Elfego Vázquez Piedra comentó que resulta una paradoja que una de sus piezas, un jarrón, tenga un sitio estelar en las fotografías que adornan los turibuses que desfilan por la capital poblana, y que cuando posibles compradores llegan a Izúcar de Matamoros no puedan localizarlo.
Agregó que el único presidente municipal que trató de difundir el trabajo de los artesanos fue el perredista Melitón Lozano (hoy diputado local), pues organizó exposiciones y otorgó algunos apoyos; sin embargo, no se ha concretado la instalación de una tienda en el centro de la ciudad.
El artesano manifestó que su presencia en las exposiciones nacionales e internacionales siempre es bien recibida, pero a nivel local, aún hay reticencia para aprovechar el patrimonio cultural. Incluso hay exposiciones en otros estados, y en Puebla no.
Contó que el barro policromado se ha ido ganando un lugar a pesar de que no tiene la fama de la talavera: “Nos da gusto ver que, por ejemplo, en la entrada de las instalaciones de Sicom, hay un sitio de exhibición, la pieza central es un jarrón que yo hice, y a los costados está la talavera”.
A la fecha, la vía gubernamental para comercializar sus piezas son las tiendas del Instituto de Artesanías e Industrias Populares del Estado de Puebla (IAIPEP) ubicadas en Puebla, el Distrito Federal y Tlaquepaque (Jalisco).
En parte, la carencia de una política pública municipal para el barro policromado es la desavenencia entre los artesanos. Por un lado está la familia Castillo que tiene la historia más larga y los precios más altos; por otro, jóvenes que instalaron talleres hace algunas décadas.
Quienes no pertenecen a la familia Castillo, aseguran que nadie puede ostentarse como propietario de la elaboración del barro policromado, pues hay una tradición centenaria de alfarería en la región. Aunque lo cierto es que el trabajo que ha sido más apreciado entre los expertos es el de Alfonso Castillo Orta, Premio Nacional de Ciencias y Artes 1996.
En los catálogos del IAIPEP además de las piezas de Castillo, se incluyen de Joaquín Balbuena Palacios, Tomás Hernández Báez y Elfego Vázquez Piedra (nominado hace un par de años al Premio Nacional de Ciencias y Artes).
“Yo soy artesano”
El taller Tochtli–Xiutecuhtli, de Elfego Vázquez, ubicado en el barrio de Los Reyes, está custodiado por árboles y palomas. Francisco Xavier, su hijo de cinco años recibe con una consigna: “Yo también soy artesano ¿verdad papá?”.
De inmediato ofrece sus piezas: flores, hojas y angelitos, con formas caprichosas producto de sus manos de aprendiz. Los colores son una fiesta, no hay más guía que el gusto infantil. Tras la venta de una de sus primeras creaciones corre en busca de plástico y cinta adhesiva para embalar.
Mientras completa la transacción comercial, su padre cuenta que inició con el taller hace 12 años, de los cuales, los primeros cuatro fue calificado por su familia como un loco. Ajeno a los Castillo, decidió que él podía trabajar el barro policromado y pasaron meses para que solo aprendiera los secretos del moldeado, el cocido y la pintada.
“Me dijeron que ni en sueños podía poner un taller de barro, que era muy caro y yo nunca iba a tener dinero para hacerlo. Entonces yo me dije por qué no. Me puse a experimentar. No tenía un sueldo y vivía con carencias, pero yo pensaba voy a hacer de cuenta que estoy pagando una universidad muy cara, y así me dedique a aprender yo solo”, narra rodeado de piezas multicolores.
Así nació un árbol de la vida distinto al tradicional que se hace en Izúcar. Basado en el códice Vindobonensis dio forma a un árbol (en realidad una mujer) que fue fecundado para dar origen al mundo; pieza que ha servido de cártel para algunas muestras artesanales en estados vecinos como Oaxaca.
En su taller se puede observar de todo: danzantes tecuanes con piel de jaguar, cactus adornados con animales característicos de la región mixteca, calaveras ataviadas con trajes de Frida Kahlo, tendajones que sólo quedan en la memoria, y vasijas adornadas con pasajes que aparecen en códices prehispánicos.
Los colores estallan ante la vista, y es que todas las piezas son únicas: “Aunque los chinos ya están haciendo algunos objetos que son artesanías mexicanas, en el caso del barro policromado sería muy difícil porque toda la pintura es a mano y no se siguen patrones para hacer varias piezas iguales, las figuras y los colores se ponen ‘como van saliendo’, no hay un diseño previo y rígido”.
“Por eso mi taller está aquí, fuera de lo que es la ciudad y rodeado de la naturaleza, porque eso es lo que quiero dejar en mis piezas, la riqueza cultural y natural de nuestro país”, comenta Vázquez Piedra.
“En el barro policromado trabajamos con los cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire; como lo hicieron nuestros antepasados. Por eso digo, que nadie puede decir que tiene la exclusividad de una tradición...”.