Ayer se cumplieron 70 años de la expropiación petrolera y por toda la geografía nacional se efectuaron actos de rememoración, de exaltación, de reafirmación, de refrendo de la voluntad nacionalista expresada por el presidente Cárdenas en 1938. Y como bien lo expresara la caricatura del diario Reforma del día 18, los distintos protagonistas –todos políticos, por supuesto– se disputaron la propiedad del cadáver insepulto del Tata Lázaro. Lo mismo su hijo Cuauhtémoc, que el presidente Espurio o el presidente Legítimo, todos aseguraron ser los herederos verdaderos, sus seguidores fieles, los continuadores de su doctrina política, de sus valores y de su determinación.
Por igual, los representantes de un partido, ahora en el poder, que lo denostó durante decenios y que en su tiempo se opuso férreamente a sus doctrinas “socialistas” que aquellos que lo obligaron a abandonar su partido, aquel que lo llevó a la presidencia. Y que no se nos olvide que la educación “socialista”, las modificaciones al artículo 3º, las escuelas para hijos de los trabajadores, las normales rurales, y toda la secuela cardenista que ahora dicen abrazar apasionados. Se iniciaron precisamente en aquella época. Y que ésta concluyó cuando el general fundara el Movimiento de Liberación Nacional para oponerse a los gobiernos priistas y al imperialismo norteamericano, entre 1960 y 1965, para concluir con su “arraigo” casi (o sin el casi) forzoso durante el gobierno de Díaz Ordaz, en ocasión de un pretendido viaje del expresidente a la isla de Cuba durante el clímax de la tensión política de ese país con el gobierno de los E.U.
Imposible desligar toda la actividad política cardenista de la expropiación petrolera. Ésta forma un todo con lo antes mencionado y con la activación de la Reforma Agraria y el reparto de tierras emprendido por el general, el Tata, durante su gobierno. Acaso ahora el PAN exalta la memoria de los “agraristas”, de los sucesores de los maestros rurales desorejados durante la guerra cristera. Nomás eso nos faltaba. Porque esos, eran cardenistas.
¿Estaremos viviendo una reedición del actual “comunismo chino” en nuestro territorio? Porque, en la práctica, en los hechos, que irremediablemente reflejan la forma de pensar, ninguno de los que ayer presidieron los actos conmemorativos de la expropiación comulga con el resto del bagaje ideológico cardenista. ¿O es que pretenden adueñarse de un acto únicamente y desligarlo del todo? De ser así, considero que lo mejor para el interés nacional sería efectuar una revaloración crítica del periodo cardenista, de cara a la sociedad y a la luz de los hechos actuales, de lo que sucede en el inicio del siglo XXI y no la utilización maniquea e hipócrita de esa bandera para llevar agua a los molinos de protagonistas políticos de todos los colores. Por unos supuestos cardenistas, tan cardenistas, como comunistas son los actuales dirigentes chinos.
Tal vez el más sincero –sincero y genuino dentro de su amoralidad plena– haya sido el líder petrolero Romero Deschamps quien espetó tajante, sentenciosamente, que el país, (o el gremio que representa, o la administración del negocio que comparte con el gobierno y los políticos mexicanos) no necesita de nuevos redentores o de antiguos protagonistas ávidos de reflectores y de poder. O sea, para los buenos entendedores, aquí nomás mis chicharrones truenan y ni se les ocurra querer cambiar el actual estado de las cosas. Ni los antiguos cardenistas revividos por las circunstancias, ni los neo–cardenistas ávidos de reconocimiento popular. El petróleo es de quien lo trabaja. De los petroleros y los políticos, pues mientras tanto la nación observa como se reparten las ganancias de la riqueza que –según López Velarde– nos escrituró el mismísimo diablo. Ese que seguramente habita el infierno recreado por ahora por Benedicto XVI.
Porque para infierno, seguramente podríamos describir como ilustración oportuna el que viven cotidianamente los ¿10, 20, 30 millones? de mexicanos que, a un siglo de la revolución, y a 70 de la expropiación, no se han enterado de que también son dueños del petróleo, tal vez porque aunque no disfrutan todavía de los jugosos beneficios que protegen y enriquecen al gremio petrolero, a sus dirigentes, y a quienes han sido designados por los sucesivos gobiernos como administradores del oro negro. ¿Y como convencerlos de que son co–propietarios, socios de una empresa tan productiva, si carecen de maestros, de escuelas, de médicos, de clínicas, de medicinas, de caminos, de comunicaciones, y que su miseria es comparada ya con la de los pueblos africanos que han carecido de tan vasta riqueza y de los beneficios de una Revolución como la Mexicana, la primera del Siglo XX? Para ellos, 70 años después de la expropiación, su única esperanza es la de encontrar un empleo mal pagado allá en la tierra de los odiosos yanquis, aquellos a quienes arrebató Cárdenas nuestro petróleo; su única esperanza radica en irse allá, a la cuna del imperialismo que tan ferozmente combaten mediante fogosa oratoria –seguida de abundantes libaciones, faltaba más– los próceres del neo–conservadurismo mexicano, empeñados afanosamente en que nada cambie en nuestro país. Porque cualquier cambio puede poner en riesgo sus privilegios.
Y es que esos millones de mexicanos desnaturalizados serían capaces hasta de vender sus acciones de Pemex con tal de poder pagar a un “pollero” que los cruce al otro lado de la frontera... y unirse a otros 11 millones de “accionistas” que ya se les adelantaron.
Ningún otro país ha expulsado a una proporción mayor de sus ciudadanos. Y eso que son “dueños” del petróleo. Bueno, por lo menos eso les han dicho durante 70 años.
Y mientras tanto seguiremos observando, pasivamente, sin esperanza alguna, como se continúa simulando que se defiende a la patria amenazada, a los valores de la Revolución, a la sagrada Soberanía Nacional, y a cualquier otro pretexto que sirva para preservar los intereses y conservar los privilegios de una ya muy longeva casta de políticos enriquecidos sin medida al amparo de la corrupción y de la impunidad, asociados ahora con empresarios avorazados y abusivos.
Y que ahora parecen intercambiar con éxito sus respectivos papeles pasando sin recato de lo público a lo privado, olvidados ya totalmente aquellos lemas que se referían a la justicia social, a la distribución más equitativa de la riqueza, ideales ya arrumbados de una revolución que ya no se exalta ni siquiera en el papel, y cuyo único líder victorioso, Cárdenas, sirve actualmente como estandarte... para conservar el sagrado statu quo.