Se cuenta que a mediados del XVI el señor Pedro de Carvajal se avecinó en esta ciudad, era viudo y con dos hijos: una señorita de 15 años y un niño de seis. La hija se enamoró de un soldado, relación que no aprobó don Pedro. Por esas fechas y durante un día de fiesta entró en la ciudad una enorme serpiente que devoró a tres poblanos, la serpiente regresó en varias ocasiones causando varias muertes, por lo que la población y las autoridades se encontraban desconcertadas. El ayuntamiento y el virrey ofrecieron premiar a quien terminara con la vida de tal bestia. Un día en que don Pedro estaba con sus hijos en el jardín de su casa, la bestia asomó la cabeza por la barda y devoró al pequeño de seis años. El desconsuelo del padre era enorme, por lo que decidió meter a su hija Teodora en un convento, sumar su fortuna a la recompensa ofrecida por las autoridades al captor de la bestia, y retirarse del todo. Se presentó en la Plaza de Armas un jinete armado, quien dejó inscrito en el muro “con el amparo de la virgen, mataré la serpiente”, y efectivamente le cortó la cabeza después de una ruda batalla, vengando al hijo de don Pedro y obteniendo del virrey el grado de noble. Teodora reconoció a su amado Juan de las Peñas, y a don Pedro no le quedó más remedio que consentir el enlace.
Según algunas voces, en la esquina de la calle del Deán y del Ochavo se haya la cabeza de una fiera tallada en piedra que muchos han identificado como la cabeza de esta serpiente. Por otra parte, a la calle 2 Norte–Sur se le conocía como calle de la Sierpe, ya que en uno de sus muros estaba pintado este animal, pero a comienzos del siglo XVIII cambió por el nombre de calle de Mercaderes, pues para entonces ya no existía tal pintura. Al parecer la Sierpe es un animal mítico del medioevo y que ha repercutido también en el teatro popular poblano hasta pasada la mitad del XX.
A esta leyenda se refieren las jambas de la casa del mayorazgo Pérez Salazar, en la actual 3 Oriente y la 2 Sur, sobre la calle conocida, a partir de 1780, como calle del Colegio de los Infantes, debido a que ahí se construyó el colegio para los niños del coro de la catedral. El conjunto de “la casa del que mató al animal” es un bajorrelieve en dos planos. En la parte superior figuran elementos vegetales con unas frutas que semejan a las granadas tan comunes en tierras andaluzas. En los frisos hay aves copetonas –quizá faisanes– picoteando frutos. Las jambas escenifican la historia en que el protagonista, más que lucha encarnizada, parece que abraza a la serpiente, su actitud es estática; le acompañan perros en diferentes tamaños, quienes representan mayor fiereza y simbolizan la fidelidad presente a lo largo de la historia; se utilizan elementos vegetales para ocupar la superficie en su totalidad y los mismo frutos que evocan la Pasión de Cristo por el color de sus semillas comibles. El estilo, la técnica y las proporciones manejadas en estas piedras corresponden a las primeas tallas de la colonia, y a uno de los más antiguos ejemplos de escultura en construcción civil que guarda la ciudad.