Maurino Reyes no vacila en abordar temas espinosos; es más lo hace con tal entusiasmo que sus gestos y ademanes revelan una verdadera pasión por las plantas que se muestran en el Jardín Botánico “Helia Bravo Hollis” de Zapotitlán Salinas, estado de Puebla, el cual a su vez constituye solo una muestra didáctica para los visitantes que quieren asomarse, apenas, a la riqueza botánica que constituye la reserva de la biosfera Tehuacán–Cuicatlán que tiene una extensión de 490 mil Ha.
Empecemos por mencionar que para llegar a este excepcional lugar debemos pasar la ciudad de Tehuacán y a escasos 26 kilómetros, en la carretera que conduce a Huajuapan de León, Oaxaca, y a un kilómetro antes de llegar al poblado de Zapotitlán, se encuentra el acceso a este jardín botánico cuyo nombre busca honrar a una eminente botánica mexicana que en el año de 1929 preparó su tesis de licenciatura con el tema de las cactáceas de Tehuacán y que continuó estudiando a estas plantas durante buen parte de su larga vida de 100 años. Conviene decir que en aquella época las comunicaciones eran muy precarias y que la maestra Bravo realizó la mayor parte de sus trabajos en la zona usando un burro y emprendiendo larguísimas caminatas, en numerosas ocasiones, bajo el sol canicular.
También es necesario decir que existen en ese lugar numerosos géneros de plantas como las suculentas o crasas, las epífitas y no solamente las cactáceas, asimismo muchas especies son endémicas de las pequeñas subregiones que integran la gran reserva. Sin embargo, son los cactos columnares, los agaves y las biznagas los ejemplares que por su tamaño y abundancia dominan el paisaje del lugar.
La capacidad adaptativa de los popolocas, etnia indígena a la que pertenece nuestro guía, ha producido entre otras cosas que este posea un conocimiento profundo de las propiedades de las plantas y su utilización para la subsistencia en un clima tan extremo; ya sea como fuente de alimentos, reserva de agua, material de construcción y para la mitigación y curación de numerosas enfermedades.
Pese a las altas temperaturas el recorrido resulta verdaderamente delicioso y aleccionador, ya que Maurino comparte generosamente sus conocimientos tradicionales, su reciente aprendizaje de la botánica científica y, sobre todo, su pasión por las plantas y su terruño, lo cual garantiza una excelente información y demostración, en algunos casos, de los usos de las plantas; desde la “lengua de conejo” que es una suculenta, “la siempreviva” para la gastritis, el “tobalá” o “papalómetl” para la confección de mezcal, la “mala mujer” como antídoto para la picadura de alacrán, la “doradilla” para el riñón, el “copalillo” para descongestionar la nariz, el “sangredrago” para proteger los dientes, etcétera.
Podemos contemplar una “parta de elefante” (Beaucarnea gracilis) de 1500 años de antigüedad, denominada así por el príncipe del Japón Akishino o una biznaga “jovencita” llamada “asiento de suegra” con solo 70 años de edad y un volumen y forma semejante a la de un taburete.
Aparte de las espinas de las cactáceas no faltan asuntos igualmente punzantes como la falta de interés, la simulación y el burocratismo de algunas autoridades dizque “competentes” que, como bien sabemos los mexicanos, es “el pan nuestro de cada día”.
Esperemos que este esfuerzo de la comunidad de Zapotitlán, con la asesoría de los biólogos de la UNAM y el entusiasmo de algunas personas con verdadera conciencia ecológica, que disfrutan estos ambientes naturales, mantengan por mucho tiempo este “jardín de las delicias”, ventana a un mundo desconocido por la mayoría de los citadinos y que está a punto de perderse para siempre. Por último, agradezco profundamente a Maurino haber sido el informante apasionado de ese fin de semana inolvidable.