La referencia a pasajes bíblicos, más que por una orientación religiosa o teológica me parece particularmente interesante, en primer lugar porque este libro (la biblia) es el más vendido en nuestro país e indudablemente, en una curiosa paradoja, también es el menos leído.
Por otro lado, no deja de ser un documento que en su antigüedad refleja una buena parte de nuestra cultura, pero por otra incongruencia, abundan conceptos y percepciones que se utilizan indiscriminadamente sin conocer el significado. Tal es el caso del célebre episodio mostrado con un impresionante realismo, en una hermosa pintura de Michelangelo Merisi da Caravaggio (Milán, 29 de septiembre de 157118 de julio de 1610), que muestra el preciso instante en el que Cristo, resucitado, invita a Tomás, el apóstol que no creía en la resurrección, a que lleve su mano a la herida de su costado, ya que dudaba definitivamente de la aparición de su maestro.
Pero si usualmente se hace la referencia a “poner el dedo en la llaga” como una forma de expresar que se provoque dolor, se pueden hacer análisis que muestran una serie de sutilezas, no solamente aleccionadoras sino instructivas y edificantes. Jesús, después de la crucifixión ya no era humano sino una deidad y como tal, no podría experimentar el dolor físico como lo concebimos en vida. Sin embargo, la duda de su resurrección en uno de sus seguidores, hace referencia a una muestra clara de otro tipo de dolor: el emocional. Todos coincidimos en que el sufrimiento físico es menos aflictivo que aquella pesadumbre condicionada por una pena afectiva.
Por eso el extraordinario médico francés Charles Robert Richet (París, 25 de agosto de 1850–4 de diciembre de 1935) expresaba que desde el punto de vista médico “el dolor es una función saludable que nos obliga, por crueles advertencias, a cuidar de nuestro organismo”. Pero ocuparnos de esta sensación es complejo porque todos percibimos en una forma individual y diferente, emociones intensas que van de lo molesto, desagradable, fastidioso y repugnante, hasta lo contrario como ese dolor de merecer, el extraordinario proceso de vivir con intensidad. Sin embargo, hay dolores que definitivamente, desde el punto de vista humano, no se deben ni se pueden aceptar.
Como médico, día con día escucho una frase que sensiblemente me lesiona: “no pude llevar mi tratamiento porque no me alcanzó, para el medicamento”. En este enunciado claramente percibo el dolor emocional que es consecuencia de una incapacidad personal de enfrentar problemas de salud en los demás, bajo una limitación insensata. Y esta no es otra cosa más que la consecuencia del gobierno panista repleto de políticos ignorantes, que ponen sus dedos en imaginarias llagas de nuestro costado, como si no nos doliera.
Pero la realidad es que lejos de tocar una herida, hunden una daga que aniquila nuestras aspiraciones a vivir mejor. Insensibles, crueles, despiadados e inhumanos, la única hambre que conocen es la del poder y el dinero. Insensatos sujetos que tradicionalmente se han alejado del pueblo sin imaginar, con un mínimo atisbo de lógica, que una milésima parte de lo que se gastan en viajes absurdos, comilonas inadmisibles, negocios podridos y reuniones sin sentido, podrían salvar vidas. ¿No constituye esto un crimen hacia la humanidad? ¿No es vergonzoso que como secretario de Gobernación se haya colocado a un muchacho que, independientemente del caricaturesco rostro (que, dicho sea de paso, rivaliza con el risible semblante de Salinas de Gortari) tenga la política del país en un verdadero caos?
Se le podrán imponer al gobernador de Puebla calificativos monstruosos; sin embargo, viendo en estos momentos ya el hambre y las deplorables condiciones de salud de nuestra gente más humilde, llego a la conclusión de que a estas alturas, Felipe Calderón es, definitivamente peor.