Desde hace días, y hasta ayer, hemos cenado, desayunado y comido con noticias acerca de las manifestaciones violentas de intolerancia que se han dado en Querétaro y en la ciudad de México, hacia muchachos y también muchachas que se identifican como Emos (de emocional, dicen ellas y ellos), y también entre Emos y otros grupos de jóvenes que se identifican como Punketos y Darketos. Unos, en Querétaro, atacan a los Emos para desalojarlos de la plaza pública donde se reunían, y unos y otros, en la ciudad de México, se atacan para desalojarse de la glorieta del metro Insurgentes.
Las televisoras nacionales, y también las redes de radio que alcanzan a casi todas las ciudades del país, hacen su agosto dedicando largos ratos de sus noticieros a difundir estas agresiones, y también a prevenir a jóvenes y padres de familia, así como a las autoridades, sobre la violencia que puede generar el descuido social y educativo del que son objeto jóvenes y adolescentes en México. Pero nadie, al menos hasta las noticias de ayer, comenta acerca del por qué de estas manifestaciones agresivas.
Y como siempre, la realidad nos sorprende y las tensiones se revientan por donde menos lo espera uno. Y entonces, víctimas de la difusión, padres y madres de familia nos asustamos, las autoridades nos llaman la atención acerca del seguimiento que damos a nuestros hijos e hijas, y empezamos con las prohibiciones de ir a esos lugares por lo pronto, y con las amenazas de represiones peluqueras y peinados más decentes, de corte y quema de ropas que identifiquen a las y los jóvenes como de una tendencia o de otra, y volvemos a la revisión exhaustiva de boletas de calificaciones y asistencias a la escuela, y a misa, al templo, al servicio o a la celebración religiosa que más nos convenza o convenga. Pero, otra vez, casi nadie se preocupa por ir más allá del control físico de las manifestaciones violentas, por buscar sus causas.
Porque, además, la intolerancia para nada es nueva en México. Hoy nos asusta y hasta nos duele que muchachos y muchachas se lastimen, se líen a golpes y se avienten con todo lo que tengan a la mano. Nos lastima mucho que las y los jóvenes sean manipulados por llamamientos intolerantes y se arrojen en masa sobre pequeños grupos que no hacen más que estar en la plaza; o que, ya como bloques, se enfrenten unos a otros sin tener una razón clara del por qué están respondiendo a ese llamado, de qué los lleva a enojarse y a golpear a las y los otros en la vía pública.
Pero en México, muchas veces se ha roto el respeto a las ideas, a las creencias, las aspiraciones o las prácticas de las y los demás cuando son diferentes o contrarias a las nuestras. Las personas mayores podrán recordar todavía las arengas de católicos fanáticos en contra de las ideas socialistas de la educación en los años treinta, y las diatribas de fanáticos socialistas en contra de practicantes comunes de cualquier religión antigua. Los medianos, nos acordaremos de diferentes momentos en que muchos hombres y mujeres se enfrentaron, entre los años sesenta y los ochenta todavía, unos a favor de la paz y otros de la guerra, unos a favor de un cambio en las estructuras de poder y dominación y otros a favor de mantener al pueblo reprimido y avasallado aunque fuera a costa de la represión militar, el asesinato, la desaparición y el encarcelamiento político. Y estos tres últimos: asesinato–desaparición–encarcelamiento político, que se han mantenido hasta nuestros días impunes en muchas regiones del país. Y algunos jóvenes deben tener frescas todavía las manifestaciones de intolerancia (desprecio, represión, asesinatos, encarcelamientos, desapariciones) que han generado las acciones de los pueblos indígenas del país, cuando no han hecho más que manifestar su deseo de vivir de manera diferente a la nuestra, y de hacer valer sus derechos como pueblos.
Pero ahora, ¿qué pasa con estos jóvenes urbanos que se atacan unos a otros? Podría hablarse de fanatismo si las y los jóvenes, tanto agresores como agredidos, pudieran dar cuenta de su por qué, pero hasta ahora ninguno ha podido hacerlo. ¿Entonces qué? Al parecer la sinrazón que provoca un sistema económico como el que se nos impone actualmente, que cada vez hace más pobres a las personas, ya nos alcanzó. Esta sinrazón, claro, se expresa en intolerancia violenta, y nos empuja hacia la autodestrucción como pueblo. Estas manifestaciones violentas son expresión de la frustración, angustia y desesperación de la gran mayoría de las y los jóvenes que, estudien mucho o no, se vistan modestamente o no, se corten el pelo o no, practiquen alguna religión o no, tienen solamente como alternativa a futuro la esclavitud en la maquila, en la venta casa por casa, en el acomodo de anaqueles o el mostrador de una tienda, o en los Estados Unidos.
Cuando a la sociedad se le arranca el sentido de construcción, cuando se le arrebata las posibilidades de imaginar mejores horizontes, porque si lo hace corre el riego de no comer al día siguiente, o se le engaña con la ilusión de bonanzas futuras… entonces la frustración busca canales para expresarse, hasta que llega a la violencia como ahora lo estamos viendo.
* Centro Fray Julián Garcés.