Búsquedas en el diario

Proporcionado por
       
 
Viernes, 25 de abril de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 CINE 

La diva en rosa

 
Alfredo Naime

 

Francia, en los días siguientes a la Primera Guerra Mundial: un contorsionista callejero busca ganarse algunas monedas ante quienes deambulan por ahí, mientras su hija de 10 años está atenta a recibir en un sombrero cualquier aporte que los peatones quieran dar. El acto genera poco interés, por lo que alguien grita: “Y la niña... ¿no hace nada? ¡Que la niña haga algo!”. El resto del publico está de acuerdo: “¡sí; que intente algo la niña!” El padre y contorsionista, confundido, viendo que las presuntas donaciones pueden escapársele, urge a su hija: “¡pronto, haz algo; lo que sea, pero hazlo ya!” Así, la pequeña, por obedecer y por ninguna otra cosa, comienza a cantar La Marsellesa, “a cappella” por supuesto. Su voz fluye cristalina, conmovedora, emocionante. Un largo aplauso reconoce la magia y el encanto del inesperado suceso. Brota, automático, el cariño hacia la pequeña Edith...y las monedas también. Nadie lo sabe entonces, pero es en ese momento glorioso que nace para el mundo quien será idolatrada, en décadas siguientes, como Edith Piaf.

Todo lo anterior y más, desde su infancia –pasando por los muchos avatares de una vida de celebridad y dramáticos contrastes– hasta su muerte en 1963, es lo que conocemos sobre Edith Piaf, la más amada de las cantantes francesas de su época (o de todas las épocas), en La vida en rosa, el film de Olivier Dahan que ha sabido poner el pecho al bravo reto de igualar la estatura de su biografiada. De esa físicamente frágil Edith Piaf, cuyo apellido artístico es la palabra francesa para “gorrión”. En la película está interpretada por Marion Cotillard, quien cumple con una de las actuaciones más definitivamente convincentes en muchos años de cine biográfico en torno a personajes célebres. Una actuación a la que le fue exigida un amplio rango de sentimientos y matices conductuales: Edith Piaf –además de una mujer sensible, temperamental e inigualablemente talentosa– fue una gruesa bebedora, una creciente adicta a la morfina, una diva caprichosa, que conoció tanto la inestabilidad como el dolor de primera mano, desde su misma infancia. Marion Cotillard –irrepetible– es en la película todo eso, con una precisión extraordinaria y con una pasión que puede sentirse además de atestiguarse. El mejor elogio ya se lo hizo el comentarista James Berardinelli: “Piaf nos interesa tanto gracias al desempeño de Marion Cotillard, que no es mera imitación sino una inmersión profunda a su personaje. De muchas maneras, Cotillard no es sólo el pegamento que une a la película, sino que ella es la película...”.

La vida en rosa se narra desde una estructura acronológica que libremente salta en el tiempo, de aquí para allá, por la vida de la cantante, sin que sea reconocible el criterio rector de ello. Esta decisión, aparentemente de mera estética, se convierte de fondo en una decisión ética. Edith Piaf vivió su vida con la intensidad y en la vorágine a las que te orillan el azar y el peso de tus experiencias, pasadas o presentes. La artista –ella lo fue en toda la extensión de la palabra– cantó en las principales salas de concierto del mundo, pero también en esquinas callejeras y en cantinas de mala muerte; vivió en mansiones, pero también en el prostíbulo de su abuela; amó y fue amada por celebridades, pero también fue sometida por vividores delincuentes. Encarnó pues en todos los momentos de su existencia, interconectándolos y nutriéndose de ellos con idéntica avidez. Entonces es por eso –por esa tónica vital– que termina justificándose la falta de linealidad de la narrativa, que tan funciona que la entiendes, si bien exige del espectador mayor atención y rigor en la mirada. Todo considerado, La vida en rosa es un logrado mosaico, tan formativo como informativo, cuyo núcleo único y principal –quintaesencia de la vocación interpretativa– es Edith Piaf, quien más que “nacer para cantar”, cantó hasta el grado en que hacerlo literalmente la puso en trance de morir. Hay mucha diferencia

 

 
 
Copyright 1999-2008 Sierra Nevada Comunicaciones - All rights reserved
Bajo licencia de Demos Desarrollo de Medios SA de CV