La celebración de la victoria militar del 5 de mayo es uno de los tradicionales rituales patrióticos que no ha perdido el lustre y sigue recordándose en los discursos oficiales como un momento fundador de la identidad y la soberanía nacionales, conceptos que hoy se encuentran ya en el empolvado museo de la historia de los pueblos atrasados, al lado de la Independencia, las Leyes de Reforma y más recientemente la recién fallecida (por inanición y olvido) Revolución de 1910.
A pesar del tiempo transcurrido, este hecho de armas se sigue evocando como el ejemplo máximo de resistencia de un pueblo (representado por su ejército) que se reivindicó en este episodio particular, de su incapacidad de defender su territorio en la guerra de 1847, ante los yanquis (otro episodio de la ignominia nacional que ya se enterró en el olvido y quedó maquillado en los libros de texto para no reavivar ancestrales rencores frente a los inversionistas del norte que llegan como salvadores prometiendo la creación de empleos); es decir, es una victoria de la que se puede hacer alarde, con el agregado de que en esa batalla se derrotó al ejército francés de Napoleón el pequeño, que con deliberada exageración se califica como el mejor ejército del mundo en ese momento.
La batalla del 5 de mayo es un ejemplo de cómo la historia patria se trivializa y se reduce a anécdotas superficiales; a una visión en la que los protagonistas son siempre los jefes militares que con su inteligencia, su valor y su capacidad estratégica personales, prácticamente vencen por sí mismos al enemigo; el pueblo, los ciudadanos comunes y corrientes, prácticamente están ausentes, o son simples espectadores pasivos que esperan que sus caudillos les resuelvan sus problemas. Pero nunca se menciona que es la gente del pueblo la que realmente combate, la que proporciona pertrechos, alimentos, información, etc. La gente del pueblo, en las versiones oficiales, siempre está ausente de los procesos históricos.
Vale la pena preguntarse el por qué de la trivialización y reducción de los acontecimientos históricos, y la principal razón es la flagrante contradicción entre el mito histórico construido y las necesidades de justificación del presente: ¿Cómo hacer para que los enemigos de ayer, aparezcan como los amigos de hoy? ¿Cómo justificar que las banderas de las grandes causas sociales del pasado se presenten como condenables en el presente?; en definitiva ¿Cómo crear un nuevo discurso legitimador de un proyecto nacional que va en contra de todo el proceso histórico de la nación? Ante la dificultad de responder a esas preguntas, lo más normal es recurrir a la trivialización, a los rituales y discursos vacíos, a la referencia aislada de un acontecimiento que tuvo lugar en el pasado y no trasciende ya a nuestro presente.
En el caso de la batalla del 5 de mayo, pareciera que el hecho en sí no encierra mayor trascendencia que la de una batalla heroica que logró detener momentáneamente la invasión francesa que daría pie al establecimiento efímero del “segundo imperio”; sin embargo, este acontecimiento es sólo la parte anecdótica de varios procesos y actores que no siempre son visibles: un gobierno usurpador y conservador (Miguel Miramón), apoyado por el alto clero, el ejército y los criollos ricos defendiendo sus propiedades y privilegios, que no duda en hipotecar a la nación mediante préstamos millonarios solicitados a España, Francia e Inglaterra, con tal de mantenerse en el poder; un emperador venido a menos (Napoleón III), con delirios de grandeza y con fuertes intereses mancomunados al banquero suizo Jecker (nacionalizado francés en proceso sumario), dispuesto a comprometer al ejército de su país en una aventura ultramarina con tal de cobrarle (desinteresadamente, por supuesto) al gobierno liberal de Juárez, los créditos de Jecker contraídos por el gobierno conservador; y finalmente los liberales, ilustrados y ansiosos de aplicar a rajatabla la ideología liberal y el modelo federalista yanquis dispuestos también a hipotecar al país con la concesión de la apertura de un canal en el istmo de Tehuantepec con tal de expulsar al invasor europeo, creyendo ciegamente en la falacia de: “América para los americanos”.
Y en el fondo del escenario, un pueblo indiferente y escéptico, cansado de tantos golpes de Estado, de tantos gobernantes vendepatrias dispuestos a acogerse a la protección de intereses extranjeros con tal de salvar sus intereses personales o de grupo, pero finalmente inclinándose por “los menos peor”.
A 164 años de distancia, el escenario es similar: intereses capitalistas extranjeros promoviendo TLC entreguistas y moviendo sus peones infiltrados para defender sus intereses; un gobierno espurio de gerentes, tratando de entregar a sus amos (los intereses transnacionales) las riquezas de todos los mexicanos (CFE, Pemex, la producción agrícola, la seguridad social, la educación), apoyados por un clero conservador y traidor de los ideales evangélicos que no se ruborizan ante las generosas “limosnas” de gobernadores y narcotraficantes y un Ejército que en lugar de defender los intereses nacionales acepta salir a las calles para reprimir el descontento social, de ese pueblo que ya no quiere estar ausente y se atreve a oponerse al proyecto neoliberal que niega no sólo su historia pasada, sino que pretende deformarle el presente y cancelar su futuro.