Hay que decir, primero, que la plaza no se llenó, con las barreras presentando excesivos claros. Y eso que era el cartel estrella de la serie. ¿Han dejado de atraer al poblano sus corridas de feria? ¿Reflejaba tan raleada concurrencia el típico desencuentro entre precios exagerados y bolsillos exhaustos? ¿O será más bien que la escasez de la oferta ha terminado por afectar el volumen de la demanda? Son preguntas que surgían espontáneamente al contemplar unos tendidos donde, quince minutos antes de partir plaza, había más guaruras y vendedores que aficionados. Luego la cosa mejoró hasta acercarse la ocupación a dos tercios del aforo. Finalmente, la gente disfrutó a sus anchas de una tarde entretenida, con una cumbre de buen toreo a la altura del tercer toro, no mucho mejor por cierto que sus hermanos de camada. Finalmente, Eloy pudo despedirse de Puebla sin alterar en nada su alegre costumbre de desorejador sin pausa ni causa.
Cariño y protestas. El mejor lote del encierro de Reyes Huerta se lo llevó el homenajeado. En los primeros tercios no le vimos nada que no fuese largar tela a discreción o consentir un castigo excesivo para sus tiernos y nobles oponentes. Así, en el último, pudo repasar sin sobresaltos su habitual toreo de muleta, aunque tan sosa y rutinariamente que ni los acordes de Qué chula es Puebla en el primero, o las insólitas Golondrinas con tambora que acompañaron su faena del adiós lograron motivar lo suficiente a la clientela. Y eso que no faltaron molinetes, martinetes, regiomontanas ni desplantes, la base, ni más ni menos, de cuarenta años de gastada propuesta cavacista. Ni esos estoconazos fulminantes, siempre un poco caídos, con que despachó a “Maestro” y “Regio”, el último de su dilatada trayectoria poblana, tan rica en triunfos y trofeos como hueca de toreo. El asunto es que los dos pares de orejas recibidos motivaban esta vez tantas aclamaciones como protestas. Como si el apabullante contraste entre su tauromaquia y la de Castella fuese demasiado hasta para sus incondicionales de siempre.
Destellos y falta de sitio. Jerónimo, que ya casi no se viste de luces –México es, hoy más que nunca, una insaciable máquina trituradora de sus vocaciones toreras con más clase y posibilidades de ser—, se reservó algunos de los detalles excelsos de la tarde. Pero no pudo evitar verse atropellado y sin plan durante sus faenas de muleta, tres para ser precisos, pues regaló un séptimo toro del que obtendría al fin el premio de la oreja, merecida por su constante empeño y porque el estoconazo, aunque defectuoso, fue ejecutado a toda ley, luego de buscarle las cosquillas a “Silencioso”, un cárdeno nevado capacho, incierto y nada fácil, al contrario del insulso y parado “Compadre”, castañito sin pizca de fuerza, o el abecerrado y calamochero “Gigante”, cuyo asequible pitón izquierdo se decidió a probar cuando ya era muy tarde. A ambos los pinchó en exceso. Pero dejó el aroma de un par de verónicas de pura miel, media belmontina enredándose dramáticamente en la cintura al negro quinto y antes, en el segundo, un quitazo combinando la chicuelina con la tafallera que pusieron al público de pie.
Extraordinario. Sebastián Castella había cuajado, el 5 de mayo de 2007, la mejor faena del año en Puebla. El sábado la superó ampliamente. Lo suyo con el cárdeno “Triunfador” fue una sonata de toreo grande, una armoniosa aleación del poder más firme con la más fina sutileza, una sucesión de efímeras esculturas sosegadamente compuestas por dos seres vivos tan bien acoplados como si fuesen uno solo. Por rango, por temple, por redondez, por estructura, la faena de “Triunfador” supera con creces a la de “Cincuentón”, la mejor de la temporada capitalina última (04.02.08). También por su exuberante exhibición de toreo al natural en los medios, compuesto por series de trazo cada vez más lento, y rematadas, lo mismo que las despaciosas series derechistas del galo, con pases de pecho zurdos de largo y dormido trazo. Y todo muy reunido con un animal pastueño pero débil, al que había que llevar siempre con pulso de seda, Y con el cual prodigó ese toreo sinfónico, reunido y ligado en un palmo de terreno que no parecía de este mundo. La estocada –entera y en lo alto—llegó luego de una preparación tan natural y estética como la faena, una suave sucesión de pases en redondo a media altura que dejaron a “Triunfador” cuadrado y entregado para el volapié. Atrás quedaba el recuerdo de una obra de arte iniciada con ayudados por alto estatuarios y aderezada con desdenes, kikiriquíes, trincherillas y molinetes de ensimismado trazo, de opulenta belleza. Y antes, de un abanico de verónicas señoriales, rematadas con limpia media y un torerísimo recorte soltando la punta del percal. Se otorgaron a Castella las dos orejas y un rabo solicitado por unánime aclamación. Y para “Triunfador” –que pasó prácticamente sin picar por instrucciones de su matador– hubo arrastre lento merecido. Aunque fuese sólo por haberse complementado tan bien con un artista cuya excelsa calidad estuvo varios palmos por encima de la del noble astado.
Rendir al manso. Al castaño albardado “Guadalupano” alcanzó a bordarle el francés un hermoso quite por chicuelinas, pero el burel valía poco y la faena fue de batalla, de torero poderoso empeñado en imponerse a los continuos derrotes y la corta acometida de un animal bronco y de sentido aunque también –mal de todo el encierro– bastante limitado de fuerza. Tan cerca de los pitones se puso Sebastián, tan determinante y firme resultó su templada muleta para el manso que la escena final sería un compendio de la victoria del hombre sobre la bestia. “Guadalupano” primero reculó, espantado por aquella figura en avance pausado pero inexorable hacia ese terreno del que el animal había tratado de ahuyentarlo con su violento cabeceo. Hasta que, acorralado, decidió no embestir más, no derrotar más, darse por vencido. Y finalmente echarse sumiso como el perro ante el amo. Una escena insólita. Y poco taurina, penosa para el ganadero. Costó levantarlo y obligarlo a tomar la muleta, los dos pinchazos y la estocada entera que al fin le permitiría reposar de una vez y para siempre.
Próximo cartel. Para el lunes 5 de mayo y con precios más módicos están anunciados Rafael Ortega, El Zapata y José Mauricio con toros de Montecristo. La corrida, por tratarse de tal fecha festiva, comenzará a las 5 de la tarde. Cartel muy bien rematado que mucho promete.