Maldita la hora en que nos hicimos concientes de nuestra finitud, de nuestra condición temporal. No solamente porque empezamos a preocuparnos por la muerte, circunstancia que nos lleva a vivirla cien mil veces antes de enfrentarnos, inevitablemente, a la verdadera, la única.
Porque además nos hizo vulnerables, vulnerables para todos aquellos que aseguraban –y aseguran– contar con el poder para prever el futuro y, por supuesto, nuestra muerte. Esa, la nuestra, la que tanto nos preocupa. Videntes del futuro que, hasta donde estoy enterado, nunca han sido capaces de pronosticar el número ganador de la lotería, porque de serlo no andarían pidiendo una cantidad determinada, o “lo que sea su voluntad”, por pronosticar el futuro de los demás.
Y que afortunados son aquellos “seres inferiores” incapaces de intuir su muerte, ya sea próxima o lejana. ¿Se imaginan como sería el creciente sufrimiento de los pavos al acercarse la navidad? ¿O el de los salmones que se esfuerzan en nadar contracorriente para desovar, reproducirse y morir? ¿El de todas las presas próximas a ser devoradas por sus depredadores? Solamente nosotros vivimos angustiados por una muerte que es, además, inevitable.
E inclusive, a pesar de los grandes avances científicos y tecnológicos que nos permiten predecir tormentas, huracanes, y seguramente en fecha cercana también los terremotos, nos esforzamos por encontrar el significado de las oscuras predicciones, expresadas en más oscuras palabras, por “iluminados” del más lejano pasado, como Nostradamus. ¿Y por qué razón podría Nostradamus, –o cualquier otro– contar con capacidades para ver el futuro? Si no sabemos siquiera si el futuro existe. Porque de existir tendría, inevitablemente, que estar almacenado en algún sitio. Sitio donde seguramente estaría también almacenado el pasado. ¿Absurdo, verdad? ¿Por qué razón podrían haber sido capaces de pronosticar más allá de lo que podemos hacer exitosamente en la actualidad?
Sin embargo, y desde que el día en que el ser humano se convirtió en eso que se ha denominado homo “sapiens”, algunos de sus semejantes se han proclamado como poseedores de esa capacidad. Y han lucrado con ella.
Sabemos de los grandes hombres, dictadores, generales, reyes, que consultaban al oráculo, a los adivinos, a los brujos, antes de tomar las grandes decisiones. Y sabemos de ellos porque de los humanos comunes y corrientes no se guarda registro alguno. Sin embargo algunos de los signos que fueron interpretados como “ominosos” o afortunados y han quedado inscritos en la historia nos sirven para conocer lo que sucedía en el pasado, pues gracias a ello se convirtieron en parte de la historia. Así sabemos que existieron ciclos (antes del riego, de los plaguicidas, y los fertilizantes, por supuesto) de siete años de vacas flacas y seite años de vacas gordas. Que alguna vez hubo, en el Medio Oriente, una inundación que fue interpretada como “diluvio universal” y que seguramente inundaciones semejantes fueron interpretadas igualmente en otras culturas, en otros sitios y en otras épocas. Seguramente hace 5 o 6 mil años los tabasqueños se habrían referido a su actual calamidad como un diluvio universal. Solamente que hoy la velocidad de las comunicaciones se los impide.
Se ha hablado, desde hace muchos lustros, de la condición de nuestro planeta como un ser vivo y mutante, cuya antigüedad es aún imposible precisar, pero que ha sufrido cambios importantes, inclusive en el tamaño y la posición de sus continentes que, ahora sabemos, se mueven continuamente, merced a algunos de esos cambios existen el carbón de piedra, el petróleo, el gas, etcétera. Muchos de esos cambios fueron paulatinos (a lo largo de millones de años), muchos otros fueron súbitos y cataclísmicos (a lo largo de unas cuantas decenas de siglos o decenas de miles de años), y sabemos también que la existencia del hombre en la Tierra apenas abarca algunas decenas de miles de años, mientras que hay especies que han existido desde hace millones, como los cocodrilos, y que miles de otras especies desaparecieron a lo largo de la pre–historia, cuando ni soñábamos con habitar el planeta.
Pero aunque estemos enterados de todo esto nuestra mente nos juega malas pasadas y tiende a hacernos ver (mediante la lente de aumento de nuestro egocentrismo) como si la realidad actual fuera la fotografía de una realidad inmutable, como si no fuéramos un simple accidente, de muy poca duración, de esta “Gaia” (Lovelock, 1985) que actualmente parasitamos, o de la cual formamos parte temporalmente. Y que seguirá cambiando, con o sin nosotros.
Al olvidar esto pretendemos conservar a nuestro planeta con las condiciones del “aquí y ahora”, olvidando que hubo glaciaciones perfectamente documentadas que acabaron con especies como los dinosaurios y los mamuts y que ignoramos si estas fueron producto de ciclos naturales o producto de accidentes cósmicos. Inclusive ignoramos si la Tierra va saliendo de una de estas o entrando en otra, dado que sus ciclos posibles son de millones de años.
Y así nos sale un político (especie de la cual desconfiamos por instinto natural) llamado Al Gore, endilgándonos una película que se inicia con su muy preclara figura y en la cual su discurso está basado mayormente en afirmaciones en la primera persona del singular (enfermedad que suele aquejar a esta variedad de seres humanos), manía que solamente es interrumpida para referirse a la información recibida de terceros, ya sea dela ilustre bióloga Rachel Carson (en su centenario) o del también ilustre sabio Carl Sagan. O sea, el tal Al Gore no aporta nada de su coleto a la supuesta “Verdad Incómoda” que ahora difunde, ni cuenta con formación académica alguna que le impida ser sujeto de errores, o de arribar a conclusiones incorrectas por carecer del rigor científico imprescindible para evitar el arribar a conclusiones equívocas. Si además de citar a Sagan lo hubiera leído, tal vez advertiría que este nos prevenía de la posibilidad (El mundo y sus demonios) de una nueva “edad oscura e irracional”. Gore encarna pues todo aquello que Sagan condena. Gore intenta predecir cambios catastróficos (para la vida actual en el planeta) intentando extrapolar válidamente unos cuantos registros del clima de la Tierra. Registros que no tienen más de un siglo de haberse iniciado y cuyas mediciones, principalmente en los aeródromos, no son válidas actualmente, simplemente porque el microclima de los grandes centros urbanos donde estos se encuentran ubicados ha cambiado.
¿Qué en China hay tormentas de nieve como no se habían registrado en los últimos cincuenta años? La respuesta de los agoreros del desastre (en virtud de que esto ya no encaja en el calentamiento global) es que simplemente los cambios climáticos serán cada día más agudos.
Y tal vez nos baste recordar los signos (entre otros) que utilizaron los adivinos para predecir a Moctezuma que algo grave sucedería al imperio Azteca: las nevadas y el intenso frío que azotaron al valle de México (Anáhuac), y las lluvias que fueron de tal intensidad que lo inundaron por tres años. ¿Cómo inscribir estos fenómenos en los registros climáticos?
Y en lo personal, como dicen los abogados, ni lo niego ni lo afirmo, simplemente me limito a establecer el hecho irrefutable de que actualmente carecemos de los elementos científicos, de las mediciones confiables, de los registros válidos, como para llegar a conclusiones con un mínimo de valor científico.
Y pienso que, aparte de su lucimiento personal, del ventaneo de su ego, Al Gore no cuenta con más fundamentos para predecir el futuro que aquellos que ya lo hicieron antes, sean “iluminados” como Nostradamus, lectores de vísceras de pollo, intérpretes de cartas astrales, brujos, hechiceros y similares. Tienen el mismo valor.