Tras leer la carta dirigida al rector de la UAP, firmada por Alí Cal-derón y referente a robos y mentiras en torno a la revista Crítica, mi primera reacción consistió en reírme, con esa risa cínica con la que, por ejemplo, muchos respondimos a las imágenes televisivas que hace poco nos mostraban a Ro-berto Madrazo tomando un atajo en la ma-ratón de Berlín. Quiero decir: supuse que se trataría de una más de las polémicas con que algunos medios intentan llamar la aten-ción o al menos llenar páginas, y que no interesan más que a 10 o 20 personas. Lue-go leí la carta de Armando Pinto que, me parecía, daba respuesta simple y clara a los señalamientos sobre la revista que dirige, y después el texto de Raúl Dorra, quien, ajeno por completo a lo que pueda estar en disputa ahora, terciaba, según yo, para apa-ciguar las cosas. Yo podía, sin duda, sentirme aludido en los ataques de Alí Cal-derón, porque desde hace dos o tres años soy, creo, el colaborador más regular de Crítica, lo que me convertiría en parte fundamental de ese “grupúsculo de escritores ajenos a la universidad” que “siempre publican” en la revista, pero pensaba, y pienso, que mientras yo no escribiera poesía o sobre poesía, mientras casi no tuviera participación en el fantástico mundo de las antologías, los jurados de premios o be-cas, los comités editoriales, Alí Calderón no podría estar refiriéndose a mí. Y más lo pensaba al recordar cuando una amiga me contó que Alí Calderón había declarado una vez en algún periódico que, entre los escritores poblanos, yo estaba entre los que “prometían”, comentario que agradezco. Sin embargo, hubo una segunda intervención de Alí Calderón en respuesta a Dorra, un escrito a mi entender muy malo, con argumentos y retórica muy parecidos a los del mejor Luis Echeverría. Me gustaría se-guir con este tono simpático; en realidad me habría gustado no participar ni con es-te ni con ningún tono, pero esa intervención, junto con algunas otras señales que asoman en el horizonte, hacen pensar que Crítica está en riesgo, que esto no se reduce a las opiniones mejor o peor o nada sustentadas de una persona y que hay más gente a quien le interesaría no una discusión más o menos seria sobre los lineamientos de la revista sino ejecutar en la sombra, o a media luz, la jugada cumbre del ajedrez. Intentaré, pues, refutar algunos de los párrafos vertidos, no con objeto de debatir con sus autores, cosa que no me interesa, sino de contribuir, junto con Dorra, junto con Sebastián Gatti, a la de-fensa razonada de Crítica.
1. No hay tal “grupúsculo intolerante que obstaculiza el desarrollo de la literatura en Puebla”. Puede haber, claro, ciertos gustos, preferencias e incluso fobias o as-cos en la gente que hace Crítica en relación con aspectos literarios, lo cual es natural en cualquier revista. Pero uno pediría prue-bas, no sólo afirmaciones cortantes que po-drían servir de predicado a cualquier otro sujeto, por ejemplo a quienes afirman tal cosa. En cambio, yo ofrezco la sencilla prue-ba de mí mismo, en tanto, repito, colaborador más habitual de los últimos años: con Julio Eutiquio Sarabia he cruzado pa-labra quizá dos veces en mi vida, y con Armando Pinto nuestra amistosa relación se limita a intercambiarnos e-mails respecto a las fechas de cierre de edición; de la revista no he obtenido nada, apenas pa-gos por colaboración esporádicos e incom-pletos, y ellos de mí, por supuesto, tampoco han obtenido ningún “beneficio”, salvo la inglesa puntualidad en la entrega de mis textos; mi última reseña se refiere a un li-bro de Frank Loveland, quien desde luego forma parte muy importante, aunque sin gritos ni manotazos, de esa abstracción lla-mada “la literatura en Puebla”. Abstrac-ción inútil de la que también formo parte yo, razón por la cual me parece exagerado, si no de plano delirante, que alguien hable en nombre suyo, y todavía más, que aluda a acciones tales como ‘obstaculizar’ o ‘dañar’ referidas a un bellísimo concepto tan etéreo como el rocío primaveral.
2. A menos, claro, que lo que se ‘obstaculice’ no sea “la literatura de Puebla” si-no las carreras literarias (o políticas o académicas o burocráticas) de algunas personas concretas. De nuevo estamos frente a un intento de confundir el ya de por sí arañado prestigio simbólico de lo artístico con el prestigio dulzón del currículum. Pero esto ni siquiera lo tengo que señalar, el pro-pio Alí Calderón lo acepta explícitamente cuando se refiere a “estos (pobres) muchachos” que por exclusiva culpa de la malvada Crítica no pueden añadir una línea a su currículum y por tanto no ganan becas. Ya que estamos en plan cursi, podríamos preguntar: ¿desde cuándo la literatura, o la creación artística, o la reflexión crítica, o aunque sea la sintaxis pasable tienen que ver con un cheque puntual? ¿No dice el lugar común que la creación literaria es un acto (no un título, no un epíteto) solitario, y no había dicho un viejo poeta que el me-jor consejo para un aspirante a escritor es que intente por todos los medios ser otra cosa? Porque a esta “mejor generación de escritores de la historia (de la UAP) “nadie le pidió que lo fuera, y menos si serlo les iba a acarrear tanta injusticia y sufrimiento. Supongo que está muy bien que Alí Calderón se preocupe por las becas a que pueden o no tener acceso algunas personas (y no “la comunidad universitaria”, no “la literatura de Puebla”), pero en tal caso parece evidente que su queja mejor podría orientarse contra las impropias o ilógicas o desconsideradas bases de las convocatorias de tales becas, o contra el Estado mis-mo, que no da un número más amplio, o contra el señor Bimbo, pongamos por ca-so, que no se decide a ser mecenas cultural.
3. La respuesta de Armando Pinto a la confusión entre revistas académicas (arbitradas, indexadas, etcétera) y revistas “cul-turales” fue tan clara y didáctica que nadie se ha tomado la molestia de reconocer el gazapo. Lo cual demuestra que no estamos aquí frente a una discusión, un diálogo, si-no frente a una acción estratégica, interesada no en la inferencia de conclusiones sólidas, sino en la consecución de un objetivo tangible. Pero podemos extendernos un poco: en esa confusión de Alí Calderón está el origen de otro enredo más: de la lis-ta de personas que, según él, no publican en Crítica por razones “todas ligadas a la actitud de los editores” sobresalen, por su trayectoria, por su trabajo, nombres como los de la doctora Raquel Gutiérrez Es-tupiñán y el doctor Francisco Ramírez San-tacruz, cuyas áreas de interés pasan por la teoría feminista, los Siglos de Oro, la no-vela española contemporánea, la literatura de José Revueltas o el análisis del discurso, y quienes no necesitan que Crítica pu-blique sus artículos porque saben muy bien que pertenecen a otro ámbito discursivo, justamente el de las revistas académicas, y que publicar una investigación sobre Ma-teo Alemán o sobre Carmen Laforet en Crí-tica sería tan impropio como publicar, di-gamos, un poema de Alí Calderón o un cuento de Gabriel Wolfson en la Nueva Revista de Filología Hispánica o, para de-jarlo más claro aun, en el Rostros. Pero ade-más a todo mundo se le olvida que la UAP publica otras revistas además de Crítica (cuyos nombres no quisiera decir ahora, no sea que se inicie una campaña en su contra), como Elementos, como Morphé, como Escritos, donde hemos leído trabajos de algunos de los profesores enlistados por Alí Calderón y de muchos más.
4. Luis Enrique Sánchez tiene razón cuando afirma: “16 años son suficientes para que un proyecto... se refrende”, en relación con el tiempo que llevan haciendo Crítica Armando Pinto y Julio Eutiquio Sarabia. Creo que no sería inútil recordar que Octavio Paz dirigió la revista Vuelta desde que se llamaba Plural e incluso –per-mítaseme el chiste– hasta después de muer-to (¡y por favor que nadie vaya a pensar que estoy comparando a Pinto con Paz, a Sarabia con Krauze o a Yara Almoina con Abel Quezada Rueda!), por no hablar de las décadas enteras en que José Bianco ayudó con el arduo trabajo de redacción a Victoria Ocampo en Sur, o la tenacidad admirable con que desde los 60 José de Jesús Sampedro ha conducido los destinos de DosFilos en Zacatecas (sin limitarse, desde luego, a publicar zacatecanos). ¿Que se trata de revistas ‘independientes’? Muy bien: pensemos en Sergio Galindo, quien ocho años estuvo a cargo de La palabra y el hombre, o mejor aun, en Jaime García Terrés, quien antes de dirigir la a mi gusto mejor época de Biblioteca de México dirigió 12 años la Revista de la Universidad de México, publicaciones institucionales las tres. Supongo que nadie dirá: “Pero fue-ron ocho años, o 12, no 16”. Lo evidente es que, aun en tales revistas dependientes de instituciones públicas, a nadie se le ha-bía ocurrido que sus directores o redactores tuvieran que “alternarse” como si se tratara de diputados, alcaldes o inspectores de aves. En suma, habrían bastado cinco u ocho años, mucho más estos 16 años, para “re-frendar” y confirmar un trabajo sólido.
5. Tampoco, por cierto, a nadie se le ha ocurrido que una publicación cultural (ni académica) de una universidad tenga que dar exclusiva cuenta de lo que se cuece en su interior. Ahí está la ya citada Revista de la Universidad, en cuyas páginas no se percibe la obligación de publicar a quienquiera que forme parte de la ‘comunidad universitaria’, a quien está empezando su trabajo literario o a quien escribe mal a juicio de los editores, y sí en cambio el in-terés de publicar a un grupo de colaboradores que pueden ser más o menos interesantes y pertenecer o no a la UNAM, pero, sin duda, afines y constantes (por eso, por entender las diferentes funciones que pueden asumir diferentes revistas, Margo Glantz fundó y dirigió hace muchos años Punto de partida, destinada, si lo queremos ver crudamente, a formar currículum incipien-tes). Lo mismo podría decirse de Casa del tiempo, revista de la UAM, o de un caso más ilustrativo, la revista Poesía y poética, auspiciada durante muchos años por la Universidad Iberoamericana del DF, y que al amparo jupiterino de Hugo Gola se con-virtió en una de las mejores revistas de poesía que ha habido en nuestro país, en gran medida por no sentirse obligada a con-graciarse con los miembros de su “co-munidad” ni con los grandes nombres de la jet set literaria. La moraleja de la historia es esta: echaron a Hugo Gola y a su peque-ño equipo de trabajo, la revista se hizo aca-démica (y desconozco si siga publicándose), Gola fundó una revista nueva, El poeta y su trabajo, y la Ibero se quedó sin una pu-blicación que, en serio y sin proponérselo, le daba verdadero “prestigio internacional”.
6. ¿Que Crítica ha rechazado numerosos textos, y que quizá lo ha hecho sin esgrimir argumentos suficientes? No me cabe duda, y ya Sebastián Gatti lo contó, me parece, de manera ejemplar. ¿Pero no es esto lo que ocurre en todas las revistas y suplementos? Desde la Revista Moderna hasta Confabulario, pasando por numerosas publicaciones institucionales, las re-vistas han valido la pena porque las hace un grupo pequeño (o incluso una sola persona, como Jorge Cuesta y Examen), ca-sado con una idea, con una manía, y sí, con una lista de rechazos y de intolerancias (supongo que nadie se cree, por ejemplo, que el ubicuo Carlos Monsiváis, presente en el 98 por ciento de los consejos editoriales de las publicaciones mexicanas, en verdad asiste a cada reunión para leer decenas de manuscritos y meditar un parsimonioso dictamen). En todo caso, en es-te alegato ‘democratizador’ en contra de Crítica no se toma en cuenta, por ejemplo, que en el diseño de sus páginas se evita la verticalidad y que, así, un autor novato apa-rece sin distinción junto a uno consagrado (cualidades, las de novato y consagrado, que la revista se niega a reproducir al no incluir fatigosas fichas que refieran las grandes hazañas de cada colaborador), o que, justamente, lo que no existe en Crítica es la sumisión a los grandes grupos editoriales, a los mitos huecos del “reconocimiento” o a las dictatoriales fantasías de la “paridad”, como si de casa de bolsa se tratara.
7. Alguien afirmó que este “es un asunto que le atañe únicamente a los universitarios”. Tan no tiene razón que también el poeta Mario Bojórquez pudo participar de la ‘discusión’. Y sin embargo, yo quiero valerme de esa aseveración para señalar desde dónde escribo esto: no desde mi ca-lidad de colaborador habitual de Crítica, mucho menos desde el deseo de enemistarme con nadie, sino desde mi condición de universitario (atributo que, imagino, no es exclusivo de quienes estudian o trabajan en la Autónoma de Puebla): la condición que me gusta atribuirme por haber colaborado en otras revistas de la UAP, por haber producido durante casi un año un programa en Radio UAP y, ahí mismo, ha-ber participado dos o tres años en “Mo-vimiento perpetuo”, por haber sido alumno de numerosos egresados o profesores de la UAP, por haber publicado un libro en la Dirección General de Fomento Edi-torial, y porque mi padre fue director de la entonces llamada Escuela de Ciencias Quí-micas, de 1968 a 1971, época en la que conoció a mi madre –bendita la erótica de la cátedra– quien, casi desde ese momento hasta ahora, pasa la mayor parte de sus jornadas en un laboratorio de CU.