La ausencia de pruebas experimentales sobre la acción de la conciencia en la probabilidad de ocurrencia en un fenómeno cuántico y, de cómo los fenómenos cuánticos actúan en la génesis de la conciencia, ha hecho que los físicos echen mano de la teología y del dualismo cartesiano para explicar sus teorías. Un fenómeno cuántico es un evento subatómico y se le identifica como cuántico porque es medido de manera discreta y no continua. Tanto la mecánica cuántica como la neurociencia han aportado un gran cúmulo de información para la comprensión de ambos fenómenos, sin embargo, los procesos cognitivos superiores son todavía poco conocidos por la neurociencia, y en el caso de la mecánica cuántica sus precursores más idealistas carecen de pruebas experimentales para sustentar sus teorías.
La tergiversación de los principios de la física cuántica y de la neurociencia ha dado pie a la formación de nuevas sectas religiosas que han infiltrando sus ideologías en los sistemas educativos del país a través del supuesto pensamiento “holístico”. Estas sectas pseudocientíficas mezclan un budismo/hinduismo norteamericanizado, el pensamiento mágico con sus milagros y un desenfrenado deseo por tener éxito, dinero, sexo y “amor”. El milagro que mejor realizan estos nuevos religiosos es la telequinesis en partículas subatómicas. Sus doctrinas teosóficas pueden encontrarse en los libros o DVD de la “Ley de la Atracción”, “El Secreto” y en la tergiversación de la física cuántica de Fred Alan Wolf. Al charlatán de Masaru Emoto le ofrecen un millón de dólares por llevar a cabo su magia de transformar cristales de agua con sólo sus palabras si lo hace en un estudio con metodología científica.
El dualismo cartesiano “mente–cuerpo”, que aunque está bastante desprestigiado en la neurociencia, es la semilla que germina en este fruto híbrido, llamado “holismo”, que los físicos/filósofos intentan introducir en el sistema educativo. El interés de este artículo es esclarecer de forma breve la relación entre los fenómenos cuánticos y la conciencia, por tal razón no abordaremos la relación “mente–cuerpo” desde la perspectiva filosófica. En primer término, identificaremos a la mecánica cuántica como la parte de la física que estudia el mundo de los átomos y las partículas subatómicas. Como aproximación válida puede considerarse que se utiliza la mecánica cuántica cuando la acción implicada en el sistema problema sea del orden de magnitudes de la constante de Planck; esta constante se representa por el símbolo h, y su valor es 6,6260755 _ 10–34 J.s.
En segundo lugar, para remarcar nuestra opinión señalaremos que la conciencia no es algo separado de nosotros, no es la perla de la ostra ni mucho menos el piloto que guía nuestra nave, sino que es un estado mental del que nos damos cuenta, en forma apropiada y sin mediación. Los estados conscientes son estados representados por nosotros mismos en una forma que nos hace darnos cuenta de ellos inmediatamente. Además, entendemos que la conciencia es una función cognitiva dentro de un orden jerárquico donde ninguna estructura neuronal es necesaria ni suficiente para la génesis de ésta.
Algunos físicos han planteado que la probabilidad de ocurrencia, la forma en que el fenómeno subatómico (función de onda) se va a expresar cuando éste se mide, dependerá de la conciencia del observador. Según ellos, por ejemplo, si un electrón gira a la derecha o si gira a la izquierda dependerá de la conciencia del observador que lo está midiendo. El problema de ésta postura consiste, no en que el objeto en estudio interactúe con el observador ya que, todo experimento implica una interacción entre el sistema que se está observando con los aparatos de medidas que se utilizan; si no que los físicos/filósofos postulan que una entidad no física, la conciencia, es la que determina el estado cuántico.
Un observador es simplemente un sistema físico, por ejemplo como una fotocelda, o una placa fotográfica. Es muy difícil encontrar un ápice de conciencia en ninguno de estos aditamentos. La conciencia no es un ente físico y no existe ninguna evidencia experimental que la identifique como un “ente” aparte del individuo. Pero suponiendo que fuera cierto y plausible que la conciencia determinara el estado cuántico final, qué leyes son las actúan en esa relación; ¿bajo qué leyes la conciencia causa el colapso de un estado cuántico?, ¿qué propiedad posee la conciencia que es capaz de afectar la naturaleza en forma tan peculiar?, ¿cuáles son las leyes que rigen la relación entre la mente y la materia?
Ha sido la interpretación “ortodoxa” de la mecánica cuántica, llamada “de Copenhagen”, la que dió sustento teórico a ésta interpretación dualista del colapso del estado cuántico. En sus ejemplos más clásicos, “el gato de Schrödinger” y “el amigo de Wingner”, el colapso del estado cuántico no ocurre hasta que el observador interactúa con el sistema observado. Que sea la conciencia del observador lo que produce el colapso o, al menos, la que determina el instante en que éste se produce, es algo difícil de aceptar. Afirmar que el estado cuántico ya estaba determinado antes de que el observador interactuara con él y sólo tomó conciencia de éste una vez observó el evento, implica aceptar que la mecánica cuántica es correcta pero no contiene todo la información sobre el sistema físico.
La ausencia de una interpretación clara de la teoría de la mecánica cuántica obedece a la propia concepción filosófica de los precursores de la misma. Aunque Einstein, precursor de ésta física, consideraba importante conocer la “realidad”, como se demuestra en su trabajo publicado en 1935 y titulado, “¿Puede ser considerada completa la descripción que la mecánica cuántica hace de la realidad?”, sus colegas, en especial Bohr, optaron por negar cualquier postura filosófica realista. Bohr consideraba que la meta de la física no era descubrir cómo es la naturaleza, sino el de describir diferentes aspectos de nuestra experiencia. Heisenberg, otro precursor de la física cuántica, afirmaba, extremando el pensamiento de Bohr, que la meta única de la física era predecir los resultados experimentales excluyendo del lenguaje toda mención a la realidad.
Hoy, estas sectas pseudocientíficas se han aprovechado de la sinfonía inconclusa de la mecánica cuántica para desarrollar su teología y vender su filosofía chatarra en el mercado de la educación. Partiendo de un margen de duda inmenso, si de veras tienen la capacidad mental de cambiar el estado del agua o de cualquier otra estructura molecular, no mal gasten su tan preciada energía cuántica en estupideces, sino en algo más relevante para la humanidad.
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