El resultado del viernes en Veracruz, ampliamente favorable al Puma en perjuicio del desdentado Tiburón Rojo, condenaba sin remedio a los escualos y, al mismo tiempo, decretó la salvación definitiva del Puebla a efectos del descenso de categoría. ¿Relajaría esta circunstancia a los camoteros, al punto de volverlos inofensivos e inertes la noche siguiente ante el Guadalajara? No lo creo. La franja ofreció en el Jalisco su habitual cuota de pundonor, y si de algo pecó tal vez haya sido de exceso de confianza. Un error que de ninguna manera puede darse el lujo de cometer un equipo con las limitaciones del nuestro. Con esa actitud, lo que en realidad hicieron fue servirle el partido en bandeja de plata al ágil Rebaño, que se amoldó rápidamente a la falsa autosuficiencia poblana, aceleró el ritmo y procedió a propinar a los franjados un repaso memorable. En principio, así se explica un 4–0 que incluso nos salió barato.
El fondo de la cuestión. Más interesante que ocuparse del partido en sí es hacer una reflexión seria sobre algunas de las cosas que se han repetido irresponsable y alegremente durante las últimas dos semanas. Por ejemplo, eso de que el Puebla tiene un equipazo, hasta el punto de no conseguir explicarse su DT la razón de que “algunos periodistas” puedan insistir en lo contrario. Creo que no hay que confundir el rábano con las hojas, y que para situar el verdadero potencial del actual Puebla se deben reconocer al menos dos cosas: 1) Sus notorias deficiencias futbolísticas; 2) Su admirable moral e integración como grupo de trabajo. Si la franja se salvó de la quema obviamente se debió no a lo primero, sino a lo segundo. Y si ha de ensalzarse como es debido el liderazgo del Chelís, conviene separar el valor que pueda tener una irreductible fe en sus pupilos –misma que se convirtió en una palanca poderosa frente a equipos como el terriblemente desmotivado y mal estructurado Veracruz, o el frágil y diezmado Pachuca–, de la mediana calidad de los jugadores y la inexperiencia del DT, que lo lleva a utilizar un dibujo táctico demasiado previsible y a atinar más bien poco con los reacomodos sobre la marcha. Y la evidencia viene sola: contra Chivas, al menos tres de los goles rojiblancos fueron facilitados por graves desubicaciones defensivas, combinadas con gruesos yerros del arquero Villapando. Si hacemos memoria, iguales o parecidas situaciones explican el enorme caudal de puntos perdidos a lo largo de este año de retorno a Primera, felizmente coronado con la permanencia tras una travesía sembrada de dudas y altibajos. Una prueba de resistencia cardíaca que a nadie le gustaría que se repitiera. Si al final se hizo la luz, el mérito del logro estriba precisamente en eso, en que lo obtuvo un plantel que prácticamente es de Primera A. Y al que por supuesto habrá que podar y apuntalar convenientemente si queremos evitar nuevos tragos amargos.
Semifinales a la baja. Siguiendo la pauta de los últimos mundiales, las semifinales de la Champions están resultando cada año más tediosas, con una pandemia de rudezas suplantando al futbol y hasta los equipos aparentemente más comprometidos con el espectáculo especulando sin pudor desde posiciones ultradefensivas. En este sentido, se extraña grandemente al Arsenal e incluso al Madrid, que bien o mal acostumbran batirse a campo abierto y sin renunciar a un estilo de ataque, sobre todo el equipo de Wenger, portador en los últimos tiempos de la propuesta más estética y disfrutable del horizonte europeo y mundial.
Rojo anochecer. Al Liverpool, vencedor precisamente de los gunners en un duelo apasionante que resolvió con mucha fortuna en los minutos finales, la suerte le jugó esta vez una triste jugarreta. Luego de dominar cuanto pudo al taimado y reservón Chelsea, y tomar ventaja con un gol digno del atropellado choque de ida, el martes en Anfield, se encontraría, a los 94 minutos, con un mísero autogol del central Riise, que se lanzó en perfecta palomita y dejó de piedra a su arquero Reina y a la entusiasta afición portuaria.
Tedio a la catalana. Ambos llegaron con fama de goleadores y comprometidos con el espectáculo, pero Barcelona y Manchester United apenas empataron a cero en la otra semifinal. Partido que empezó con un penal desperdiciado por mano de Milito en el área azulgrana y concluyó en peloteo insulso y decepcionante armisticio. Barça tuvo el balón en propiedad casi exclusiva porque los de Ferguson, tras el errático lanzamiento de Cristiano Ronaldo al minuto 2, optaron por encerrarse atrás. Pero ese equipo blaugrana, voluntarioso y todo, nunca supuso un peligro real para los ingleses y simplemente confirmó el negro momento que atraviesa, con la liga perdida y Ronaldinho prácticamente fuera. Por excepción, Rafa Márquez fue esta vez un líbero seguro y eficiente en lo que quizá haya sido su mejor desempeño de un año particularmente nefasto para él, al grado que la hinchada culé lo quiere lejos del equipo, vista su casi nula participación en una temporada dominado por lesiones menudas y una creciente desidia. Por cierto que el michoacano fue amonestado y se perderá el encuentro de vuelta, el martes en Old Trafford.
Mundo al revés. La Libertadores parece transcurrir al otro lado del espejo. Con el líder Chivas eliminado y América y Atlas calificados para los octavos de final. El once rojinegro fue a Santiago y su empate a uno con Colo Colo le permitió terminar como primero de grupo, 10 puntos contra 9 del Boca Jrs. Tendrá además un rival relativamente asequible en el Lanús argentino. Peor trago pasará el América, en el papel al menos, ante el Flamengo carioca.
Compás de espera. En la final de campeones de la Concacaf el Pachuca parece bien situado tras jugarse en San José el partido de ida, pese a que se dejó empatar a última hora un partido que le ganaba 1–0 al Saprissa con gol de Gabriel Rey y con todo aparentemente bajo control. En el Miguel Hidalgo va a requerir, eso sí, mayores dosis de garra, viveza y decisión cuando los ticos le devuelvan la visita el miércoles venidero.