“Había que elegir al dios del comercio. Desde el trono del Olimpo, Zeus estudió a su familia. No tuvo que pensarlo mucho. Tenía que ser Hermes. Zeus le regaló sandalias con alitas de oro y le encargó la promoción del intercambio mercantil, la firma de tratados y la salvaguarda de la libertad de comercio. Hermes, que después, en Roma, se llamó Mercurio, fue elegido porque era el que mejor mentía”.1
En este brevísimo texto, Eduardo Galeano en su estilo literario, minimalista y concientizador, nos recuerda que la catástrofe económica que los países subdesarrollados estamos viviendo, tiene que ver precisamente con las grandes mentiras que el modelo neoliberal capitalista impone bajo las promesas de un futuro crecimiento económico (que llegará a muy largo plazo, y si no llega será porque las “reformas estructurales” no se llevaron a fondo), a cambio de entregar las riquezas naturales y la mano de obra baratísima a los grandes empresarios, así como renunciar a la autosuficiencia alimentaria y a la (hoy pasada de moda) soberanía nacional.
A lo largo de la historia este modelo económico predominante en el mundo, sin negar que ha propiciado un cierto desarrollo civilizatorio (concentrado en los países que en su momento tuvieron la fuerza militar para despojar a los más débiles), se ha manejado con una serie de dogmas y mentiras que se establecieron como inamovibles. El primero de ellos y que está en la base de todo proceso de acumulación de capital es el que sostiene que la “ganancia” se genera (por arte de magia) de las transacciones mercantiles y que por lo tanto es “el mercado” (y no la satisfacción de las necesidades humanas) el fin último de la producción, sin mencionar que esconde que la riqueza se genera del trabajo humano (no pagado) invertido en la producción de bienes, y de los recursos naturales que hasta hace algunas décadas la naturaleza se dejaba arrancar impunemente.
La segunda gran mentira del modelo, hoy más que nunca actualizada por el neoliberalismo, es la idea de que “los mercados se autorregulan” y en consecuencia regulan todo el proceso económico, con base en la idea de la libre competencia (para entrar hay que ser “competitivos”). Lo que no se dice aquí es que los flujos de mercado no son libres sino que están controlados por los consorcios transnacionales y el capital especulativo financiero, contra los que nadie puede ser competitivo. Y la prueba de que se trata de otra gran mentira es la actual crisis financiera del llamado “gigante de los pies de barro”, la economía neoliberal norteamericana que a pesar de los desmentidos y de las afirmaciones en meses pasados de que se trataba de una economía fuerte, desde hace varias semanas ha entrado en crisis, arrastrando al resto de las economías mundiales.
La falacia de la autorregulación de los mercados acaba de ser reconocida públicamente por Guillermo Ortiz Martínez, gobernador del Banco de México, un economista que en sexenios anteriores contribuyó de manera sustantiva a construir en nuestro país el modelo “venta de garage” que se pretende imponer a como de lugar “por nuestro propio bien”. Incluso cándidamente se pregunta si no será necesaria nuevamente la intervención del Estado en la regulación de ese mercado que no respeta ni su propia lógica.
Por supuesto que no son las únicas mentiras y por supuesto también que no todos se las creen por la sencilla razón de que la realidad cotidiana de los 60 millones de pobres del país se encarga diariamente de despertarlos del sueño de haber ingresado (por decreto del TLC) al primer mundo; y por el contrario, el desempleo, los salarios de miseria y el constante aumento de precios de los productos básicos, son los argumentos inobjetables de la realidad que echan abajo las declaraciones semánticamente vacías de los avances, de los logros y de las bondades de entregar los recursos naturales para que en un futuro muy muy lejano vivamos mejor.
En este conjunto de mentiras inspiradas por el dios Hermes se alinean las reformas legislativas para la flexibilización laboral, la restricción de los derechos de huelga, las reformas a la propiedad del ejido, a la Ley de ISSSTE, a la Ley del IMSS y en especial, a la llamada “Reforma Energética” que, digan lo que digan, significa en los hechos entregar a manos extranjeras el petróleo primero, y más adelante la electricidad, dos de los insumos más importantes para la producción de alimentos, la que por cierto, ya tampoco se considera necesaria (como tampoco a los campesinos) porque ahora gracias al maravilloso TLC estamos obligados a comprar al vecino del norte sus cereales transgénicos que por el momento son más baratos, pero que una vez que el país se haga completamente dependiente de ellos, aumentarán de precio a voluntad, pues ya no habrá producción nacional.
Las movilizaciones sociales en defensa del petróleo, de la seguridad social, de los derechos laborales, de los campesinos, del derecho a la autodeterminación de los pueblos indígenas, son un recordatorio y un llamado permanente a la conciencia de los mexicanos de que el país del desarrollo, de la modernidad, de la iniciativa privada, de los democracia, no son sino ficciones que no resisten el argumento de la realidad presente en la conciencia de cada día más mexicanos.
1 Galeano Eduardo. Espejos. Una historia casi universal, en prensa. Extracto tomado de La historia que duele en Rebelión del 5 de abril de 2008.