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Viernes, 2 de mayo de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 ENTREPANES 

Juan el donador

 
Alejandra Fonseca

Esta historia suena a canción. No por alegre, sino por la luz que da a lo lúgubre y triste. Parecida a la de Pedro Navajas, en este caso se llama Juan el donador. Así va:

En los barrios la gente trabaja día y noche para corretear el bolillo como se dice por ahí. Las personas entran y salen de las vecindades y se sabe en qué la giran, y de dónde sacan para comer, vestir y andar.

Es gente de esfuerzo. Gente de bien que siempre busca mejorar su situación y no deja pasar la oportunidad para realizar sus sueños. Uno de ellos, Juan. Joven. Sin lana. Buenaonda. Convencido de que un día su suerte cambiaría y llegaría la fortuna, decía: “Un día voy a tener suerte y voy a tenerlo todo”.

Pasó el tiempo y Juan alimentaba su esperanza mientras seguía realizando chambitas con los cuates del barrio. “No te desesperes mi Juan, le decía el Negro, aquí, vendiendo lentes, aunque sea para comer, no falta.” Juan cargaba el maletín oscuro lleno de lente barato para el sol. Y acompañaba al Negro donde fuera, para realizarlos.

Un día cualquiera Juan leyó en el periódico un anuncio: Ganancias al instante. Sólo falta que tú quieras. Llama. Se dirigió al teléfono público y marcó.

Así, poco a poco, como si de la Providencia se tratara, la suerte de Juan empezó a cambiar. Su madre, doña Juana, humilde ama de casa de esposo golpeador, que lavaba y planchaba ajeno y daba todo por sus hijos, se inició como empresaria. Puso una tienda de abarrotes en el mismo barrió. Y empezó a crecer. Cada día veían a Juan mejor vestido, mejor calzado con coche del año, inclusive. Hay tres cosas que no se pueden ocultar en esta vida: el amor, la salud y el dinero. La gente le preguntaba a Juan con malicia: “¿Qué onda con la lana mi Juan?, y Juan respondía: “¡Ya ves, uno que se aplica! Aquí trabajando y haciendo planes”.

Un día las cosas cambiaron, así como del blanco al negro. Afuera de la tienda, arriba de la puerta de entrada, se vio un moño negro. Todo lo que antes había sido luz, alegría y risas se volvió oscuridad, pena y llanto. Doña Juana muy triste, sentada, vestida de negro, agarraba fuertemente su pañuelo blanco para secar sus lágrimas. La gente del barrio y los amigos de Juan que la conocían y querían, le preguntaron: “¿Por qué llora doña Juana? ¿Por qué el moño negro? ¿Quién murió?

Doña Juana con mirada perdida en un mar de lamentos, respondió: “¡¿Ay qué creen?! ¡Mi Juan!” Los vecinos la interpelaron: “¡¿Qué pasó doña Juanitita?! Si les estaba yendo muy bien. Tenían coche, casa propia y nueva, tienda y todo lo que Juan algún día soñó con darle a usté”.

Doña Juana refirió: “Es que mi Juan se metió en un negocio donde perdió la vida. Unas personas le dieron medio millón de pesos en total, de poco a poco en tres meses, y él firmó un documento donde iba a donar un riñón. El día que fue a la intervención quirúrgica para que le extrajeran el riñón, ya en la plancha, anestesiado, estas personas del negocio, no sólo le extrajeron un riñón, lo dejaron vaciado, sin corneas, sin riñones, sin hígado, sin médula espinal, sin nada por dentro. Lo llenaron de aserrín, lo metieron en una bolsa negra, y lo tiraron en un basurero fuera de la ciudad.”

Esta es la historia de Juan el donador que todo lo hizo por amor para darle a su madre todo lo que había alguna vez soñó.

 
 
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