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Lunes, 28 de abril de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Los Herrera, reparadores de instrumentos musicales en extinción

 
Lesly Mellado May

“Aquí le traigo esta enferma y quiero que me la cure...” Es la voz de Francisco Rendón, viejo trompetista y director de una banda de viento en San Luis Chalma, pueblo de la región de Izúcar de Matamoros.

La enferma es su trompeta, una Yamaha por la que pagó 18 mil pesos hace unos años y que hace sonar en el tiempo en que no hay cosecha porque su mera profesión es la de campesino.

Don Francisco interrumpe el trabajo de Jorge Herrera, heredero de Manuel, quien llevó alegría por años a fiestas patronales, escolares y cívicas durante varias décadas.

¿Usted se acuerda de mi papá?, le pregunta Jorge al trompetista. “Sí cómo no me voy a acordar de don Manuelito, así le decíamos, yo lo conocí de años, anduvo acá de profesor en las bandas de guerra de las escuelas, y luego como le sabía a los instrumentos, pues los empezó a arreglar y así los fuimos conociendo y confiándole a los enfermitos”, le responde el músico.

Su trompeta tiene gastada una pieza del émbolo y no hay más que mandar a hacer una a la medida. La situación es perfecta para hablar de un quehacer que deja poco dinero y que está apunto de extinguirse.

Los Herrera han mantenido a fuerza de voluntad un taller de hechura y reparación de instrumentos musicales en Izúcar de Matamoros. Hoy está en la calle Herculano Sánchez, nombre que también lleva la escuela donde inició la historia de estos artesanos.

En el taller que hoy dirige Jorge está colocado un cuadro con varias fotografías, entre ellas, una de los primeros desfiles de la ciudad, que se hacían por una calle sin pavimentada, la vía federal a Puebla, hoy convertida en bulevar.

Originario de Chiautla de Tapia, Manuel ingresó al ejército donde aprendió música y algo de reparación de instrumentos de viento, caña y percusión. A su salida se fue a vivir a Atlixco, y para el año de 1954 se trasladó a Izúcar de Matamoros.

Inició como profesor de banda de guerra, más tarde se volvió instructor de bandas de viento y después puso un taller de reparación de instrumentos. “Eran buenos tiempos aquellos, recuerda su hijo Jorge, había muchas bandas de viento, bandas de guerrera, y mucho trabajo, aunque a veces mi papá no cobraba muy bien, pero daba hasta para ir a pasear”.

“Mi papá era muy conocido por los pueblos de la región, la hacía de maestro, la hacía de todo, y la gente lo respetaba”, recuerda del maestro que falleció hace 19 años.

Con los años el trabajo cayó, se pusieron de moda los conjuntos, los sonidos, y ahora ya son pocos los que tienen bandas de viento, y quienes mantienen la tradición, la tienen muy difícil porque son pocos los que pueden vivir de tocar en las pachangas, por eso dice don Francisco que la “mera profesión es la de campesino”.

Así que para Jorge todo es un círculo vicioso, llega poco trabajo al taller, y quienes llegan a pedir reparaciones de sus instrumentos no tienen dinero suficiente para pagar lo justo, así que regatean o se abstienen de pedir el servicio, por lo que dejan de tocar...

Según cuentan Jorge y Francisco, mantener una banda de viento requiere “una buena inversión”, porque los instrumentos son caros y no todos los músicos los cuidan debidamente, especialmente en las fiestas patronales, cuando la banda ya está borracha, los instrumentos quedan tirados en el piso –en el mejor de los casos– o bien debajo de alguno que no se pudo mantener en pie.

Por eso, al taller de los Herrera llegan piezas abolladas que con paciencia recuperan la forma, el sonido y el color. “Luego me dicen, maestro déjeme el trabajo más barato, o que cuánto es lo menos, y yo les respondo, por saber, está barato...”, dice Jorge.

El trabajo es meticuloso, por ejemplo, para alinear las flautas transversas o los saxofones, se requiere de muy buena vista y movimientos finos para colocar todo en su lugar. Las reparaciones se vuelven complejas porque ya hay mucho instrumento pirata, cuenta Jorge: “Los chinos hacen trompetas y otros instrumentos de materiales baratos, y les ponen etiquetas de marca buena, el chiste es que al poco tiempo, las piezas se deshacen con la saliva, un poco que ya no son buenos, y otro poco que los músicos no los cuidan, pues ya cuando llegan aquí de plano están para llorar”.

Ante la extinción de las bandas de guerra tradicionales y el auge de los conjuntos tipo Estados Unidos, Jorge dejó de fabricar los tambores reglamentarios de latón y piel de chivo, para elaborar toms, piezas de madera cuyos parches son de plástico: “Como quiera que sea el tambor siempre sonará mucho mejor que el tom, por el latón, pero bueno, si llega otra moda más, pues nos acomodamos”.

Sobre si seguirá o no la tradición iniciada por Manuel Herrera, su hijo expresa sus dudas: “Mi hermano tuvo un tiempo el taller, y ha trabajado con gente de México y de Morelos, tiene muchas relaciones, pero no está de planta aquí, su hijo ya un poco sabe, pero quién sabe si se dedique a esto”.

La hechura de toms ha involucrado a su familia: “Algunos meses hay trabajo porque las escuelas mandan a hacer toms y entonces mis hijos me ayudan en lo sencillo, como marcar la madera y forrar los cubos, pero no están aquí de planta aprendiendo”.

Otra cosa que lo hace dudar es la inestabilidad económica, pues aunque prácticamente su taller es el único en la región, su oficio está subvaluado: “Un tiempo estuve en la fábrica de Bacardi, pero me enfermé y volví al taller, así que no hay nada seguro”.

En tanto, dice que mientras no haya algo mejor, no borrará su letrero: “Se arreglan instrumentos musicales. Limpieza, pulido y laqueado...”.

 
 
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