La violencia nuestra de todos los días
Poco a poco, el país ha entrado en un proceso de descomposición social que afecta la calidad de vida de la gente. La declarada guerra contra los narcotraficantes ha acarreado un aumento exponencial de la violencia. Cada día se paga puntualmente una cuota de sangre. Cinco, ocho y a veces hasta decenas de personas aparecen ejecutadas todos los días; prácticamente diario hay secuestros de todo tipo: desde los llamados exprés, hasta los que tienen como propósito la eliminación o ejecución de la víctima.
Esta violencia es debidamente teledirigida para convencer al ciudadano de a pie sobre la necesidad de tomar medidas extremas. Por eso el país vive un paulatino proceso de militarización. La gente se ha ido acostumbrando a ver rondines, patrullajes, retenes, revisiones que ya en algunos casos han acabado fatalmente, segando la vida de inocentes.
Cada vez más nos acercamos a lo que en toda regla se parece a un estado policial, como aquel descrito por George Orwell en 1984, la novela que tenía como invisible protagonista al Gran Hermano, pero también a agentes entrenados para leer el pensamiento. La paranoia como forma de control de las masas.
A la vuelta de la esquina podríamos toparnos con la colombianización del país (si no es que ya estamos en sus umbrales). Pero por otro lado, la repetición incesante, a través de los medios electrónicos de comunicación, de la violencia que azota al país, podría acarrear la insensibilización del auditorio.
Puede ocurrir que “deje de ser noticia”, como maquiavélicamente anticipó y deseó el titular de Marina, Mariano Francisco Saynez Mendoza: “Todo mundo se acostumbra a las bombas” es su lacónica y escalofriante lógica. “Cuando empezó el primer ataque en Irak había un bombazo con 20 muertos y después con 50. Siguen habiendo y ya no es noticia lo que está sucediendo en ese país. Sigue pasando lo mismo que al inicio. Sí, al principio fue noticia, un escándalo, y ahorita continúan los atentados con 20, 50 o 70 muertos, pero ya se acostumbró la gente a esa condición y ya no es noticia”, declaró en febrero de este año.
El Gran Hermano te vigila
Hay quienes se sienten muy cómodos con un Estado policial, sea de izquierdas o de derechas. Sin embargo, a la hora de escoger, muchos preferirían un régimen conservador, que permita la libre empresa, pero que haga una apología de los “valores” morales, y tampoco estaría mal que eliminara a sectores francamente indeseables (indígenas, homosexuales, jóvenes rebeldes y/o críticos, periodistas revoltosos).
En este sentido, la dictadura pinochetista es el sueño húmedo de más de un ultraderechista, como Velasco Arzac (por más que se llene la boca con palabras como libertad y democracia). En esta dinámica, cualquier protesta social debe ser declarada como un acto criminal, y así trató de manejarse en la más reciente reforma constitucional en materia de impartición de justicia. De esa manera se tendrían controladas muchas fuerzas sociales potencialmente subversivas, bajo la amenaza de llevarlas a juicio.
Petróleo sangriento
La estrategia desplegada por distintos sectores sociales de ideas extremas, en contubernio o franca colaboración con el gobierno y algunas empresas de televisión, tiene como propósito desacreditar, desvirtuar y degradar el movimiento social que busca mantener la rectoría del Estado sobre los hidrocarburos, principalmente el petróleo.
El desatino comenzó con el anuncio de los petrobonos “ciudadanos” (¿qué acaso eso no es populismo, nomás que de derechas?), que no son sino una tomadura de pelo, porque Calderón no tuvo la delicadeza de aclararle a la gente que Pemex opera con números rojos, gracias a la política de exacción fiscal y de descapitalización de la paraestatal.
Se vocifera una y otra vez sobre la necesidad de modernizar a la empresa, de que es necesario buscar formas de mantenerla a flote, porque, según se nos dice, está al borde de la quiebra. Y si Pemex se hunde, nos vamos con ella. Pero lo que no se dice es que el aparato gubernamental está literalmente enchufado en los ingresos petroleros. Y aunque se ha advertido hasta el cansancio sobre los riesgos que se corren por mantener petrolizada a la economía mexicana, el gobierno federal sigue colgado de la ubérrima ubre de la paraestatal.
Ahora mismo se vive una bonanza en los precios del crudo, pero un bajón al estilo del ocurrido en los años ochenta podría llevarnos a una nueva catástrofe económica, por más que se hayan seguido los dictados del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional o de los Chicago Boys. Y entonces sí, que nos agarren confesados, porque podría ser la hecatombe.