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Miércoles, 7 de mayo de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 OPINIÓN  

Hablando de secuestros, ¿hasta cuándo liberará la televisión a nuestros niños?

 
Wulfrano Torres Pérez*

En la ciudad del futuro, que ya está siendo del presente, los teleniños, vigilados por niñeras electrónicas, consideran la calle desde alguna ventana de sus telecasas.

...Día tras día, se niega a los niños el derecho a ser niños.  Se los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera.

Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños.

        Eduardo Galeano

 

En una sociedad dominada por el mercado globalizado, regida por el dinero, los negocios a la sombra del poder, la acumulación inmoral y el consumo desenfrenado, la televisión representa el principal medio para lograr el control y el orden social. La (des)educación que este aparato impone en los niños, les enseña a ser simples consumidores (pasivos y obedientes) y futuros adultos dispuestos a renunciar o permitir que se violen sus derechos ciudadanos.

La televisión, en sí misma, puede ser un instrumento eficaz para la educación de la población, para el desarrollo de actitudes ciudadanas responsables, de valores, así como para la difusión del conocimiento y la cultura. Sin embargo, en el caso de la televisión mexicana su naturaleza es esencialmente comercial; su programación se caracteriza por una telebasura que fomenta y cultiva la estupidez, la violencia, el individualismo, la exclusión y la discriminación. A través de la manipulación, la mentira y el engaño, bombardea al espectador infantil con sofisticadas estrategias de mercadotecnia, para fomentarle la necesidad de un consumo compulsivo especialmente de productos chatarra y juguetes útiles para la violencia. Es vergonzosa la indiferencia, la falta de capacidad y de voluntad de las autoridades mexicanas para exigir que los dueños de las televisoras sean más responsables con los contenidos y la publicidad reciben cotidianamente nuestros niños. El problema se agrava ante la baja calidad del sistema educativo, que la SEP no ha podido o no ha querido resolver.  

El incremento de la teleadicción entre  los niños mexicanos va en aumento, se calcula que un niño promedio ve entre dos y tres horas de televisión diarias, tiempo que suele  triplicarse durante las vacaciones y los fines de semana, de manera que al año nuestros infantes secuestrados por la televisión, pasan más tiempo con la niñera electrónica que en la escuela o en juegos entre pares. De acuerdo con las cifras de INEGI, un niño mexicano ve en promedio 2 mil horas de televisión abierta, mientras que a la escuela sólo dedica menos de 800 horas en un año escolar. Al respecto, Alejandro Calvillo, de la organización El Poder del Consumidor, reconoció que los niños que ven en promedio dos horas de televisión observan 12 mil 775 anuncios de comida chatarra en un año, y ninguno sobre orientación nutricional (Enciso, 2007).

Sus efectos no se han hecho esperar, así los niños mexicanos ocupan el segundo lugar en el mundo con problemas de sobrepeso y obesidad. Es notoria la preferencia que los niños de la ciudad tienen por los refrescos y la comida rápida (hamburguesas, hot dogs, pizzas, sopas procesadas, etcétera) ricas en calorías, grasas, azúcares y harinas. La propia OMS condenó a la corporación Nestlé por comercialización  agresiva de una leche materna que causa la muerte de muchísimos niños (Chomsky, 2000). La empresa Kellog’s se comprometió en Estados Unidos a retirar la publicidad de los productos que no cumplían con los estándares nutricionales dirigida a menores de 12 años, lo cual también debería aplicarse en México.

Por lo que respecta a la programación infantil, es notorio el dominio de contenidos violentos. En este sentido el psicólogo estadounidense Albert Bandura de la universidad de Stanford, ha demostrado la influencia que los medios audiovisuales tienen en los procesos de aprendizaje social de los niños por medio de la  imitación. Bandura estudió la manera en que los niños construyen su identidad a partir del tipo de  modelos a los que se ven expuestos en el cine y la televisión. Sus trabajos demuestran cómo estos modelos contribuyen a que los niños se vuelvan más agresivos cuando observan conductas agresivas. Para la Academia Americana de Siquiatría de Niños y Adolescentes algunos de los efectos de la violencia televisiva en este sector de población son: “volverse inmunes al horror de la violencia; gradualmente aceptar la violencia como un modo de resolver problemas; imitar la violencia que observan en la televisión; identificarse con ciertos caracteres, ya sean víctimas o agresores”.

De acuerdo con diversos estudios, señala Villamil (2002), el nivel de violencia de la programación impacta negativamente en una audiencia a la que no le es fácil distinguir la realidad de la fantasía televisiva. En estas condiciones no debería sorprendernos que en los últimos años en nuestro país se ha incrementado el número de niños etiquetados como hiperquinéticos, con déficit de atención  y con problemas de conducta, así como un aumento significativo de violencia escolar, entre otros problemas. Nuestros niños aprenden lo que ven; con los modelos violentos que predominan en las series y caricaturas como Pókemon, los Power Rangers, Dragón Ball, etcétera y los estilos violentos de los adultos, ellos están aprendiendo a ser víctimas o autores de la violencia, a ser intolerantes y a resolver sus diferencias por la fuerza, la burla, el desprecio y la exclusión.

Es más importante preocuparnos y ocuparnos por el secuestro en que la televisión ha mantenido durante años a nuestros niños, que por el “secuestro” de los espacios legislativos; ojalá nuestros legisladores y autoridades fueran más sensibles y se decidieran a terminar con este inmoral secuestro, pero mientras eso sucede los adultos no estamos exentos de la  responsabilidad que nos corresponde en dicho problema, ¿no les parece así estimados lectores?

*Profesor de la Facultad de Psicología de la UAP

 

 
 
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