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Viernes, 14 de marzo de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 ENTREPANES  

Necesidad imperante

 
Alejandra Fonseca

Necesidad imperante. Desde hace tiempo. No sabe si la sufre. O la disfruta. Aprendió a gozar el dolor. Lleva años. Y no cambia. Ni cambiará.

Es joven. Nadie la ve. Su cuerpo respira energía. Su alma, cansancio. Fingida alegría ronda su mundo. Tristeza profunda la acompaña. Perennemente. Pocas veces sonríe. Muchas, llora. Sin lágrimas. No está permitido.

El color de su piel. Blanca. Contrasta con vestimenta. Negra. Cabello sedoso. Castaño. Extenso. Copioso. Escondido. Túnica larga. Del tamaño del suplicio. Zapato bajo. Humilde. Cinturón de lazo. Rosario colgante. Mirada desconsolada. Dispar con palabras dulces. Tiernas. Respiración entrecortada. Llanto franco. Silencio externo. Alarido interno. Calla por obediencia. Grita por rebeldía. Ahoga sus gritos. Susurra en su mente.

No duerme. Mira fijamente el techo. Desea. Cierra los ojos. Lo mira. Al hombre. Desnudo. Con ansias de sentir–lo. De tocar–lo. ¡Prohibido! ¡Ni imaginar–lo!

Imagina. Ansía sentir. Acariciar. Transgredir. No puede. Está impedida. Su mundo pequeño. Vacío por dentro. Busca expresión. Requiere salida. La locura ronda su cuarto.

Claustro condenatorio. Sin poder salir. Busca pretexto. Lo encuentra. Recoger limosnas. En las iglesias. La superiora acepta. Pone condiciones. Miles. Ninguna suficiente para hacerla quedarse. Por fin, sale.

Cubierta de cuerpo y cabeza, con bolsa en mano, detiene la carrera. Y el ansia. La acompaña una hermana. Atraviesa el Claustro. Abre la puerta. La cierra a sus espaldas. ¡Por fin! ¡Aire libre!

La entregaron sus padres. A los 10 años. Al Claustro. Que no le faltaría nada. Dijeron. Tenía todo. Menos vida. Pasaron 14 años. Sin siquiera mirar la calle. Menos a la gente. Sintió miedo. Se dio valor. Preguntó dónde tomar el camión. La orientaron. Dio las gracias. Se dirigió. Hizo la parada.

Hora pico. Demasiada gente. Muy apretados. El chofer gritó: “¡Para atrás!”. La gente se movía. Restregándose una a la otra. Para obedecer. Subió. Sintió el empujón. La mano del muchacho. Venía detrás. Le gustó. Eran caricias. “¡Para atrás!”, repicó el chofer. El joven se pegó a ella. Se frotó. Rozó todo su cuerpo. Con el cuerpo suyo. Cerró los ojos. Suspiró obligada. No lo dejó pasar. Siguió al frente. Tapando el paso. Exigiendo Caricias. Roces. Apretujones. Frotadas...

Desde entonces, no falla. Va por limosnas. A las iglesias. Toma el mismo autobús. A la misma hora. Sube por delante. De cualquier hombre. Que la empuje. Que la frote. Que la roce. Que la obligue... a sentir.

 
 
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