I
“Why does my heart feel so bad / why does my soul feel so bad”, se pregunta Moby en la canción del mismo título, incluida en el disco Play, exploración electrónica que tiene como eje rector a la tristeza en una de sus formas más avejentadas: la melancolía.
La bilis negra, como se llamó a este estado del alma en la Antigüedad, no se ha ido. Se mantiene aquí, a nuestro lado, batiendo el aire con sus alas grises, como aquel ángel de Durero. Sin cambiar mucho de maquillaje, se ha instalado cómodamente en las urbes. Planea sobre la cabeza de las multitudes que se apelotonan en el metro, en un concierto, en una reunión de emos o de darks, o en un partido de fútbol. Aguarda, espera su turno. Tras la euforia de la masa humana acecha la tristeza negra.
(De vuelta a nuestra individualidad, nos acompaña cuando manipulamos frenéticamente el control remoto o cuando estamos sin estar, sumidos en el tedio de la rutina nuestra de todos los días.)
A diferencia de la angustia, donde no se sabe a dónde apuntar las baterías del miedo, porque el causante es un fantasma, la melancolía nos sume en la tristeza por un exceso de lucidez: sabemos la distancia que nos separa de la felicidad. Modernos Tántalos que por más que estiramos el brazo, el fruto se nos escurre con su líquida y fantasmagórica consistencia. La búsqueda de la felicidad es un asunto triste.
II
Nuestros días son ciclotímicos: las electrocardiografías del alma oscilan entre el optimismo de plástico de las boy bands y la genial impostura de Marilyn Manson. Para enfrentar la tristeza oscura que planea sobre las grandes urbes, nos queda el paraíso sintético de las drogas de diseño: éxtasis puramente químico: ahora sabemos con certeza que Dios existe y su espíritu aletea en una fórmula cristalina.
La manera de resolver la tristeza en la megalópolis suele transitar por el carril euforizante, y aunque es cierto que en ese sentido tampoco somos originales, lo novedoso radica en la artificialidad, en el deseo de apartarse de la naturaleza para entrar en los terrenos ocultos, desbrozados por la ciencia. Paraísos artificiales por partida doble.
Siendo el nuestro el siglo del desarraigo, la melancolía se expresa en la imagen de desamparo de Bill Murray con pantuflas y bata, escena magistral de ese himno a la soledad y la esperanza que es Lost in Translation, de Sofia Coppola; el personaje proyecta la tristeza, sentado en la cama de un hipertecnologizado hotel de Tokio, ciudad que expresa una de las tantas contradicciones culturales de nuestros tiempos.
(Japón es un edificio inteligente enraizado en un cerezo. Nuevamente, la dicotomía del dragón: tradición y modernidad dándose dentelladas, en un abrazo bendito por la historia.)
Solos entre tantísima gente, clamamos por un poco de cariño, a la manera de Patrick Bateman, el psicópata americano que (potencialmente) todos llevamos dentro. Niño perdido deviene en adulto irredento. También nos da por exorcizar el asunto por el lado irónico, a la manera de Daria y su mundo enfermo y triste: Lolitas a la inversa, vestidas con botas de obrero y empeñadas en hacerse ver lo más horribles posible.
(La melancolía también ha servido como verbal conejillo de Indias al espíritu de Billy Corgan, que juega con la plasticidad sonora de la palabra para adaptarla como título de una de las obras musicales más densas de la década pasada: el Mellon Collie and the infinite sadness, obra que destila bilis negra en cada uno de sus tracks.)
Sin embargo, hace tiempo que quedó atrás la melancolía teñida de rabia y con aroma a espíritu adolescente. La doble incógnita del siglo XX se despejó y resolvió a punta de bombas: hay muy poco espacio hacia dónde moverse en nuestros días.
Como ha ocurrido con otros términos (como política, cultura, ironía y un tortuoso etcétera), la melancolía se ha intoxicado de significados ajenos a su arbitraria naturaleza semántica original. Suele identificarse con tristeza, abatimiento, desconsuelo, congoja, desolación, entro otros gazapos. Lo cierto es que su definición radica en su etiología: uno de los paisajes del alma más profundos.
(En el caso de la melancolía en la megalópolis hay un cuadrilátero virtual con esquinas en el dolor físico, el dolor moral producido por la vacuidad de la vida, la patología social y la patología orgánica. Suele ocurrir que la melancolía profunda se resuelva por la vía del suicidio.)
Cierro la puerta del desamparo recuperando las palabras de Wordsworth a propósito de la urbe industrial que se perfilaba en el amanecer del siglo XIX: “Entre los lugares próximos y congestionados de las ciudades, donde el corazón humano está enfermo”, ahí aletea el ángel de la melancolía.
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