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Lunes, 31 de marzo de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Deportes
 
 

 TAUROMAQUIA 

El Relicario: cuenta regresiva

 
Alcalino

La novillada del viernes bien puede tomarse como el inicio de una temporada de importancia singular para Puebla y su plaza de toros. Y es que, aunque quizá muchos lo hayan olvidado ya, el coso del Cerro se estrenó un 19 de noviembre de 1988, y por tanto estamos a menos de ocho meses de la fecha en que cumplirá sus primeros 20 años de vida. Y veinte años no son cualquier cosa, como sin duda revelará el recuento histórico que esta columna tiene en preparación con el fin de irlo desgranando aquí semana a semana.

Segunda generación. Los tres jóvenes que partieron plaza la noche del viernes no habían nacido aún cuando David Silveti, Jorge Gutiérrez y Vicente Ruiz El Soro hicieron lo propio una limpia tarde de noviembre, en punto de las cuatro y en el marco de una plaza llena de público, expectación y bullicio, en la cual ocupaban localidad personajes de la talla de El Soldado, Calesero o Pepe Alameda, ilustres desaparecidos los tres como el mismo David, en tanto El Soro ha pasado por un duro calvario a partir de la grave lesión de rodilla que lo retiró de la brega hace ya tres lustros largos. Ese día la televisión estuvo también presente como reflejo del interés nacional que había suscitado la efeméride. Las cámaras pertenecían a Imevisión, que aún no perdía el nombre ni había sido privatizada. Recuerdo que mientras buscaba mi localidad, a eso de las tres y media, pude percatarme que una aplanadora continuaba apisonando la arena, cuyas irregularidades obligarían a Silveti a prescindir de las zapatillas en determinado momento de la lidia.

Sensibles diferencias. Esa tarde, la corrida transcurrió interesante, con los de Reyes Huerta haciendo honor a su buena casta y David particularmente inspirado. Así aprovechó la nobleza del primero –“Fundador”, número 96, 475 kilos–, que embestía bien pero duró poco, en faena medida y torera que, bien rematada con el acero, le valió al hijo del Tigrillo la primera oreja que se otorgaba en el flamante coso. Otra le cortaría a “Toda una Vida” (90/485), animal de mayor presencia y casta al que David aguantó, domeñó y toreó estupendamente, aunque aún sin ese sello imperial que caracterizaría su arte en años posteriores. Certer con la espada, otra vez salieron los pañuelos en solicitud de la oreja que el juez de plaza otorgó, reconociendo tanto la nutrida petición como la excelente calidad de la faena. Sin duda más recia de contenido y méritos que las que motivan las fáciles orejas de hogaño, dicho sea sin demérito de las cuatro generosamente concedidas el viernes al Poeta de Tijuana, cuya incipiente personalidad torera podría malograrse si no atiende a mejorar su técnica y pulir sus procedimientos, demasiado rupestres por ahora aunque el público sencillo le celebre todo. No. Decididamente, aquel par de faenas de David sobre el recién estrenado albero, sin ser de clamor, tuvieron incomparablemente más solidez y contenido que el alegre retozo de Manuel Juárez ante los boyantes utreros de El Vergel corridos el viernes ante una concurrencia inferior en todo sentido, también en número, a la de aquella lejana tarde.

Presencia hispana. Como el fin de semana recién ido, al inaugurarse El Relicario alternó, con dos espadas mexicanos, un torero español. Sólo que mientras Vicente Ruiz –valenciano de la región de Xátiva– se caracterizaba por lo bullicioso de su toreo y unos espectaculares segundos tercios –las banderillas marcarían su momento cumbre con “Cochero”, el mejor del sexteto de Reyes Huerta–, Jairo Miguel se distingue por la finura de su estilo, quizá demasiado fácil y fluido para el grueso paladar de los espectadores contemporáneos, herederos excesivamente exaltados y algo ingenuos de la afición poblana de veinte años atrás, que se comportó infinitamente más serena, contenida y atenta, pese a los 14 años sin plaza de toros fija que separaban la deplorable demolición de El Toreo de Puebla del esperanzado estreno del coso del Cerro, que ni en sueños se podía equiparar al amplio, sólido y añorado coliseo de la 9 Poniente, desaparecido a golpe de picota en abril del 74.

Lo que pasó en el medio. Entre una y otra fecha –19 de noviembre de 1988 y 28 de marzo del año en curso–, El Relicario ha conocido todos los grados de la felicidad y la frustración, como es normal en toda plaza de toros. También de la incertidumbre, inseparable compañera de un viaje que, al volver la vista atrás, nos parece hoy rico en sucesos, matices e incidentes. Como la memoria es sabia, confiemos en que el recorrido en retrospectiva que Tauromaquia está iniciando nos reserve lo mejor y más grato de esa vida que, en términos humanos, abarca ya una generación completa. Joven aún pero en pleno goce de su mayoría de edad, nuestra plaza ha pasado por distintas manos, aclamado a héroes de muy diversificado talante y lamentado no pocos sinsabores a lo largo de sus 20 años de historia. A un promedio próximo a los 12 festejos anuales –rebajado hasta esa cifra por algunos lapsos en que desacuerdos, ambiciones y protagonismos varios la mantuvieron cerrada, y también por un claro descenso de actividad en los últimos tiempos–, resultaría que hemos presenciado en su arena cerca de 250 festejos entre corridas de toros, novilladas, corridas de rejones y festivales. De esa cifra se deduce millar y medio de reses sacrificadas por algo menos de un centenar de espadas de alternativa, siete docenas de novilleros y unos diez rejoneadores. De las 14 alternativas otorgadas, Rafael Ortega (23.12.90) y El Zapata (11.05.96) son los espadas doctorados en Puebla que mayor trascendencia han alcanzado.

Aviso para navegantes. Naturalmente, en este viaje al cual estamos invitando al lector tendrá un lugar destacado la estadística. Pero ojo, porque los números importan pero sólo cuando no remiten al sinsentido. Así como no pueden ser equiparables las dos orejas de David a las cuatro del Poeta, tampoco hay que dar un valor absoluto a las abundantes cifras a que veinte años de toros necesariamente dan lugar. Que se hayan registrado en El Relicario exactamente ocho indultos no significa que ésos hayan sido los ocho animales más bravos, enrazados y nobles que Puebla vio a lo largo de las dos últimas décadas. Y ni hablar de la alegre repartición de rabos y orejas a que ha dado lugar cada nueva actuación de Eloy y cofrades, creador y partícipes de una atmósfera tan propensa a la euforia gratuita como alejada del verdadero arte de torear. Por el contrario, los verbos ponderar, analizar y jerarquizar tendrán un peso necesariamente superior al de las cifras de la estadística. Muy válida desde luego, pero sin autoridad para decidir por sí misma la importancia real de hechos y autores.

 
 
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