De manera reciente fue establecido por la iglesia católica una nueva serie de pecados sociales, entre los cuales se encuentra la contaminación ambiental; sin embargo, lejos de establecer la banalidad con la que fue tratado este tema en la televisión nacional o caer en la posición de que es un castigo divino, como es tratado por algunos grupos, considero que en sí mismo este planteamiento conlleva un doble reto.
El primero es el de la propia iglesia, ya que desde su concepto mismo ha establecido una visión antropocéntrica en la relación con la naturaleza, en una separación entre el ser humano y la naturaleza. Es más, una interpretación literal del Génesis establece no sólo esta separación, sino que la naturaleza misma se encuentra al servicio del hombre: “Crezcan y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla, dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra Y añadió: Les entregó todas las plantas que existen sobre la tierra y tienen semillas para ser sembradas y todos los árboles que producen frutos con sus semillas les servirán de alimento” (Gn2, 15).
Esta visión utilitarista de la naturaleza se profundizó cuando Descartes y las revoluciones científicas establecieron las bases para una oposición entre razón y naturaleza, es decir, mediante la razón era como podíamos liberarnos de las determinaciones de la naturaleza.
Para Víctor Seidler en La sin razón masculina, la visión de racionalidad y de dominio sobre la naturaleza que las culturas occidentales arrastraban, se estableció como una visión de superioridad en la modernidad y contribuyó a organizar las relaciones con otras culturas. “Crea su propia superioridad tácita conforme aprendemos a apropiarnos de la razón y de la ciencia como algo nuestro”. Funcionó para legitimar el colonialismo, así como para hacer que otros, por ser más cercanos, parecieran inferiores a los ojos de occidente.
La cultura occidental va generando todo un proceso histórico a lo largo de siglos en donde rompen su relación con la tierra y la naturaleza, que culmina al convertirla en una mercancía, que como cualquier otra –y hasta el ser humano mismo– se puede comprar y vender en el marco de una economía capitalista de mercado. Agua, aire, tierra y la vida misma de cualquier ser, empiezan a carecer de significado para convertirse en algo, que cualquiera pude utilizar. Un río, por ejemplo, ya no tiene valor ni significado, más que el que la gente como valor de uso y de cambio quiera darle, y es utilizado como drenaje.
Esto fue llevado hasta las separaciones y negaciones que fueron parte y llevadas al extremo de la herencia protestante europea, Seidler señala al respecto: “así no somos nuestra naturaleza, pues esta es mala y puede descarriarnos. Tampoco somos nuestro cuerpo, con el que sostenemos una relación exteriorizada, pues también forma parte de la naturaleza. Aprendemos a disminuir y desdeñar esas partes de nosotros mismos práctica y teóricamente, y hacemos todo lo posible para construir y sostener nuestra identidad independientemente de ellas”.
El segundo reto es romper la idea del aprendizaje como un nivel de conciencia, ya que si somos naturaleza, es necesario tener una relación de transversalidad con ella, Francisco Gutiérrez y Cruz Prado, hablan sobre el concepto de ecopedagogía, como un proceso de relación entre sociedad–naturaleza, en donde se originó la preocupación en el sentido de la vida cotidiana como un aprendizaje continuo de interrelaciones. Para ellos, la formación está ligada al espacio y tiempo en la que se realizan concretamente las relaciones entre el ser humano y el medio ambiente, en donde concluyen que estas relaciones se encuentran sobre todo a nivel de sensibilidad del individuo, mucho más que a nivel de la conciencia.
A este proceso de reaprendizaje Moacir Gadotti lo establece como una pedagogía de la tierra, y lo considera una situación esencial de cambio. Es romper con la idea que arrastramos de siglos de que el ser humano es la instancia única, constituyendo una más modesta en donde el hombre es parte de la naturaleza, de lo contrario y como lo señala Leonardo Boff, la tierra continuará solamente siendo considerada como el espacio de nuestro sustento y del dominio técnico–tecnológico, objeto de nuestras investigaciones, ensayos y, algunas veces, de nuestra contemplación. Pero no será el espacio de vida, el espacio de nuestro abrigo, su “cuidado”.