrón la guitarra con programaciones digitales muy mamonas. Al día siguiente se presentó el protegido de John Zorn, el multiinstrumentalista Jamie Saft y el baterista fenómeno Mike Pride con su proyecto Kalashnikov. La música es de jazz y eso les permiten sonidos en todos los matices estéticos que se les ocurran a los intérpretes; mediante una estructura libre de improvisación ellos juegan con riffs de guitarra del heavy metal, con ritmos rotos, con música pop, con influencias del soul y nada queda fuera de sus posibilidades musicales.

Esa noche el concierto lo cerraron los músicos más impresionantes que yo haya presenciado en vivo: Melt Banana, una agrupación japonesa de rock que ha logrado algo así como la abstracción del rock; ellos suenan como si fueran un concentrado de fruta, como si se pudiera comprimir todo el rock en una rola a la manera de Inna gadda da vida de Iron Butterfly que dura más de 17 minutos ¡pero tan sólo en unos segundos! Son músicos técnicamente insuperables; la pequeña bajista recorre su instrumento que pareciera quedarle grande con una concentración sólo posible en la meditación. El guitarrista se presenta con una máscara quirúrgica puesta sobre la nariz y boca y es como escuchar la precisión de Bruce Lee atacando a las seis cuerdas de una guitarra. Del delgado cuerpo de la vocalista se desencadena una detonación de energía que sobrecoge y entre rola y rola ella agradece al público de la forma más correcta y tierna imaginable, tal como podríamos esperarlo de las costumbres más tradicionales del Japón.

 
 
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