La investigadora Emma Yanes recabó la historia del museo como parte de los trabajos que hizo la empresa consultora de Lorena Zedillo, tras el sismo de hace nueve años. En el libro Pasión y coleccionismo habla de los conflictos legales que tuvo el edificio, durante años hipotecado, hasta que llegó a manos de José Luis Bello; también cuenta cómo algunas piezas de la colección son producto de la desamortización de los bienes del clero.
Si bien en libro no se asienta directamente que Bello era un especulador inmobiliario y usurero que aprovechó al máximo la Ley Lerdo, y que no todas las piezas de su museo tienen un origen lícito (hay objetos que se presume son de la catedral y un órgano tubular era del templo de Santa Rosa), en los años posteriores al sismo, cuando la colección ya estaba resguardada en el Museo San Pedro, el entonces secretario de Cultura, Pedro Ángel Palou, contó parte de la historia turbia de José Luis Bello y su hijo Mariano.
El ex funcionario estatal, cuya labor en el museo ha sido puesta en tela de juicio, cuestionaba la calidad, el origen y la autenticidad de algunas piezas, pues en la investigación de los historiadores contratados por la Secretaría de Cultura (SC) encontraron documentación y testimonios que aseguraban que Bello fue timado por su cuñado, Francisco Cabrera, quien realizó un viaje por Europa y trajo consigo objetos de dudosa calidad que le vendió a un alto precio; amén de que consiguió de manera poco clara piezas de uso religioso.
El edificio también ha causado polémica, no sólo por la forma en que pasó a ser propiedad de Bello, sino por el precio y la calidad de las intervenciones. Emma Yanes registra: “De 1908 a 1938, la casa adquirió un estilo ecléctico, cuando fue totalmente reconstruida por el ingeniero Carlos Bello; conserva de la etapa colonial algunos muros y parte de la estructura original, da el mismo uso del espacio en algunas áreas, reutiliza materiales, levanta un segundo nivel o tercer piso y un torreón en la esquina...”
El costo fue alto y al parecer la obra de mala factura, pues según los dictámenes emitidos tras el sismo de 1999, fue la deficiente intervención de inicios del siglo XX lo que generó los severos daños. El precio de las intervenciones en la casa de la 3 Sur y 3 Poniente, hoy sigue cuestionado, pues de acuerdo a un reporte de El Universal de la semana pasada, el gobierno local recibió del federal alrededor de 29 millones de pesos para su reparación, y la instalación de máquinas como un elevador de personas, que a la fecha no está en el edificio.
Actualmente está abierto un piso del museo, no ha concluido la reparación, y buena parte de la colección sigue resguardada en el Museo San Pedro; hecho que ha generado suspicacias sobre el destino final que tendrá.
La historiadora Yanes describe así el acervo de Bello: “La colección de más de 3 mil piezas, es rica en artes aplicadas de los siglos XVI al XX: incluye gran variedad de herrajes poblanos y oaxaqueños; contiene una de las más importantes y amplias muestras de loza estannífera o talavera poblana; muebles de madera taraceada, con incrustaciones de hueso, y otros estilo Chippendale; exquisitas obras de marfil llegadas a México en el galeón de Manila; cristales europeos de Baccarat y La Granja; esculturas en filigrana y porcelanas; instrumentos musicales antiguos y un órgano novohispano; además de casullas bordadas en oro, ornamentos de plata y gran cantidad de artículos religiosos”.
“Posee también una interesante pinacoteca que incluye vitelas del memorable Luis de la Vega Lagarto, láminas de cobre de origen flamenco, un mosaico de arte plumario, lienzos atribuidos a los pintores novohispanos Juan Tinoco y Cristóbal de Villalpando, además de interesantes copias de autores europeos del siglo XIX. Sin dejar atrás la colección de porcelana europea y oriental; así como las lacas y relojes”.
Los números
En Pasión y coleccionismo (INAH, 2005) se especifica que José Luis Bello, heredó a su hijo Mariano (donador del museo al gobierno local) una colección de 82 cuadros, entre lo que se cuentan: Bodegón de Jules Pelletier; Los mendigos, Agustín Arrieta; La agonía de Cleopatra, Rafael Tejeo; San Luis Gonzaga, Andreas López; San Francisco de Asís, atribuido a Francisco de Zurbarán; y General Thomas Fairfax, atribuido a Anthony van Dyck.
De talavera poblana se registran un total de “480 piezas, de las cuales 10 tienen la firma del artesano; y destaca un platón policromado con la imagen de San Jorge firmado por el español Enrique Luis Ventosa, avecindado en México en el siglo XIX”.
Sobre la colección de vidrio del Museo José Luis Bello, no se presenta un número específico de piezas, sólo se refiere que datan del siglo XVIII (la mayor parte) al XX y son vasos, garrafas, candeleros, platos y jarras, producidos tanto en Puebla como en España (La Granja de San Ildefonso) y otros países europeos.
“La colección del hierros del museo abarca alrededor de 417 piezas, de los siglos XVI al XIX. En algunas de ellas se pueden ver los escudos de las órdenes religiosas. Atendiendo a sus formas y estilos, las piezas se distribuyen en chapas, llaves y hachas del siglo XVI; bocallaves, estribos, hebillas y espuelas del siglo XVII; tijeras, eslabones y cajas de seguridad del siglo XVIII; así como frenillos y espuelas del siglo XIX”, informa Yanes.
De plata hay alrededor de 163 piezas, de las cuales 110 son de uso religioso y “en el pasado tuvieron que pertenecer a iglesias, sacerdotes u órdenes”, se trata de: cálices, custodias, crucifijos, esculturas, relicarios, navetas, vinajeras, medallones, candeleros y faroles, “destaca por su belleza una custodia de plata repujada, cincelada y dorada a fuego...” De cobre existe un lote de 150 objetos de los siglos XVIII al XIX, algunos de uso doméstico como las jarras chocolateras que “debieron pertenecer a los conventos”.
La colección de porcelana oriental abarca un total de 237 piezas. La colección de marfiles incluye 69 obras: “destacan imágenes religiosas cristianas, como una Purísima Concepción, la virgen María con el niño en brazos o un tríptico con la adoración de Los Reyes al niño Jesús”.
Yanes documenta: “La colección Bello posee gran cantidad de piezas: casullas, bordados, esculturas y mobiliarios que antes pertenecieron a órdenes religiosas, e incluso a la catedral; se presume, por ejemplo, que la magnífica obra de arte plumario San Francisco de Padua proviene del ochavo de la catedral, dada su gran semejanza con una de las piezas que hasta la fecha ahí se conservan”.
Una de las piezas que más polémica causó en 1999, un debate si debía o no moverse del Museo Bello, fue un órgano tubular del siglo XVIII, que ahora se sabe, pertenecía originalmente al templo de Santa Rosa.