Una de las esculturas más emblemáticas del municipio de Puebla ha sido, sin duda, la representación colosal de Cristo rey colocada a 15 metros de altura en la parte más alta de la junta auxiliar de Pueblo Nuevo, cuyo nombre se le cambió por el de Romero Vargas en fechas más recientes.
Ha sido emblemática porque antes de extenderse la población y su ocupación en toda esa área, era una escultura que se le veía desde cualquier punto cercano de la ciudad de Puebla, en cambio ahora está oculta tras los anuncios luminosos, tras las casas de diferentes tipos y niveles y tras todo el conjunto de elementos urbanos insertados sin planeación ni orden alguno. Posterior a los movimientos revolucionarios, desde la primera mitad del siglo pasado, la población empezó a crecer sin media y con ello las exigencias de áreas habitacionales, de tal manera que se llegaron a formar más de 40 colonias en los alrededores de la ciudad, mismas que permanecieron en el olvido en cuanto a su estructuración, equipamiento y servicios mínimos. Pueblo Nuevo no goza de un trazo regular, pero tampoco su geografía lo permite. Es un asentamiento semiurbano con todas las connotaciones que esto implica como la falta de definición de pertenencia; eventual economía de producción de traspatio; asfaltado irregular de sus vías; edificación habitacional desordenada en formas, tipos y grado de finalización suspendida, y paulatina eliminación de la actividad agropecuaria, en cambio, una población destinada a la economía urbana de industria y consumo.
La citada escultura también ha sido emblemática porque funcionaba –como tantos otros monumentos– como marcador territorial, era el hito que indicaba la localización de esta creciente junta auxiliar en su momento, señalando una nueva población.
Finalmente también le califico de emblemático por la vinculación social y cultural que esta representación conlleva, ya que no sólo es de gran aceptación entre la población, sino que ha establecido una fuerte identificación en el sentido ideológico, local, poblacional y de distinción entre la vasta comunidad.
Ahora, después de rastrear lo que desde lejos se distinguía, se llega a un Cristo rey recién pintado de rojo, color de majestad. El autor fue Hermilio Hernández Montiel (30 de abril de 1906–11 de diciembre de 2003), quien realizó sus estudios en la antigua Academia de Bellas Artes y en 1943 ingresó como miembro activo al barrio del Artista, donde mantuvo su taller de trabajo el resto de su vida –según relata su hijo de mismo nombre y profesión. Hermilio Hernández Montiel, además, ha dejado otro Cristo en Tepanco de López, en el municipio de Tehuacán.
La representación en sí, no parece haber salido de un profesionista de la escultura, pues más bien es un “muñequito” de gran tamaño y a gran altura. Las proporciones evidentemente son erróneas, le distingue una gran cabeza, los brazos no se mueven con naturalidad, el rostro es totalmente inexpresivo y la falta de textura en su acabado, aunado a la brillantez de la pintura aplicada, le da un aspecto ñoño, relamido y falto de carácter. Se ha querido representar un Cristo de cara bonita y brillante cabellera, cuya coronilla está rodeada de una aureola repleta de focos con lo que se culmina la descripción divina. Sin embargo y a pesar de todas estas carencias en su facturación, no deja de ser el orgullo de un pueblo, que no tiene más referente escultórico que este, y que le identifica con el contenido simbólico de fondo.