La palabra hiperbárica proviene de dos términos griegos que significan “exceso de presión”. Aplicada a la medicina se refiere al procedimiento de someter un individuo a la influencia del oxígeno con presiones muy por encima de la atmosférica, buscando que este elemento supere la capacidad orgánica de captarlo, por medio de la respiración. Aunque en la actualidad es notoria la oferta de terapia hiperbárica como una opción novedosa, sus orígenes se remontan al siglo antepasado con los trabajos del fisiólogo francés Paul Bert (1833–1886), quien demostró síntomas nerviosos relacionados con la toxicidad del oxígeno a determinadas presiones, al provocar cambios en el metabolismo neuronal, alteraciones visuales, auditivas, irritabilidad, temblores y hasta convulsiones.
Hoy estos fenómenos son conocidos como el “efecto Paul Bert”. Pero ¿cómo es que en nuestros días se ofrecen tratamientos para diversas enfermedades con este procedimiento? En primer lugar es necesario comprender que la sangre, específicamente los glóbulos rojos, son los encargados del transporte de oxígeno a todo nuestro organismo, por medio de una proteína que tiene una alta afinidad en la captación de gases: la hemoglobina. Ya que el oxígeno es determinante para la vida celular, el organismo debe “garantizar” que no exista un déficit para un funcionamiento armónico.
Cualquier quebranto en el que la hemoglobina o los glóbulos rojos pierdan la capacidad de captación y transporte de oxígeno puede traer condiciones catastróficas para la vida. Situaciones particulares se generan cuando hay “hipoxia tisular”, es decir disminución franca de oxígeno en tejidos como en infecciones graves por bacterias llamadas anaerobias o en la intoxicación por gases como el monóxido de carbono. Pero hay una situación muy interesante con relación a las presiones cuando se elevan, por ejemplo en el buceo. Si una persona hace una inmersión en una forma natural, los pulmones se “colapsan” proporcionalmente a la presión sometida por efecto del agua. Al salir, esta contricción cede sin problemas. Contrariamente, un descenso con tanques, evita que los pulmones se adapten a la presión, manteniendo su expansión normal.
Imaginemos un globo que se sumerge a altas presiones en agua. Su tamaño va a disminuir pero no sucederá algo extraordinario al sacarlo, pues retomará su volumen normal; pero si dentro del agua “lo inflamos”, al salir indudablemente explotará. Lo mismo sucede a nivel pulmonar y si bien la “caja torácica” evita el estallido de este órgano, lo que sucede es que se provoca una difusión forzada de gases en la sangre al inducir principalmente una condición denominada “embolia gaseosa” y laceraciones (desgarres) pulmonares. Este fenómeno explica los necesarios asensos lentos de los buzos; pero si bruscamente suben a la superficie, deben someterse a un tratamiento en el que altas presiones eliminen gradualmente el excedente de gases en sangre. Esta es la primera indicación de las cámaras hiperbáricas, que se inventaron para que los gases de la sangre en buzos que salían rápidamente, lograran “deshacerse” gradualmente de las “burbujas” en las venas y arterias que les provocaban embolias (taponamientos). Pero la proliferación de estas cámaras llevó a un razonamiento muy lógico, pero poco razonado, lo que ha condicionado controversias médicas en cuanto a la utilidad terapéutica de este método. La lógica es que si hay enfermedades en la que sobresale la falta de oxígeno, brindarlo en altas cantidades debe representar un beneficio potencial. Pero poco se razona en el hecho de que son los glóbulos rojos las células que transportan los gases y tienen un límite de saturación. Una vez alcanzado, es necesaria la difusión en el plasma, es decir el componente sanguíneo líquido donde “nadan” todas las células que forman nuestra sangre. Aunque existen trabajos de investigación en los que se ha demostrado una eficacia relativa, sobre todo en renovación tejidos lesionados, no hay evidencias contundentes en una gran cantidad de patologías donde se propone como una verdadera panacea.
Yo me pregunto: ¿por qué la terapia hiperbárica no se encuentra planteada en el currículo de las escuelas y facultades de medicina? Lo más probable es que todo gira en relación al costo y al beneficio, ya que la infraestructura requerida para la instalación de estas cámaras es exorbitantemente cara, compleja, de beneficio relativo y obviamente inaccesible a las mayorías.
Por eso, sin que necesariamente adopte una postura nihilista, es decir de negación a estas terapias, siempre solicitaría a los médicos expertos en esta área, trabajos de investigación serios que justificasen su uso y plantear hasta qué grado, medidas naturales (como el ejercicio cotidiano y la buena alimentación) pueden superar el nivel de oxigenación óptimo que mejore alguna patología específica, en la que sobresalga la deficiencia de oxígeno.