La gira interminable recorrerá Latinoamérica, y Bob Dylan la empezó con presentaciones en la ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Se trató de un acontecimiento musical histórico, sorpresivo e iluminador para todos los que alcanzamos boletos para presenciar sus conciertos y también para los medios masivos y alternativos de comunicación, así como para los fieles melómanos que siempre han preferido las canciones por arriba del hombre. Se ha dicho y escrito mucho –apasionadamente– sobre el impacto que causaron él y sus conciertos. Para acercarse al monstruo les recomiendo el documental de Martin Scorsese, No Direction Home: Bob Dylan. El documental narra la odisea de un hombre que nació muy lejos de casa y probablemente hasta de padres equivocados. El lente de Scorsese enfoca a Dylan con distancia y nos retrata al hombre y al músico fríamente, con todas sus contradicciones. En su autobiografía, mientras tanto, Dylan se presenta y se retrata como él decide que quiere ser percibido. Dylan vive desafiando cualquier clasificación o definición que sus fans o los medios de comunicación le endilgan. Por ejemplo, él no se considera vocero ni de una generación ni de nadie. No permite que nadie le etiquete ni le imponga un mote, porque para él eso sería renunciar a su libertad artística. Por otro lado, sin pizca de humildad y con una sonrisa irónica, arrancó sus conciertos en México, cómodo y alegre en el escenario, mientras una voz en off, en inglés, lo anunciaba como: “... el poeta laureado del rock’ n roll. La voz de la promesa de la contracultura de los 60. El tipo que obligó al folk a meterse en la cama con el rock. El que usó maquillaje en los 70 y desapareció en la bruma del abuso de sustancias. El que resurgió y se encontró con Jesús. El que fue declarado pasado de moda a finales de los 80, y que de repente cambio de dirección, lanzando a principio de los 90 la música más impresionante de su carrera...”. Dylan ha dicho: “Soy el dueño del los 60. ¿Quién me lo puede discutir? Si lo quieres así, te lo doy, te lo puedo dar”, demostrando su postura encontrada entre cómo lo percibe el mundo y cómo quiere él ser interpretado, o más bien cómo medio le vale madres cualquier explicación que hagamos de él.
Se ha hablado mucho de Dylan, y esta es mi experiencia personal. Cada concierto de Bob Dylan ha sido para mí un happening diferente y único. Es un músico en constante movimiento, físico y mental, involucrado en una gira continua que inició en 1988 y que no tiene fecha para terminar. Yo tenía 14 años cuando mis padres me llevaron de Puebla al Palacio de los Deportes para asistir a mi primer concierto de Dylan. ¡Mi primer concierto de rock de a de veras! Esa noche descubrí el poder de esta música rebelde, o sea del rock, al ser amplificada en vivo y me percaté de que en muchos sentidos se oía más impactante que al ser reproducida, aunque fuera a todo volumen, por medio de los audífonos de mi walkman de cassette. ¡No hay nada mejor que escuchar una buena banda tocando en vivo! El pilón, la cereza en la cima del sundae, fue que escuhé por primera vez a los sabrosísimos Lobos de East LA, los encargados esa noche de abrir el toquín. La segunda ocasión que estuve en un concierto de Dylan fue en el festival de Glastonbury en Inglaterra, poco tiempo después de que salió el cd Time out of mind, probablemente mi disco favorito del señor. Fue un alucín escuchar esa nueva etapa de su carrera discográfica en vivo, y lo viví con miles de personas que lo idolatraban. En Glastonbury me regalaron impresos sobre el Culto de las 12 Comunidades, religión en la cual Bob Dylan es un profeta. Quizás sea lo último que busca Dylan, pero él y su música provocan fanatismo. En esta reciente visita a la ciudad de México, Dylan nos sorprendió a todos en el Auditorio Nacional. Más que versionar sus canciones, las reescribió con la estética del blues sureño. La mayoría de los presentes no reconoció canciones icónicas como Like a rolling stone hasta que escucharon la letra del coro. La estructura del blues es flexible, y le da a Dylan y a su banda la posibilidad de interpretar una nueva canción en cada concierto aunque la letra sea la de Blowing in the wind.