La casa estuvo abandonada. No había cosas botadas. Sucias. De polvo. No de mugre. Un año dejó sus aposentos. Urgencia familiar: la requirieron. No pensó que sería tanto. Pero pudo haber sido más.
Después de lo apremiante, volvió a casa. No sabía dónde empezar. Por limpiar, pensó. Una amiga la ayudó. “A quitar el polvo, primero”. Les llevó tres días. Sólo por encimita. Dejó una semana. Tenía que trabajar. Continuó cada fin de semana desde entonces. Es la hora que no termina. La casa es chica. Pero contiene muchas cosas.
Después de limpiar lo elemental, siguió por los clósets. “Pa’ recordar lo que había”. Son cuatro en total. Empezó a sacar la ropa. Se le había olvidado. Un año no es mucho. Pero 365 días, uno a uno, lo son. Empezó por clasificar: blusas manga corta y larga. Pantalones. Faldas cortas y largas. Ropa interior. Calcetas. Zapatos. Shorts. Pijamas. Pants. Mascadas. Bolsas. Cinturones... la lista parecía interminable. Las cosas, lo eran.
Más de una vez se sentó en el piso. A observar. Se sorprendió por lo acumulado durante algunos años. Y que se le olvidara en uno. Descansaba y continuaba. Definía el orden y seguía. Decidió acomodar por especies: todas las blusas y playeras en un solo clóset. Por colores. Los pantalones en otro. Igual. Y así.
No sintió el peso hasta que, casi al final del acomodo, no cabía la ropa. Demasiada. Mala memoria o mucha distracción. Sin importar la acumulación o las cosas juntas, le daban emoción. Ambición o gula. Descuido o abulia. No supo responder. Era demasiado. Como si las cosas te dieran la inmortalidad.
Pena le dio. “No puedo comprar ni un alfiler más”, se dijo. Recordó las palabras de su amiga: “Tener tanta ropa es pecado”. Coincidió. Su hijo señaló: “Podrías vivir siete años sin lavar y no se te acaba.” A ambos respondió: “Es mi vicio. No tengo otro”. “De todas maneras es mucho”, reviraron los dos. Le entró una tremenda angustia: ¿viviría siete años más? ¿Tendría vida para usar toda esa ropa?
Recordó al padre de una de sus mejores amigas. Murió teniendo paquetes cerrados de calzones nuevos en el clóset. Ella misma los sacó cuando la ayudó a vaciar la casa. ¿Morirá igual, sin usar la ropa que tiene? Esa pregunta la atormenta. De noche. De día. Cuando elige qué ponerse. Cuando da a lavar su ropa.
Algún día leyó en una tienda de juguetes en Estados Unidos: “He who has the most toys still dies”. (Aquel que tiene más juguetes también muere.) Nunca la olvidó. Tiene su respuesta: She who has the most cloths, still dies.” (Aquélla que tiene más ropa también muere.) Va a morir sin acabarse la ropa del clóset.
Anoche supo que regresó a su casa con una realidad distinta. No sabe si reír o llorar.