Los indignados
Esa actitud de santa indignación mostrada por Cuauhtémoc Cárdenas ante lo que ocurre en la elección del dirigente nacional del PRD, muchos ciudadanos la hubiéramos querido ver en el proceso electoral de 2006. Ese si fue un fraude monumental y, ante las manos sucias del poder metidas en el proceso, Cárdenas guardó discreto silencio, hizo mutis. dirían los clásicos del teatro español, pero aceptó gustoso ser funcionario menor del foxismo.
Lo mismo ocurre con los conductores de los noticiarios de Televisa y TVAzteca. Ahora resulta que todos está muy preocupados por lo que pasa en el PRD y le dedican mucho tiempo a mostrar que el proceso electoral perredista es un asco –bueno hasta Camilo Valenzuela, que según rumores también fue candidato a la dirigencia nacional de ese partido, ha tenido sus cinco minutos de fama apareciendo en pantalla para denunciar lo desaseado del proceso electoral–; sin embargo, a esos locutores jamás los vimos tan indignados en aquel 2006 cuando impunemente se burló la voluntad de millones de mexicanos. De eso sí nunca dijeron nada y, hoy, hipócritamente se rasgan las vestiduras y hasta se indignan porque la izquierda –que la verdad nunca les ha interesado si no es para denostarla– no encuentra caminos de solución a sus conflictos electorales y sabiamente concluyen: “el país necesita de una izquierda sensata, que dialogue con el poder para que México avance”. Y ahí esta el secreto. La resistencia civil pacífica encabezada por Andrés Manuel López Obrador, es hoy por hoy el principal obstáculo que encuentran los tecnócratas neoliberales para cumplir sus propósitos, por ejemplo el de entregar al capital privado los recursos energéticos. (Una digresión. Según los neoliberales del gobierno calderonista y sus intelectuales orgánicos, López Doriga y Adela Micha entre los más destacados, sólo la inversión extranjera puede salvar a Pemex, y quien se oponga a esta especie de dogma de fe se opone al avance de México, lo cual no deja de ser un abuso y parte de las perversas secuelas de la guerra sucia emprendida desde 2004 en contra del movimiento social.)
Una izquierda sensata, en cambio, estaría en la mejor disposición de negociar con Calderón para decirle, palabras más palabras menos, lo siguiente: “Esta bien, aceptamos la entrada de la inversión privada en la exploración y extracción el petróleo y que esa inversión tenga ganancias –con inteligencia reflexionaría el argumento esta izquierda sensata–, pues quien invierte en petróleo lo hace para obtener la renta que deja su explotación y es justo que la obtenga; pero eso sí –diría con firmeza la izquierda invadida de evidente sensatez– el petróleo debe seguir siendo de la nación”.
Una izquierda así, modosita –para no salirnos del lugar común– como la española de Zapatero, le urge a Calderón, pues cree que con eso podrá lograr lo que los ciudadanos le negaron en las urnas: legitimar su gobierno.
¿De qué sirve un gobierno así?
¿Cómo se debe llamar a un gobierno que se pasma cuando se asesina villanamente a cuatro jóvenes nacidos en el país que dice gobernar?
Resulta que cinco jóvenes mexicanos van a Ecuador, país al que entran legalmente y que no está en guerra con otro país, ni tiene conflicto bélico interno. De Quito, la capital, se trasladan a una parte del territorio ecuatoriano. Ninguno de ellos porta armas, ni las necesitaban ¿para qué?
En la madrugada del 1 de marzo, esos jóvenes junto con otras 24 personas que dormían en un campamento de las FARC, fueron alevosamente masacrados mediante un operativo del ejército colombiano, que en el marco del “Plan Colombia” desde hace tiempo recibe asesoría militar estadounidense. El campamento fue bombardeado desde territorio colombiano; pero eso no fue todo, concluido el bombardeo los soldados colombianos tuvieron que penetrar casi dos kilómetros en territorio ecuatoriano para llegar al campamento de las FARC y concluir la tarea iniciada con el bombardeo: asesinar a los sobrevivientes y llevarse tres cadáveres de quienes suponían los líderes. El bombardeo y la incursión militar violaron la soberanía nacional de Ecuador y eso ya es condenable. Pero ahora que el ministro de Defensa colombiano, cínicamente afirma que ese operativo fue “un acto legítimo de guerra”, lo que pone en riesgo la soberanía de todos los países de la región hasta los cuales pueden llegar esos “actos legítimos”.
En el ataque murieron cuatro jóvenes mexicanos y una más resultó herida de gravedad. Sin embargo, ante este crimen, absurdo, injusto, indignante nada ha dicho el gobierno de Calderón que con el argumento de investigar que hacían esos mexicanos allá guarda silencio y no quiere condenar al gobierno de Álvaro Uribe. Los hechos son contundentes, los jóvenes mexicanos fueron asesinados arteramente por un ejército que invadió el país que visitaban. Eso es suficiente para condenar a los agresores y exigir se aplique la ley para castigar a los responsables intelectuales y materiales de los crímenes. Esa sería una actitud digna que Calderón no parece dispuesto a asumir.