En éste hace un recuento de la historia y las principales manifestaciones culturales del municipio que colinda con Amozoc y con Acajete.
Ramón incluye en su libro datos de diversas publicaciones, así como de documentos localizados durante el rescate del archivo histórico municipal que recibió apoyo de Adabi y el Archivo General del Estado.
La edición que será presentada este jueves a las 19 horas en la Casa de Cultura (5 Oriente 5) por el Consejo de la Crónica del Estado de Puebla, incluye desde la época prehispánica hasta la contemporánea. En primera instancia se habla del significado del nombre de Tepatlaxco.
Según Felipe Franco, en Indominia geográfica del estado de Puebla (México, 1946), de la palabra Tepatlaxco pueden deducirse varias interpretaciones: sea la primera, “llano donde abundan los pedregales o cercados de piedra”, formado de las voces nahua “tepa”, tapia de piedras; “tla” que ice abundancia; e “ixco” en la cara o en la superficie; de ahí resulta el vocablo “tepa–tla–ixco” que por alteración se pronuncia Tepatlaxco.
La segunda significación procede de “tepetla”, abundancia de cerros, serranía, e “ixco”, delante, en la cara, (de ixtli, cara superficie, y co, en ), esto es, “tepetla–ixco”, trasformado por el uso en Tepatlaxco, que dice “delante o enfrente de la serranía”.
El tercer significado que encierra este nombre es, “juego de pelota, en el pedregal”, formado de “tepa”, pedregal, “tlachtli”, juego de pelota, y “co”, en; de lo que resulta “tepa–tlach–co, convertido en Tepatlaxco.
El autor de Un gran pueblo, una gran historia... también hace referencia a información de Keiko Moneda, quien en Mapa de Cuauhtinchan número dos, sugiere que Tepatlaxco fue un pueblo prehispánico. Cuenta que en el documento que data del siglo XVI: “Se muestran elementos: La Malinche, el Pinal y el camino hacia Nopalucan: Desgraciadamente, el hecho de que el mapa estuvo doblado mucho tiempo contribuyó a su deterioro, y precisamente en el sitio donde se localizaría Tepatlaxco ya no puede apreciarse nada, pero existen elementos suficientes para afirmar que ahí estaba pintaba el glifo de Tepatlaxco y, por qué no, el de Acajete, ya que el glifo de Tepulco está en el sitio en donde hoy se localiza el pueblo del mismo nombre, por lo que deduzco que debajo de ese glifo se encontraba el de Tepatlaxco”.
Alfredo Ruiz, investigador de la Universidad Autónoma de Puebla, apunta sobre el trabajo de Ramón González: “El libro sobrepasa las expectativas tenidas por quien se acerca a una crónica municipal. Sus páginas no son sólo colección de nombres, datos, fechas; por el contrario, al interior de ellas se retrata el devenir de Tepatlaxco de Hidalgo o San Sebastián Tepatlaxco, en forma ágil y amena, combinando la reflexión y el análisis propios del especialista en el estudio de la historia con la emotividad del lugareño profundamente interesado en descubrir para sí y sus coterráneos, los procesos que han dado lugar al sitio que les vio nacer”.
“A la par, en el texto aparecen aquellos poblados que, de un modo u otro, han incidido en tal acaecer, siendo por tanto un buen medio para acercarse a la historia del antiguamente llamado valle de Santa Isabel. Esta labor fue posible merced al empleo meticuloso, paciente, y hasta abnegado, de un sinnúmero de fuentes de distinta naturaleza, desde las conservadas en distintos archivos, hasta las proporcionadas por algunos vecinos asimismo interesados en develar los varios elementos involucrados en el acontecer histórico de Tepatlaxco”.
“La narración resultante permite, al propio y al ajeno, conocer los procesos de orden local y regional, al tiempo que da el debido crédito a sus participantes: sujetos investidos de un nombre que ha sido transmitido a la posteridad merced a la asunción de un papel clave en el desarrollo de los acontecimientos, o sujetos anónimos, el desconocimientos de cuyos nombres no obsta para desechar el peso de sus acciones en la actual configuración Tepatlaxco”.